El fuego hacia rato que ardía, consumiendo la leña que habían puesto en él, a la vez que calentaba la olla de hierro que colgaba sobre el hogar de la cabaña. La cama estaba hecha, siempre era lo primero que hacia. Se levantaba, se vestía, y estiraba el lecho para que a la noche siguiente estuviera listo. Al igual que hacia cuando sus dos hijos se levantaban para ayudarla. Pero ella siempre era la primera. Le gustaba prepararles el desayuno mientras dormían para que al levantarse ya lo tuvieran listo. Les echaba tanto de menos …
En la mesa había un pequeño jarrón con flores, recogidas esa misma mañana y que impregnaban la estancia con su leve olor. Eran las mismas que su padre le traía cada mañana cuando era niña, y que ella seguía haciendo en su memoria. La comida que se estaba calentando en la olla comenzó a hervir provocando que saliera humo por los bordes de la tapadera. Sin embargo, nadie vino apresuradamente para apartarla del fuego.
La cabaña estaba vacía, sin nadie. Todo estaba en su sitio. La ropa seguía tendida como el día anterior, esperando que los rayos del sol por débiles que fueran la secaran en el exterior. El huerto esa mañana no había sido trabajado, había algunas plantas que estaban esperando el ser plantadas aún desde el día anterior.
Sin embargo, el sitio estaba como impregnado de una especie de aura que envolvía el lugar de tal manera, que inquietaría a cualquiera que por allí pasará. No lejos de la cabaña, donde el camino comenzaba a disiparse por entre los árboles del espeso bosque y entre las hojas teñidas de tonalidades marrones, anaranjadas y amarillas que cubrían el camino, había rastros de sangre, y un leve surco, como si alguien hubiera sido arrastrado por aquel camino. También aparecían huellas de un caballo.
Lejos de allí, en el castillo de Ostend, se escuchaban los gritos de una mujer. En la cabaña, la olla explotó.
sábado, 4 de diciembre de 2010
viernes, 29 de octubre de 2010
Capitulo 5: El pequeño pícaro. Parte II
Daniel no podía dejar de dar vueltas en la cama. Miraba a través de la ventana por donde la única luz que entraba era la de la luna. El cielo aparecía limpio de nubes, dejando un manto estrellado a la calma de la noche. La habitación estaba a oscuras, en el otro lado del cuarto, su hermano Gabriel, hacía rato que dormía en su lecho. Él sin embargo, no dejaba de pensar en aquella extraña joven. Siempre se ponía nervioso ante las mujeres, especialmente cuando eran jóvenes y hermosas. Era un miedo que le provenía desde la infancia, aquel recuerdo que afloraba en su mente, y que, tan solo su madre, era capaz de disipar. Era la única mujer a la que no tenía ni miedo, ni odio.
Se preguntaba, porque se había mostrado tan amable, y por qué se prestaba también a ayudarles en su dura empresa. El oráculo de Frissia estaba aún lejos, y presentía que aquella mujer, escondía algo. Veía en su mirada un miedo profundo, a pesar de que se muestra segura de sí misma.
Al fin, con el tiempo, el sueño fue rindiendo en los ojos de Daniel, hasta que cayó profundamente dormido.
* * *
Mientras, en el reino de Ostend las cosas iban cada vez peor. Van Rocvorik había subido los impuestos a los campesinos para poder pagar la guerra que estaba preparando, con las consiguientes revueltas de la plebe, revueltas que habían sido reprimidas duramente por las armas de los soldados del villano.
Rocvorik seguía manejando todo desde el castillo. Zelvira le iba indicando los pasos a seguir para que todo tuviera éxito. Estaban ambos en una de las salas de la bruja, cuando llegaron los dos secuaces del señor oscuro.
* * *
Gabriel oyó un ruido. Entre abrió los ojos. La oscuridad reina en la estancia. Intuía por los leves ronquidos que su hermano Daniel seguía durmiendo. Ya no se escuchaba nada, pero permaneció atento. Volvió entonces a oír algo en la habitación. Trató de ubicar de donde provenía el sonido, un sonido leve, como si alguien anduviera de cuclillas sobre el suelo de madera que crujía al pisarlo aun de esa manera.
-“La vieja posada se caerá en pedazos cualquier día” – Pensó Gabriel – “Pero por suerte, hoy me permitirá atrapar al ladronzuelo.”
Saltó entonces desde el lecho, poniéndose de pie abalanzándose entonces hacia donde intuía por el ruido que estaba el ladrón. El ruido de los golpes despertó a Daniel, que asustado también se había levantado sin entender nada de lo que estaba pasando en medio de la oscuridad. Fue cuando Gabriel sujetó a aquel ladrón con una mano y le golpeó con una silla que también había agarrado con la mano que le quedaba libre. Tras el grito de dolor, la habitación quedó en silencio. Gabriel encendió la luz, tras lo cual, vio que la habitación estaba toda desordenada, tras la persecución. La silla rota estaba tirada al lado de quien él había golpeado. Con sorpresa comprobó, que se había equivocado, y había golpeado a su hermano Daniel. Se apresuró a colocarlo en la cama y a tratar de despertarle, puesto que tras el golpe había quedado inconsciente. Mientras intentaba reanimarlo, escuchó que alguien reía en el pasillo. Salió como alma que lleva el diablo para ver quién era. Observó que un personajillo de pequeña estatura, corría por el pasillo dirigiéndose escaleras abajo, con su colgante, el cual había dejado en la mesa de la habitación antes de acostarse, en la mano. Su primera intención fue perseguirlo, pero al escuchar que su hermano Daniel despertaba, decidió ver como se encontraba.
-“Ya te buscare ladronzuelo” – murmuró para sí.
Se preguntaba, porque se había mostrado tan amable, y por qué se prestaba también a ayudarles en su dura empresa. El oráculo de Frissia estaba aún lejos, y presentía que aquella mujer, escondía algo. Veía en su mirada un miedo profundo, a pesar de que se muestra segura de sí misma.
Al fin, con el tiempo, el sueño fue rindiendo en los ojos de Daniel, hasta que cayó profundamente dormido.
* * *
Mientras, en el reino de Ostend las cosas iban cada vez peor. Van Rocvorik había subido los impuestos a los campesinos para poder pagar la guerra que estaba preparando, con las consiguientes revueltas de la plebe, revueltas que habían sido reprimidas duramente por las armas de los soldados del villano.
Rocvorik seguía manejando todo desde el castillo. Zelvira le iba indicando los pasos a seguir para que todo tuviera éxito. Estaban ambos en una de las salas de la bruja, cuando llegaron los dos secuaces del señor oscuro.
* * *
Gabriel oyó un ruido. Entre abrió los ojos. La oscuridad reina en la estancia. Intuía por los leves ronquidos que su hermano Daniel seguía durmiendo. Ya no se escuchaba nada, pero permaneció atento. Volvió entonces a oír algo en la habitación. Trató de ubicar de donde provenía el sonido, un sonido leve, como si alguien anduviera de cuclillas sobre el suelo de madera que crujía al pisarlo aun de esa manera.
-“La vieja posada se caerá en pedazos cualquier día” – Pensó Gabriel – “Pero por suerte, hoy me permitirá atrapar al ladronzuelo.”
Saltó entonces desde el lecho, poniéndose de pie abalanzándose entonces hacia donde intuía por el ruido que estaba el ladrón. El ruido de los golpes despertó a Daniel, que asustado también se había levantado sin entender nada de lo que estaba pasando en medio de la oscuridad. Fue cuando Gabriel sujetó a aquel ladrón con una mano y le golpeó con una silla que también había agarrado con la mano que le quedaba libre. Tras el grito de dolor, la habitación quedó en silencio. Gabriel encendió la luz, tras lo cual, vio que la habitación estaba toda desordenada, tras la persecución. La silla rota estaba tirada al lado de quien él había golpeado. Con sorpresa comprobó, que se había equivocado, y había golpeado a su hermano Daniel. Se apresuró a colocarlo en la cama y a tratar de despertarle, puesto que tras el golpe había quedado inconsciente. Mientras intentaba reanimarlo, escuchó que alguien reía en el pasillo. Salió como alma que lleva el diablo para ver quién era. Observó que un personajillo de pequeña estatura, corría por el pasillo dirigiéndose escaleras abajo, con su colgante, el cual había dejado en la mesa de la habitación antes de acostarse, en la mano. Su primera intención fue perseguirlo, pero al escuchar que su hermano Daniel despertaba, decidió ver como se encontraba.
-“Ya te buscare ladronzuelo” – murmuró para sí.
sábado, 11 de septiembre de 2010
Capitulo 5. El pequeño pícaro. Parte I
Estaban en una pequeña posada, acogedora y cálida, a pesar del frío que hacia esa noche fuera. Ambos hermano estaban sentado el uno al lado del otro, observando aun a aquella persona. No habían asumido todavía todo lo ocurrido: el río, el puente, Daniel a punto de caer, y…
-“Se os enfriará la cena” – Dijo tajante, antes de absorber la ultima cucharada de su sopa.
Sus sopas estaban en el plato, no habían probado nada en todo el día, debido al susto pasado o a aquella ayuda inesperada. Los hermanos se miraron. No sabían muy bien que decir, de hecho, tampoco hablaron desde que apareció.
- “¿Cómo os llamáis? Al menos podríais decirme eso.”
- “Yo… yo soy Gabriel, y este es mi hermano, Daniel.”
- “Al fin habla alguno. Pensé que os quedasteis mudo con los gritos que estabais pegando en el bosque.”
Los hermanos notaron como sus mejillas se enrojecían al momento, provocando la risa de aquella misteriosa persona.
- “Decidme, ¿Qué os trae hasta estos parajes tan fríos?”
Daniel reaccionó entonces:
- “Te agradezco lo que hiciste por mí, pero eso no es de tu incumbencia. Vámonos Gabriel.” – Dijo mientras se levantó de la mesa.
Sin embargo, Gabriel permaneció sentado, frente al plato de sopa, mirando a aquella persona. La miró a los ojos, como queriendo hallar algo que le dijera que no era de fiar. Por el contrario, no vio nada que le diera indicios de que podía ser una espía de Rocvorik o que al menos, tuviera malas intenciones. Y también era cierto, que si no llega a ser por que apareció en el momento más oportuno, su hermano Daniel, ahora estaría muerto.
-“Siéntate, Daniel.” – Respondió Gabriel.
-“Pero Gabriel…”
-“He dicho que te sientes. Le debes la vida, nos ha guiado hasta aquí, y nos ha pagado la habitación y la cena. Tiene derecho a saber quiénes somos.”
Daniel se sentó de mala gana, no sabía muy bien de quien fiarse en aquellos momentos, y menos estando en un país desconocido, en el que todo el mundo les miraba de forma extraña.
Una vez se hubo sentado Daniel, Gabriel relató la historia, como días atrás lo había hecho su madre con él.
-“Impresionante. Parece todo tan… tan…”
-“Surrealista, lo sé. Pero es así.” – completó Gabriel. Se acercó al oído de aquella persona y le dijo – “Soy el heredero al trono de Ostend.”
Hubo un silencio largo, pesado. Finalmente, se levantó de su asiento y dijo:
-“Tenemos que acostarnos. Debemos descansar para emprender mañana el viaje hacia el oráculo.”
-“¿Vas a acompañarnos?” – Preguntó Daniel sorprendido.
-“Claro. No pensareis que os dejaré solos a los dos, en un país extraño para vosotros, en el que pocas personas hablan vuestra lengua y donde sería fácil robaros.” – Dijo mirando fijamente a Daniel. – “Además, puede que tengáis que cruzar otro puente colgante y Gabriel necesite mi ayuda para salvarte de nuevo.” – Añadió en tono burlón.
Daniel la miró con cierto enfado. La presencia de aquella persona le ponía nervioso, y lo peor, es que seguramente lo supiera.
-“Un momento.” – Interrumpió Gabriel, haciendo que se detuviera aquel misterioso personaje antes de subir las escaleras que llevaban a las habitaciones. – “Al menos, dinos tu nombre.”
Sonrió por primera vez en todo el día. Miró a los ojos de Gabriel, y antes de subir por la escalera respondió:
- “Anna.”
-“Se os enfriará la cena” – Dijo tajante, antes de absorber la ultima cucharada de su sopa.
Sus sopas estaban en el plato, no habían probado nada en todo el día, debido al susto pasado o a aquella ayuda inesperada. Los hermanos se miraron. No sabían muy bien que decir, de hecho, tampoco hablaron desde que apareció.
- “¿Cómo os llamáis? Al menos podríais decirme eso.”
- “Yo… yo soy Gabriel, y este es mi hermano, Daniel.”
- “Al fin habla alguno. Pensé que os quedasteis mudo con los gritos que estabais pegando en el bosque.”
Los hermanos notaron como sus mejillas se enrojecían al momento, provocando la risa de aquella misteriosa persona.
- “Decidme, ¿Qué os trae hasta estos parajes tan fríos?”
Daniel reaccionó entonces:
- “Te agradezco lo que hiciste por mí, pero eso no es de tu incumbencia. Vámonos Gabriel.” – Dijo mientras se levantó de la mesa.
Sin embargo, Gabriel permaneció sentado, frente al plato de sopa, mirando a aquella persona. La miró a los ojos, como queriendo hallar algo que le dijera que no era de fiar. Por el contrario, no vio nada que le diera indicios de que podía ser una espía de Rocvorik o que al menos, tuviera malas intenciones. Y también era cierto, que si no llega a ser por que apareció en el momento más oportuno, su hermano Daniel, ahora estaría muerto.
-“Siéntate, Daniel.” – Respondió Gabriel.
-“Pero Gabriel…”
-“He dicho que te sientes. Le debes la vida, nos ha guiado hasta aquí, y nos ha pagado la habitación y la cena. Tiene derecho a saber quiénes somos.”
Daniel se sentó de mala gana, no sabía muy bien de quien fiarse en aquellos momentos, y menos estando en un país desconocido, en el que todo el mundo les miraba de forma extraña.
Una vez se hubo sentado Daniel, Gabriel relató la historia, como días atrás lo había hecho su madre con él.
-“Impresionante. Parece todo tan… tan…”
-“Surrealista, lo sé. Pero es así.” – completó Gabriel. Se acercó al oído de aquella persona y le dijo – “Soy el heredero al trono de Ostend.”
Hubo un silencio largo, pesado. Finalmente, se levantó de su asiento y dijo:
-“Tenemos que acostarnos. Debemos descansar para emprender mañana el viaje hacia el oráculo.”
-“¿Vas a acompañarnos?” – Preguntó Daniel sorprendido.
-“Claro. No pensareis que os dejaré solos a los dos, en un país extraño para vosotros, en el que pocas personas hablan vuestra lengua y donde sería fácil robaros.” – Dijo mirando fijamente a Daniel. – “Además, puede que tengáis que cruzar otro puente colgante y Gabriel necesite mi ayuda para salvarte de nuevo.” – Añadió en tono burlón.
Daniel la miró con cierto enfado. La presencia de aquella persona le ponía nervioso, y lo peor, es que seguramente lo supiera.
-“Un momento.” – Interrumpió Gabriel, haciendo que se detuviera aquel misterioso personaje antes de subir las escaleras que llevaban a las habitaciones. – “Al menos, dinos tu nombre.”
Sonrió por primera vez en todo el día. Miró a los ojos de Gabriel, y antes de subir por la escalera respondió:
- “Anna.”
domingo, 15 de agosto de 2010
Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte III
Los hermanos de corazón, que no de sangre, cabalgaban por el bosque buscando la frontera del país de Ostend, para encaminarse por el peligroso país de los Semnones, un país de gente inhóspita, frío en sus temperaturas en cuanto que estaba más al norte, refugio de bandidos y prófugos de la ley, donde sin duda, su viaje se complicaría mucho más. De hecho, no tardarían mucho en tener los primeros problemas.
La frontera estaba marcada por un río, no de mucho caudal, pero sí lo bastante como para evitar que incluso a caballo, se pudiera cruzar penetrando en él. En el viejo mapa que les había dado Marlene, se ubicaba no lejos de allí uno de los pocos puentes que lo cruzaban. Llegaron al fin alrededor del mediodía a donde estaba el río, que si no estaba congelado, su temperatura era bastante fría. El invierno era largo ya, pero a medida que avanzaban, el frío se hacía más intenso. Cabalgaron despacio por el ribazo de aquel río, en busca de uno de sus puentes, que según había leído Gabriel en el mapa, no podía estar muy lejos. Se detuvieron un tiempo a descansar y comer algo, así como para darles algo de bebida y comida a los caballos, que a pesar del largo camino que llevaban recorrido, mantenían sus fuerzas del principio.
Después, emprendieron de nuevo la marcha. Al cabo de una hora, avistaron el puente en la lejanía. Un puente que no debía ser muy transitado, y que no se presentaba en sus mejores condiciones. Colgadizo, sus tablones de madera deberían, sino todos, la mayoría sí, estar podridos en su interior debido a la humedad y el frío. Las cuerdas que lo sustentaban igualmente no estaban muy cuidadas. Cuando se acercaron los dos, Gabriel y Daniel, observaron el puente con detenimiento.
- “¿Crees que soportara nuestro peso, Gabriel?”
- “No estoy seguro de ello, hermano.” – Contestó Gabriel.
- “Crucémoslo, seguro que no se derrumba bajo nuestros pies.” – Respondió valientemente pero no sin fanfarronería Daniel.
- “Espera hermano.” – Interrumpió Gabriel. – “Pasaré yo primero, luego tu enviaras a los caballos, uno a uno, y después pasarás tú.”
- “Está bien hermano, como lo prefieras.” – Respondió Daniel, no estando muy convencido del plan de Gabriel, pero tuvo que resignarse.
Y así lo hicieron. Primero pasó Gabriel, con cuidado, pensando bien donde ponía los pies. El puente crujía bajo sus pisadas. No era muy seguro el cruzar por allí, pero debían pasar la frontera si querían llegar al oráculo. Llegó al otro lado del puente sin muchos problemas.
Daniel le paso los caballos, uno a uno, despacio, Gabriel los llamaba desde la otra orilla. Fueron cruzando ambos animales, temerosos de que aquella estructura se derrumbara, pero finalmente aguantó.
Llegaba el turno de que pasará Daniel. Este, viendo que los caballos pasaron sin muchas dificultades, decidió pasar sin pensárselo dos veces.
- “¿Ves hermanito?, no era tan peligroso.” – Dijo burlonamente.
- “Daniel, no empieces con tus tonterías. Cruza de una vez.” – Instó Gabriel.
- “Venga Gabriel, ven aquí a disfrutar de las vistas.” – Dijo mientras se asomaba desde el centro del puente a mirar el río y su cauce.
- “¡Daniel, cruza ya!” – Reprimió el hermano menor al otro.
- “Esta bien, mira que puedes llegar a ser pesado y aburrido.”
Fue entonces cuando al seguir avanzando por el puente, rompió una de las tablas, cayendo al vacio. Suerte que se quedó enganchado a las tablas del puente, pudiéndose agarrar a una de ellas.
- “¡Daniel!, ¿estás bien?” – Preguntaba desde el otro lado Gabriel, asustado y temiendo por la vida de su hermano.
- “Si, estoy… bien.” – Respondió Daniel mientras subía con dificultad al puente de nuevo.
Fue cuando ocurrió. Apenas Daniel se había incorporado de pie sobre el puente, este empezó a derrumbarse bajo sus pies. Daniel salió corriendo como pudo, casi llegó a la otra orilla del río. Fue su hermano Gabriel, quien en un intento de salvarle, alargó el brazo, y lo pudo agarrar. Daniel se golpeó fuertemente contra la pared de tierra de la otra orilla, quedando suspendido sobre el río, mientras Gabriel, quedaba tumbado en tierra, sosteniendo a su hermano. Gabriel empleaba todas las fuerzas, pero no podía con su hermano, se le resbalaba. La mano se le escapaba entre las suyas, sudadas por los nervios y el miedo. Daniel le miró con cara de desesperación. Todo estaba perdido. Daniel estaba a punto de caer al abismo.
Justo cuando se dijeron adiós con la mirada, y prácticamente se le escapaba la mano de su hermano a Gabriel, alguien por detrás suya, agarró también a su hermano. La cara de Daniel refleja el temor del momento, junto al asombro de aquella aparición. Entre Gabriel y aquel personaje desconocido, subieron a Daniel, salvándolo de la muerte casi segura que le esperaba en aquella caída a un río frío, casi helado, y lleno de rocas afiladas.
* * *
En la otra orilla, dos personajes se miraron asombrados por la aparición de aquel sujeto, que ayudó a los hermanos. Su plan había fallado, y si no hubiera sido por la ayuda prestada, el mayor de aquellos dos estaría muerto.
- “La próxima vez, haremos las cosas a mi manera.” – Dijo enfadado Ricardo mirando de reojo a Ignacio.
Ambos se alejaron de allí, saliendo de su escondrijo, en busca de las cabalgaduras que les había dado Rocvorik.
______________________________
Nota del Autor:
La de hoy, día 15 de Agosto de 2010, será la última entrada de este mes, debido a que me ausentaré por motivos vacacionales durante esta última quincena de Agosto.
A la vuelta, el Blog volverá a la normalidad, junto a Gabriel, Daniel, Van Rocvorik y el resto de personajes de siempre, y nuevos que irán apareciendo en la historia.
Permaneced atentos, para no perderos ninguna parte a la vuelta de las vacaciones. Feliz verano a todos.
Un cordial saludo.
Marqués Albert.
La frontera estaba marcada por un río, no de mucho caudal, pero sí lo bastante como para evitar que incluso a caballo, se pudiera cruzar penetrando en él. En el viejo mapa que les había dado Marlene, se ubicaba no lejos de allí uno de los pocos puentes que lo cruzaban. Llegaron al fin alrededor del mediodía a donde estaba el río, que si no estaba congelado, su temperatura era bastante fría. El invierno era largo ya, pero a medida que avanzaban, el frío se hacía más intenso. Cabalgaron despacio por el ribazo de aquel río, en busca de uno de sus puentes, que según había leído Gabriel en el mapa, no podía estar muy lejos. Se detuvieron un tiempo a descansar y comer algo, así como para darles algo de bebida y comida a los caballos, que a pesar del largo camino que llevaban recorrido, mantenían sus fuerzas del principio.
Después, emprendieron de nuevo la marcha. Al cabo de una hora, avistaron el puente en la lejanía. Un puente que no debía ser muy transitado, y que no se presentaba en sus mejores condiciones. Colgadizo, sus tablones de madera deberían, sino todos, la mayoría sí, estar podridos en su interior debido a la humedad y el frío. Las cuerdas que lo sustentaban igualmente no estaban muy cuidadas. Cuando se acercaron los dos, Gabriel y Daniel, observaron el puente con detenimiento.
- “¿Crees que soportara nuestro peso, Gabriel?”
- “No estoy seguro de ello, hermano.” – Contestó Gabriel.
- “Crucémoslo, seguro que no se derrumba bajo nuestros pies.” – Respondió valientemente pero no sin fanfarronería Daniel.
- “Espera hermano.” – Interrumpió Gabriel. – “Pasaré yo primero, luego tu enviaras a los caballos, uno a uno, y después pasarás tú.”
- “Está bien hermano, como lo prefieras.” – Respondió Daniel, no estando muy convencido del plan de Gabriel, pero tuvo que resignarse.
Y así lo hicieron. Primero pasó Gabriel, con cuidado, pensando bien donde ponía los pies. El puente crujía bajo sus pisadas. No era muy seguro el cruzar por allí, pero debían pasar la frontera si querían llegar al oráculo. Llegó al otro lado del puente sin muchos problemas.
Daniel le paso los caballos, uno a uno, despacio, Gabriel los llamaba desde la otra orilla. Fueron cruzando ambos animales, temerosos de que aquella estructura se derrumbara, pero finalmente aguantó.
Llegaba el turno de que pasará Daniel. Este, viendo que los caballos pasaron sin muchas dificultades, decidió pasar sin pensárselo dos veces.
- “¿Ves hermanito?, no era tan peligroso.” – Dijo burlonamente.
- “Daniel, no empieces con tus tonterías. Cruza de una vez.” – Instó Gabriel.
- “Venga Gabriel, ven aquí a disfrutar de las vistas.” – Dijo mientras se asomaba desde el centro del puente a mirar el río y su cauce.
- “¡Daniel, cruza ya!” – Reprimió el hermano menor al otro.
- “Esta bien, mira que puedes llegar a ser pesado y aburrido.”
Fue entonces cuando al seguir avanzando por el puente, rompió una de las tablas, cayendo al vacio. Suerte que se quedó enganchado a las tablas del puente, pudiéndose agarrar a una de ellas.
- “¡Daniel!, ¿estás bien?” – Preguntaba desde el otro lado Gabriel, asustado y temiendo por la vida de su hermano.
- “Si, estoy… bien.” – Respondió Daniel mientras subía con dificultad al puente de nuevo.
Fue cuando ocurrió. Apenas Daniel se había incorporado de pie sobre el puente, este empezó a derrumbarse bajo sus pies. Daniel salió corriendo como pudo, casi llegó a la otra orilla del río. Fue su hermano Gabriel, quien en un intento de salvarle, alargó el brazo, y lo pudo agarrar. Daniel se golpeó fuertemente contra la pared de tierra de la otra orilla, quedando suspendido sobre el río, mientras Gabriel, quedaba tumbado en tierra, sosteniendo a su hermano. Gabriel empleaba todas las fuerzas, pero no podía con su hermano, se le resbalaba. La mano se le escapaba entre las suyas, sudadas por los nervios y el miedo. Daniel le miró con cara de desesperación. Todo estaba perdido. Daniel estaba a punto de caer al abismo.
Justo cuando se dijeron adiós con la mirada, y prácticamente se le escapaba la mano de su hermano a Gabriel, alguien por detrás suya, agarró también a su hermano. La cara de Daniel refleja el temor del momento, junto al asombro de aquella aparición. Entre Gabriel y aquel personaje desconocido, subieron a Daniel, salvándolo de la muerte casi segura que le esperaba en aquella caída a un río frío, casi helado, y lleno de rocas afiladas.
* * *
En la otra orilla, dos personajes se miraron asombrados por la aparición de aquel sujeto, que ayudó a los hermanos. Su plan había fallado, y si no hubiera sido por la ayuda prestada, el mayor de aquellos dos estaría muerto.
- “La próxima vez, haremos las cosas a mi manera.” – Dijo enfadado Ricardo mirando de reojo a Ignacio.
Ambos se alejaron de allí, saliendo de su escondrijo, en busca de las cabalgaduras que les había dado Rocvorik.
______________________________
Nota del Autor:
La de hoy, día 15 de Agosto de 2010, será la última entrada de este mes, debido a que me ausentaré por motivos vacacionales durante esta última quincena de Agosto.
A la vuelta, el Blog volverá a la normalidad, junto a Gabriel, Daniel, Van Rocvorik y el resto de personajes de siempre, y nuevos que irán apareciendo en la historia.
Permaneced atentos, para no perderos ninguna parte a la vuelta de las vacaciones. Feliz verano a todos.
Un cordial saludo.
Marqués Albert.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte II
Llegaron al castillo empapados por la lluvia que caía ese día sobre Ostend. Los ropajes que llevaban estaban tan mojados, que incluso las camisas de sedas que llevaban estaban caladas por el agua. Sus sombreros traían las plumas languidecidas por el agua. Por las maldiciones e injurias que aquellos personajes desparramaban desde sus pensamientos, a todo aquel que no podía reprimir la risa al contemplar tal escena protagonizada por tan nobles hidalgos, no era difícil averiguar que su enfado era grande, y que poca compasión tendrían con los que les causara el mal que les infringieron.
Subieron al salón del trono, en busca de su señor. Quería venganza. Jamás habían sido ridiculizados de aquella manera. Al fin llegaron al salón del trono. Abrieron las puertas dejando que dieran un tremendo golpe contra los muros.
* * *
Al fin llegaron a la frontera. Habían cabalgado varios días. Decidieron pasar la noche en un claro del bosque que vieron por allí cerca. Así pues, Gabriel y Daniel, ataron sus cabalgadura a un árbol, soltaron los sacos, y mientras Gabriel encendía el fuego, Daniel se dedicó de dar de comer algo a los caballos.
El día transcurrió tranquilo. No pasó nadie cerca de allí. La gente no suele viajar en invierno, prefieren la primavera y el verano. Comenzaba a caer la noche. Dispusieron las mantas que llevaban en el suelo, para dormir lo más cómodo posible. El sueño les comenzó a vencer poco a poco, el día había sido largo. Pronto quedaron rápidamente dormidos, al calor y refugio del fuego.
* * *
Rocvorik no pudo contener la risa tampoco. La escena era más graciosa de lo que había oído hablar a los sirvientes del castillo.
Ricardo e Ignacio tuvieron que callarse esta vez, no sin sonrojarse ante la risa de su señor.
- “¿Qué es lo que os ha pasado?” – Dijo van Rocvorik entre risas.
- “Nos robaron los caballos, señor.” – Respondió uno de ellos. Era Ignacio, un joven alto, moreno, con el pelo largo, moreno, ojos marrones, y algo inocentón e impulsivo.
- “Veníamos de camino hacia aquí, cuando en una posada en las que pasamos una noche, dos ladronzuelos nos robaron los caballos. Por ello hemos tardado más en venir, tuvimos que venir andando.” – Contestó Ricardo, algo más maduro que Ignacio, aunque aún quedaba juventud en él. De pelo castaño, algo más corto que el de su compañero, piel morena, alto, y con sus pensamientos bastantes claros, siempre sabía lo que quería.
Rocvorik volvió a soltar una carcajada.
- “Señor, queremos venganza. No podemos dejar que se burlen así de nosotros.” – Soltó de malas maneras Ignacio.
- “Tranquilízate Ignacio. Dime, ¿Sabéis quienes fueron?” – Preguntó van Rocvorik.
- “No lo sabemos señor.” – Continuó Ricardo – “Pues la noche aun reinaba cuando sucedieron los hechos. Sin embargo, escuchamos durante la cena, que se dirigían hacia la frontera, en busca del oráculo de Frissia.”
Van Rocvorik no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Parecía que el destino volvía a sonreírle.
Subieron al salón del trono, en busca de su señor. Quería venganza. Jamás habían sido ridiculizados de aquella manera. Al fin llegaron al salón del trono. Abrieron las puertas dejando que dieran un tremendo golpe contra los muros.
* * *
Al fin llegaron a la frontera. Habían cabalgado varios días. Decidieron pasar la noche en un claro del bosque que vieron por allí cerca. Así pues, Gabriel y Daniel, ataron sus cabalgadura a un árbol, soltaron los sacos, y mientras Gabriel encendía el fuego, Daniel se dedicó de dar de comer algo a los caballos.
El día transcurrió tranquilo. No pasó nadie cerca de allí. La gente no suele viajar en invierno, prefieren la primavera y el verano. Comenzaba a caer la noche. Dispusieron las mantas que llevaban en el suelo, para dormir lo más cómodo posible. El sueño les comenzó a vencer poco a poco, el día había sido largo. Pronto quedaron rápidamente dormidos, al calor y refugio del fuego.
* * *
Rocvorik no pudo contener la risa tampoco. La escena era más graciosa de lo que había oído hablar a los sirvientes del castillo.
Ricardo e Ignacio tuvieron que callarse esta vez, no sin sonrojarse ante la risa de su señor.
- “¿Qué es lo que os ha pasado?” – Dijo van Rocvorik entre risas.
- “Nos robaron los caballos, señor.” – Respondió uno de ellos. Era Ignacio, un joven alto, moreno, con el pelo largo, moreno, ojos marrones, y algo inocentón e impulsivo.
- “Veníamos de camino hacia aquí, cuando en una posada en las que pasamos una noche, dos ladronzuelos nos robaron los caballos. Por ello hemos tardado más en venir, tuvimos que venir andando.” – Contestó Ricardo, algo más maduro que Ignacio, aunque aún quedaba juventud en él. De pelo castaño, algo más corto que el de su compañero, piel morena, alto, y con sus pensamientos bastantes claros, siempre sabía lo que quería.
Rocvorik volvió a soltar una carcajada.
- “Señor, queremos venganza. No podemos dejar que se burlen así de nosotros.” – Soltó de malas maneras Ignacio.
- “Tranquilízate Ignacio. Dime, ¿Sabéis quienes fueron?” – Preguntó van Rocvorik.
- “No lo sabemos señor.” – Continuó Ricardo – “Pues la noche aun reinaba cuando sucedieron los hechos. Sin embargo, escuchamos durante la cena, que se dirigían hacia la frontera, en busca del oráculo de Frissia.”
Van Rocvorik no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Parecía que el destino volvía a sonreírle.
lunes, 9 de agosto de 2010
Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte I

Se escuchaba el cabalgar de los dos caballos, rápidos, veloces como el viento, que agitaba las crines de los dos equinos que con fuerza atravesaban el bosque. Eran jóvenes aún, y les vendría bien que fueran ellos los que recorrieran el camino.
En una noche, de esas en las que la suerte corría de su lado, consiguieron alojamiento en una posada no muy lejana de donde estaba la cabaña del bosque. Era la primera noche que pasaron fuera. Cenaron aquella comida que les puso el posadero, si es que a aquello se le podía llamar comida, con un poco de pan y vino. Después se marcharon a la habitación que les habían arrendado. Pasaron la noche durmiendo, plácidamente. Las camas no eran muy cómodas pero después de un día duro de camino, cualquier lugar era bueno para el descanso. Sin embargo, Daniel se levantó mucho antes que su hermano Gabriel. Había visto en la cuadra dos esplendidos caballos, uno negro, y otro blanco. Sin pensarlo, los cargó con sus sacos, los sacó de la cuadra donde descansaban, los puso en la puerta de la posada, y corrió a llamar a su hermano Gabriel, mientras el resto de la posada dormía.
Gabriel asombrado, corrió detrás de Daniel, que lo agarraba por una de las mangas de su camisa, para que le siguiera. Al correr por la posada, despertaron a los demás huéspedes, y todos salieron de sus habitaciones para ver qué era lo que ocurría. Dos de los huéspedes, los verdaderos dueños de los caballos, al salir se dieron cuenta de que habían cogido sus caballos, y que ahora los montaban aquellos jóvenes. Por sus ropajes, y por sus cabalgaduras, seguramente aquellos eran nobles hidalgos que iban camino de alguna corte. Por lo que escucharon los hermanos aquella noche durante la cena, ellos iban camino de la corte del reino que ellos debían abandonar, Ostend.
Pero la suerte les sonreía, y pudieron escapar con los caballos, no sin librarse de juramentos y maldiciones salidas de boca de aquellos caballeros. Lo que era cierto, es que marchaban ya cerca de la frontera del reino, al galope de aquellos enérgicos caballos.
Algunas noches la pasaron a la intemperie, otras encontraron alguna que otra posada. Pero ni las lluvias de aquel largo invierno, ni el frío, hacia cambiar de idea a Gabriel. Tenían que llegar al oráculo de Frissia. Debía saber que era lo que ocurrió en su oscuro pasado.
* * *
Lejos de allí, había alguien que si que empleaba las artes adivinatorias, con intensiones oscuras. La verdad oculta durante aquel tiempo se estaba revelando por momentos, y los pensamientos de Gabriel, se hacían tan elocuentes como las palabras que pronunciaba la hechicera. Van Rocvorik, había recurrido a las artes maléficas de Zelmira, para saber que sus planes habían salido a la perfección. Más el destino, había querido que los hechos fueran distintos.
domingo, 8 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte V
- “Madre, necesito saber quien soy en realidad.” – Dijo Gabriel a Marlene.
- “Lo sé hijo mío, lo sé. Pero ya te conté como llegaste hasta mí. Lo del río, lo de la cesta…, todo. Yo no puedo decirte nada más.” – Respondió apenada
- “¿Y si fuera al oráculo que me dijo aquel anciano? Quizás hallo respuesta a mis preguntas.”
- “No sé si es buena idea Gabriel. El oráculo está lejos de aquí. Es un viaje largo, peligroso. Quizás nunca vuelvas a casa.” – Respondió ella, casi llorando, sabiendo que Gabriel iría al oráculo, y que no era una empresa fácil de resolver, y que posiblemente no volviera a verle nunca.
Gabriel se acercó a ella, y la estrechó entre sus brazos.
- “Siempre serás mi madre.” – Dijo con ternura.
Marlene no pudo reprimir las lágrimas que brotaron de sus ojos.
- “Está bien. Mañana por la mañana prepararemos las cosas para tu viaje.” – Resolvió definitivamente Marlene.
- “¡Yo también voy!” – Gritó Daniel.
- “No. Tú te quedas aquí. No podemos dejar a nuestra madre sola.”
- “Venga hermano, no pensarás que te voy a dejar solo en este viaje en el que es mejor ir acompañado por si surge algún peligro.”
- “Tiene razón. Será mejor que vayáis los dos juntos. Así será más difícil que os ataquen los bandidos.” – Dijo Marlene.
- “Pero madre…” – Replicó Gabriel.
- “No hay nada más que hablar, Gabriel. Tu hermano irá contigo. Yo aun puedo arreglármelas sola. Así pues, mañana por la mañana prepararemos vuestro viaje. Pero vamos, ¡marchaos a la cama!, debéis descansar antes de partir.”
Al rato, la cabaña quedo a oscuras en mitad de la silenciosa noche. Todos dormían. Menos Gabriel, que apenas durmió esa noche pensando en el viaje que tenía que emprender. Las preguntas pasaban sin cesar por su cabeza. ¿Quién…? ¿Por qué…? ¿Cómo…? Y todas sin respuesta. Pero eso sería por poco tiempo.
* * *
A la mañana siguiente, los tres se levantaron al cantar el gallo. Marlene preparó un par de sacos con comida para varios días y ropa, más el viejo mapa que tenía de la región, y algo de dinero que había podido guardar en aquellos años, los cuales metió en el saco de Gabriel. A medio día todo estaba listo para partir.
- “Te echare de menos madre.” – Dijo Daniel.
- “Y yo a ti hijo.” – Respondió ella mientras le daba un abrazo.
Después, se acercó Gabriel. Miró por un momento a los ojos de la que había sido tantos años su madre. Marlene dejó escapar alguna lágrima. Se abrazaron entonces. Las palabras sobraban.
- “Siempre serás mi hijo.” – Dijo ella al fin.
- “Te voy a extrañar, mama.” – Respondió él.
- “Es hora de partir, Gabriel.” – Interrumpió Daniel.
Cogieron entonces los sacos, se despidieron definitivamente de su madre. Y partieron rumbo del oráculo de Frissia. No sabían que era lo que les deparaba el destino y aquel viaje, pero ambos estaban convencidos, de que no sería fácil.
- “Lo sé hijo mío, lo sé. Pero ya te conté como llegaste hasta mí. Lo del río, lo de la cesta…, todo. Yo no puedo decirte nada más.” – Respondió apenada
- “¿Y si fuera al oráculo que me dijo aquel anciano? Quizás hallo respuesta a mis preguntas.”
- “No sé si es buena idea Gabriel. El oráculo está lejos de aquí. Es un viaje largo, peligroso. Quizás nunca vuelvas a casa.” – Respondió ella, casi llorando, sabiendo que Gabriel iría al oráculo, y que no era una empresa fácil de resolver, y que posiblemente no volviera a verle nunca.
Gabriel se acercó a ella, y la estrechó entre sus brazos.
- “Siempre serás mi madre.” – Dijo con ternura.
Marlene no pudo reprimir las lágrimas que brotaron de sus ojos.
- “Está bien. Mañana por la mañana prepararemos las cosas para tu viaje.” – Resolvió definitivamente Marlene.
- “¡Yo también voy!” – Gritó Daniel.
- “No. Tú te quedas aquí. No podemos dejar a nuestra madre sola.”
- “Venga hermano, no pensarás que te voy a dejar solo en este viaje en el que es mejor ir acompañado por si surge algún peligro.”
- “Tiene razón. Será mejor que vayáis los dos juntos. Así será más difícil que os ataquen los bandidos.” – Dijo Marlene.
- “Pero madre…” – Replicó Gabriel.
- “No hay nada más que hablar, Gabriel. Tu hermano irá contigo. Yo aun puedo arreglármelas sola. Así pues, mañana por la mañana prepararemos vuestro viaje. Pero vamos, ¡marchaos a la cama!, debéis descansar antes de partir.”
Al rato, la cabaña quedo a oscuras en mitad de la silenciosa noche. Todos dormían. Menos Gabriel, que apenas durmió esa noche pensando en el viaje que tenía que emprender. Las preguntas pasaban sin cesar por su cabeza. ¿Quién…? ¿Por qué…? ¿Cómo…? Y todas sin respuesta. Pero eso sería por poco tiempo.
* * *
A la mañana siguiente, los tres se levantaron al cantar el gallo. Marlene preparó un par de sacos con comida para varios días y ropa, más el viejo mapa que tenía de la región, y algo de dinero que había podido guardar en aquellos años, los cuales metió en el saco de Gabriel. A medio día todo estaba listo para partir.
- “Te echare de menos madre.” – Dijo Daniel.
- “Y yo a ti hijo.” – Respondió ella mientras le daba un abrazo.
Después, se acercó Gabriel. Miró por un momento a los ojos de la que había sido tantos años su madre. Marlene dejó escapar alguna lágrima. Se abrazaron entonces. Las palabras sobraban.
- “Siempre serás mi hijo.” – Dijo ella al fin.
- “Te voy a extrañar, mama.” – Respondió él.
- “Es hora de partir, Gabriel.” – Interrumpió Daniel.
Cogieron entonces los sacos, se despidieron definitivamente de su madre. Y partieron rumbo del oráculo de Frissia. No sabían que era lo que les deparaba el destino y aquel viaje, pero ambos estaban convencidos, de que no sería fácil.
viernes, 6 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte IV
Alguien lo había agarrado por detrás haciendo que un breve escalofrío recorriera su cuerpo, haciendo que diera un pequeño salto. Se le habían pasado mil cosas por la cabeza en ese momento. Cuando vio quien era no entendía que era lo que hacía allí. Gabriel y su hermano estaban algo desconcertados con aquella aparición. Era evidente que les había seguido, pero ni siquiera se habían percatado de ello. Tuvieron suerte, de que no fuera un guardia o alguien del castillo.
- “Madre, me ha asustado.” – Dijo al fin Gabriel. “
- “¿Se puede saber que estáis haciendo? ¿Acaso os volvisteis locos los dos?” - Reprochó Marlene.
- “Madre, los guardias del castillo, han enterrado a alguien aquí, y nos pareció muy extraño que fuera aquí en medio del bosque donde lo enterraran.” – Respondió Gabriel.
- “Comenzamos a desenterrarlo pensando que podría ser un tesoro, madre.” – Continuó Daniel.
- “Tu siempre tan avaricioso Daniel. Y además, llenándole la cabeza de pájaros a tu hermano pequeño. Ya no son unos críos. Deberían saber que lo que hacen está mal, y que si os llegan a descubrir los guardias del castillo el castigo, sería ejemplar.”
- “Pero madre, creo que esto tiene algo que ver con lo que me ocurrió esta noche a mí.” – Volvió a hablar Gabriel.
- “Esta bien, en casa nos contarás que es lo que te ocurrió, pero antes vuelvan a enterrar a ese…” – Dijo Marlene, siendo interrumpida por el grito de sorpresa que dio Daniel, que estaba destapando la cara del cadáver.
Todos se quedaron perplejos ante la impresión que causó el ver de quien se trataba aquella persona que yacía ya muerta. Gabriel no lo había visto nunca, pero reconocía a la persona que aparecía en el reverso de las monedas de oro de la comarca.
- “No… no puede ser.” – Musitó Daniel.
- “Madre, él es… él era…” – Intentaba decir Gabriel hasta que le interrumpió Marlene contestando a la que imaginaba sería su pregunta.
- “El era el rey de Ostend, hijo mío.”
El silencio se adueño entonces de la noche. Marlene rezó alguna oración por el alma del que había sido uno de los mejores reyes que había tenido el reino. Los jóvenes, simplemente no eran capaces de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pasaban muchas preguntas por sus cabezas. El populacho pensaba que el rey hacia ya varios años que había muerto. Primero le sobrevino una enfermedad terrible que supuso el que delegara el poder en uno de sus ministros más influyentes, y después, le vino la macabra muerte. Pero si hacía años que ya había muerto, como era posible que su cuerpo hubiera sido enterrado aquella noche.
Finalmente, los hermanos volvieron a enterrar el cuerpo, dejándolo todo tal y como lo habían encontrado, y volvieron junto a su madre a la cabaña del bosque. Cuando llegaron, se sentaron los tres alrededor de la mesa, mientras Gabriel contaba lo que le había ocurrido esa noche, antes de que volviera a la cabaña. Marlene y Daniel no daban crédito a lo que oían. Había llegado la hora.
- “Madre, me ha asustado.” – Dijo al fin Gabriel. “
- “¿Se puede saber que estáis haciendo? ¿Acaso os volvisteis locos los dos?” - Reprochó Marlene.
- “Madre, los guardias del castillo, han enterrado a alguien aquí, y nos pareció muy extraño que fuera aquí en medio del bosque donde lo enterraran.” – Respondió Gabriel.
- “Comenzamos a desenterrarlo pensando que podría ser un tesoro, madre.” – Continuó Daniel.
- “Tu siempre tan avaricioso Daniel. Y además, llenándole la cabeza de pájaros a tu hermano pequeño. Ya no son unos críos. Deberían saber que lo que hacen está mal, y que si os llegan a descubrir los guardias del castillo el castigo, sería ejemplar.”
- “Pero madre, creo que esto tiene algo que ver con lo que me ocurrió esta noche a mí.” – Volvió a hablar Gabriel.
- “Esta bien, en casa nos contarás que es lo que te ocurrió, pero antes vuelvan a enterrar a ese…” – Dijo Marlene, siendo interrumpida por el grito de sorpresa que dio Daniel, que estaba destapando la cara del cadáver.
Todos se quedaron perplejos ante la impresión que causó el ver de quien se trataba aquella persona que yacía ya muerta. Gabriel no lo había visto nunca, pero reconocía a la persona que aparecía en el reverso de las monedas de oro de la comarca.
- “No… no puede ser.” – Musitó Daniel.
- “Madre, él es… él era…” – Intentaba decir Gabriel hasta que le interrumpió Marlene contestando a la que imaginaba sería su pregunta.
- “El era el rey de Ostend, hijo mío.”
El silencio se adueño entonces de la noche. Marlene rezó alguna oración por el alma del que había sido uno de los mejores reyes que había tenido el reino. Los jóvenes, simplemente no eran capaces de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pasaban muchas preguntas por sus cabezas. El populacho pensaba que el rey hacia ya varios años que había muerto. Primero le sobrevino una enfermedad terrible que supuso el que delegara el poder en uno de sus ministros más influyentes, y después, le vino la macabra muerte. Pero si hacía años que ya había muerto, como era posible que su cuerpo hubiera sido enterrado aquella noche.
Finalmente, los hermanos volvieron a enterrar el cuerpo, dejándolo todo tal y como lo habían encontrado, y volvieron junto a su madre a la cabaña del bosque. Cuando llegaron, se sentaron los tres alrededor de la mesa, mientras Gabriel contaba lo que le había ocurrido esa noche, antes de que volviera a la cabaña. Marlene y Daniel no daban crédito a lo que oían. Había llegado la hora.
jueves, 5 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte III
Recogieron las cosas, no debían quedar pruebas de que habían estado allí. Subieron al carro y volvieron al castillo.
Entonces fue cuando Gabriel y Daniel aprovecharon para salir de donde estaban ocultos, y rápidamente, arrodillándose donde estaba enterrado aquello que fuera, empezaron a excavar con las manos. Era fácil hacerlo, pues la tierra aun estaba fresca, recién removida por los guardias del castillo. Enseguida llegaron a donde estaba aquel inmenso saco. Ambos hermanos se miraron pensando en que podía contener aquel saco, estaban llenos de curiosidad.
- “¿Te imaginas que es un tesoro, hermanito?” – Dijo Daniel – “Nos sacaría de la miseria en la que vivimos.” – Continuó mientras se reía.
- “Ojalá Daniel, imagina lo feliz que sería nuestra madre” – Respondió Gabriel.
Siguieron excavando, ya quedaba menos para poder sacar aquel saco de allí. Cuando por fin consiguieron retirar toda la tierra de encima, se dispusieron a sacarlo.
Pero entonces, Gabriel preguntó a su hermano:
- “Espera, ¿Y si es…?” – Se detuvo en seco.
- “¿Un cadáver? – Terminó Daniel.
- “Si.”
- “Vamos hermano, no creo que sea un cadáver. A los difuntos se les entierra en la iglesia, o en el cementerio, con una lapida que diga quién es, no en medio del bosque y sin ningún tipo de señal que diga que aquí yace un cuerpo.”
- “No se Daniel, últimamente en el castillo había mucha agitación, y las guardias se habían reforzado hace tiempo. Me temo que algo extraño pasa. Y temo también que tenga que ver con lo que me sucedió esta noche.”
- “Después nos lo cuentas en la cabaña, ¡mientras madre y yo contamos las monedas de oro!” – zanjó Daniel mientras volvía a reír.
Al fin, se decidieron a sacarlo. Cuando introdujeron las manos en el hoyo, y cogieron el saco, enseguida notaron que era lo que había allí dentro. Sus caras palidecieron. Lo colocaron en el suelo, a un lado. Daniel no se atrevía a destapar aquello. Gabriel, dudoso, se dispuso a abrirlo, pero justo cuando lo iba ha hacer, algo le detuvo.
* * *
- “Mi Lord, sus ordenes han sido cumplidas al pie de la letra. No queda ya rastro del prisionero muerto.”
- “Bien hecho. Ahora ya nadie podrá arrebatarme el poder, y por fin, podré conquistar las tierras de Gotones” – Respondió van Rocvorik.
- “No te creas vencedor aun, Rocvorik.” – Dijo una voz tras de sí.
Rocvorik se giró rápidamente, y contestó:
- “¡¿Ya vienes a importunarme de nuevo, bruja?!”
- “Sabes que solo te digo lo que veo en mis profecías. Mis artes nunca se equivocan.”
- “Maldita seas. ¿Cómo te atreves a contradecirme?”
- “Porque sabes que ese niño nunca murió, Rocvorik. Y que vendrá a por ti, y luchará para recuperar el trono” – Contesto aquella anciana, de pelo largo y blanco como la nieve, manos y cara de piel arrugada, ojos aterradores de mirada fría, y encorvada por el paso de los años.
- “¡Ah! Vieja bruja, vete de aquí si no quieres que te mate con mis propias manos. Largo de aquí Zelmira. ¡Largo!” – Dijo Rocvorik mientras golpeaba una de las copas que había en la mesa de la sala, tirándola al suelo.
La bruja, riéndose maléficamente, salió de la sala, dejando a Rocvorik en ella solo.
Entonces fue cuando Gabriel y Daniel aprovecharon para salir de donde estaban ocultos, y rápidamente, arrodillándose donde estaba enterrado aquello que fuera, empezaron a excavar con las manos. Era fácil hacerlo, pues la tierra aun estaba fresca, recién removida por los guardias del castillo. Enseguida llegaron a donde estaba aquel inmenso saco. Ambos hermanos se miraron pensando en que podía contener aquel saco, estaban llenos de curiosidad.
- “¿Te imaginas que es un tesoro, hermanito?” – Dijo Daniel – “Nos sacaría de la miseria en la que vivimos.” – Continuó mientras se reía.
- “Ojalá Daniel, imagina lo feliz que sería nuestra madre” – Respondió Gabriel.
Siguieron excavando, ya quedaba menos para poder sacar aquel saco de allí. Cuando por fin consiguieron retirar toda la tierra de encima, se dispusieron a sacarlo.
Pero entonces, Gabriel preguntó a su hermano:
- “Espera, ¿Y si es…?” – Se detuvo en seco.
- “¿Un cadáver? – Terminó Daniel.
- “Si.”
- “Vamos hermano, no creo que sea un cadáver. A los difuntos se les entierra en la iglesia, o en el cementerio, con una lapida que diga quién es, no en medio del bosque y sin ningún tipo de señal que diga que aquí yace un cuerpo.”
- “No se Daniel, últimamente en el castillo había mucha agitación, y las guardias se habían reforzado hace tiempo. Me temo que algo extraño pasa. Y temo también que tenga que ver con lo que me sucedió esta noche.”
- “Después nos lo cuentas en la cabaña, ¡mientras madre y yo contamos las monedas de oro!” – zanjó Daniel mientras volvía a reír.
Al fin, se decidieron a sacarlo. Cuando introdujeron las manos en el hoyo, y cogieron el saco, enseguida notaron que era lo que había allí dentro. Sus caras palidecieron. Lo colocaron en el suelo, a un lado. Daniel no se atrevía a destapar aquello. Gabriel, dudoso, se dispuso a abrirlo, pero justo cuando lo iba ha hacer, algo le detuvo.
* * *
- “Mi Lord, sus ordenes han sido cumplidas al pie de la letra. No queda ya rastro del prisionero muerto.”
- “Bien hecho. Ahora ya nadie podrá arrebatarme el poder, y por fin, podré conquistar las tierras de Gotones” – Respondió van Rocvorik.
- “No te creas vencedor aun, Rocvorik.” – Dijo una voz tras de sí.
Rocvorik se giró rápidamente, y contestó:
- “¡¿Ya vienes a importunarme de nuevo, bruja?!”
- “Sabes que solo te digo lo que veo en mis profecías. Mis artes nunca se equivocan.”
- “Maldita seas. ¿Cómo te atreves a contradecirme?”
- “Porque sabes que ese niño nunca murió, Rocvorik. Y que vendrá a por ti, y luchará para recuperar el trono” – Contesto aquella anciana, de pelo largo y blanco como la nieve, manos y cara de piel arrugada, ojos aterradores de mirada fría, y encorvada por el paso de los años.
- “¡Ah! Vieja bruja, vete de aquí si no quieres que te mate con mis propias manos. Largo de aquí Zelmira. ¡Largo!” – Dijo Rocvorik mientras golpeaba una de las copas que había en la mesa de la sala, tirándola al suelo.
La bruja, riéndose maléficamente, salió de la sala, dejando a Rocvorik en ella solo.
martes, 3 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte II
La tensión se respiraba en el ambiente. Daniel estaba bastante enfadado con su hermano por el modo en el que le había hablado Gabriel a su madre y después había huido. Jamás se habían enfrentado así, y Marlene no sabía cómo tranquilizarlos.
- “Hermano, se que me he portado mal, pero por favor, tengo que contaros algo que me ocurrió en el bosque.” – Dijo Gabriel.
- “Yo te voy a decir lo que te va a ocurrir ahora Gabriel.” – Replicó Daniel en tono amenazador.
- “¡Basta! ¡Basta ya!” – Grito Marlene, mientras comenzaba a llorar de desesperación ante el inminente enfrentamiento entre los hermanos.
Justo entonces Daniel levanto uno de sus puños para golpear a Gabriel, cuando un ruido llamó la atención de los tres que allí estaban. Se escuchaba el galopar de varios caballos.
- “Madre, son caballos” – Dijo Daniel mientras miraba atónito a su madre.
- “Es extraño que por aquí pase alguien, y más a estas horas” – Respondió Marlene.
Daniel, casi por inercia, soltó a su hermano y salió fuera de la cabaña a ver si aquellas personas estaban cerca. Marlene y Gabriel le siguieron, saliendo también. Vieron entonces como unas luces, de un carruaje y de las antorchas que llevaban aquellos iluminaban el camino que pasaba cerca de la cabaña.
- “Rápido niños, ayúdenme a apagar las luces de dentro” – Dijo en voz baja Marlene.
Rápidamente la cabaña quedó a oscuras para evitar que fueran atacados, pues podían ser ladrones. Pero aquel extraño cortejo siguió de largo. Daniel y Gabriel se miraron, y no pudieron reprimir su curiosidad, y siguieron las luces y el cabalgar de los caballos en mitad de la noche. No atendieron a la llamada de Marlene que les decía que volvieran a la cabaña.
Corrieron poco tiempo, pues el cortejo se detuvo. Se acercaron sin hacer mucho ruido escondidos entre la maleza del bosque, protegidos por la oscuridad que reinaba en aquellos parajes tan profundos. Cuando se acercaron, pudieron comprobar asombrados que eran guardias del palacio todos los que iban. No había ningún civil. También fueron sorprendidos al comprobar que era lo que llevaban en el carruaje. Comprendieron entonces por qué algunos cavaban un hoyo allí en medio del bosque. Su cometido era enterrar a algo o alguien.
Gabriel y Daniel se miraron sorprendidos, no daban crédito a lo que estaban viendo, y al mirarse, ambos pensaron exactamente lo mismo.
- “Hermano, se que me he portado mal, pero por favor, tengo que contaros algo que me ocurrió en el bosque.” – Dijo Gabriel.
- “Yo te voy a decir lo que te va a ocurrir ahora Gabriel.” – Replicó Daniel en tono amenazador.
- “¡Basta! ¡Basta ya!” – Grito Marlene, mientras comenzaba a llorar de desesperación ante el inminente enfrentamiento entre los hermanos.
Justo entonces Daniel levanto uno de sus puños para golpear a Gabriel, cuando un ruido llamó la atención de los tres que allí estaban. Se escuchaba el galopar de varios caballos.
- “Madre, son caballos” – Dijo Daniel mientras miraba atónito a su madre.
- “Es extraño que por aquí pase alguien, y más a estas horas” – Respondió Marlene.
Daniel, casi por inercia, soltó a su hermano y salió fuera de la cabaña a ver si aquellas personas estaban cerca. Marlene y Gabriel le siguieron, saliendo también. Vieron entonces como unas luces, de un carruaje y de las antorchas que llevaban aquellos iluminaban el camino que pasaba cerca de la cabaña.
- “Rápido niños, ayúdenme a apagar las luces de dentro” – Dijo en voz baja Marlene.
Rápidamente la cabaña quedó a oscuras para evitar que fueran atacados, pues podían ser ladrones. Pero aquel extraño cortejo siguió de largo. Daniel y Gabriel se miraron, y no pudieron reprimir su curiosidad, y siguieron las luces y el cabalgar de los caballos en mitad de la noche. No atendieron a la llamada de Marlene que les decía que volvieran a la cabaña.
Corrieron poco tiempo, pues el cortejo se detuvo. Se acercaron sin hacer mucho ruido escondidos entre la maleza del bosque, protegidos por la oscuridad que reinaba en aquellos parajes tan profundos. Cuando se acercaron, pudieron comprobar asombrados que eran guardias del palacio todos los que iban. No había ningún civil. También fueron sorprendidos al comprobar que era lo que llevaban en el carruaje. Comprendieron entonces por qué algunos cavaban un hoyo allí en medio del bosque. Su cometido era enterrar a algo o alguien.
Gabriel y Daniel se miraron sorprendidos, no daban crédito a lo que estaban viendo, y al mirarse, ambos pensaron exactamente lo mismo.
lunes, 2 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte I
- “Llévenselo. Desháganse del cuerpo. Está muerto.” – Dijo llevándose la mano a la nariz para no tragar el nauseabundo olor que despedía aquél cadáver.
Los guardias en seguida comenzaron a trabajar para llevarse a aquel cuerpo de allí. Trajeron un gran saco donde lo introdujeron para transportarlo entro dos de ellos hasta un carruaje que esperaba ya en la portalón del castillo para llevárselo dejos de allí y enterrarlo posteriormente, donde nadie pudiera encontrarlo nunca. La gente pensaba que había muerto hacía muchos años, pero la realidad era bien distinta. Rocvorik lo mantuvo encarcelado en aquella mazmorra, húmeda y oscura, donde seguramente murió por el paso de los años y las enfermedades. Y ahora por fin estaba muerto. Ya no había nadie de su linaje que pudiera reclamar el trono. Ahora él era el rey absoluto de todo aquello que le había arrebatado hacia ya años.
Además, el crio no había dado señales de vida, ni nadie conocía su paradero desde que aquella noche oscura y lluviosa, en el que desgraciadamente le perdió el rastro, y no pudo acabar lo que había comenzado. Pero ya daba igual. Seguramente los lobos dieron buena cuenta de su carne rosada y tierna, y ya no quedaría nada de él.
- “Señor, el cadáver ya está en el carruaje, ¿Quiere que lo enterremos en algún sitio en especial?” – Preguntó el guardia.
- “No. Solo quiero que lo enterréis lejos, y que no quede rastro de que existió nunca. Deprisa inútiles, todo debe ser acabado esta noche.” – Contestó Rocvorik.
El guardia se puso firme en señal de saludo y acto seguido se fue cruzando aquel largo pasillo estrecho y bajo que daba a la escalera de caracol que poco antes habían bajado.
- “Se acabo. Ya no se cumplirá la profecía” – Murmuro Rocvorik sin poder evitar dejar ver una sonrisa de alegría. Rara vez sonreía aquel endiablado, pero sabía, o al menos eso creía, que ya nada podía impedir que cumpliera sus planes. Sabía que el niño murió el mismo día que su madre. Y ahora el padre, el tan querido por todos, el rey de Ostend, también había muerto.
* * *
Corría por el bosque tan rápido como le permitían sus piernas. Quería llegar cuanto antes a la cabaña, porque no entendía nada de lo que había pasado esa noche.
- “¿Y si son alucinaciones debido al golpe que me di?” – Pensaba Gabriel.
Al fin, después de bastante tiempo corriendo entre los árboles, vio como aparecía a lo lejos una luz tenue. Debía ser la cabaña del bosque. Aceleró su andadura, y por fin llegó. Entró entonces en la cabaña, y vio que su madre y su hermano estaban sentados a la mesa, aunque prácticamente ninguno de los dos habían probado bocado.
Marlene y Daniel se quedaron un tanto perplejos al ver aparecer a Gabriel tan de repente. Cuando Daniel reaccionó, se levantó y se dirigió hacia Gabriel, visiblemente enfadado por cómo había salido corriendo su hermano dejándolos preocupados tanto a él como a su madre. Lo agarró por la camisa, y lo puso contra la pared. En eso momento Marlene reaccionó, y levantándose gritó:
- “Basta chicos. Ya está bien. No peléis, lo importante es que Gabriel ha vuelto.”
Los guardias en seguida comenzaron a trabajar para llevarse a aquel cuerpo de allí. Trajeron un gran saco donde lo introdujeron para transportarlo entro dos de ellos hasta un carruaje que esperaba ya en la portalón del castillo para llevárselo dejos de allí y enterrarlo posteriormente, donde nadie pudiera encontrarlo nunca. La gente pensaba que había muerto hacía muchos años, pero la realidad era bien distinta. Rocvorik lo mantuvo encarcelado en aquella mazmorra, húmeda y oscura, donde seguramente murió por el paso de los años y las enfermedades. Y ahora por fin estaba muerto. Ya no había nadie de su linaje que pudiera reclamar el trono. Ahora él era el rey absoluto de todo aquello que le había arrebatado hacia ya años.
Además, el crio no había dado señales de vida, ni nadie conocía su paradero desde que aquella noche oscura y lluviosa, en el que desgraciadamente le perdió el rastro, y no pudo acabar lo que había comenzado. Pero ya daba igual. Seguramente los lobos dieron buena cuenta de su carne rosada y tierna, y ya no quedaría nada de él.
- “Señor, el cadáver ya está en el carruaje, ¿Quiere que lo enterremos en algún sitio en especial?” – Preguntó el guardia.
- “No. Solo quiero que lo enterréis lejos, y que no quede rastro de que existió nunca. Deprisa inútiles, todo debe ser acabado esta noche.” – Contestó Rocvorik.
El guardia se puso firme en señal de saludo y acto seguido se fue cruzando aquel largo pasillo estrecho y bajo que daba a la escalera de caracol que poco antes habían bajado.
- “Se acabo. Ya no se cumplirá la profecía” – Murmuro Rocvorik sin poder evitar dejar ver una sonrisa de alegría. Rara vez sonreía aquel endiablado, pero sabía, o al menos eso creía, que ya nada podía impedir que cumpliera sus planes. Sabía que el niño murió el mismo día que su madre. Y ahora el padre, el tan querido por todos, el rey de Ostend, también había muerto.
* * *
Corría por el bosque tan rápido como le permitían sus piernas. Quería llegar cuanto antes a la cabaña, porque no entendía nada de lo que había pasado esa noche.
- “¿Y si son alucinaciones debido al golpe que me di?” – Pensaba Gabriel.
Al fin, después de bastante tiempo corriendo entre los árboles, vio como aparecía a lo lejos una luz tenue. Debía ser la cabaña del bosque. Aceleró su andadura, y por fin llegó. Entró entonces en la cabaña, y vio que su madre y su hermano estaban sentados a la mesa, aunque prácticamente ninguno de los dos habían probado bocado.
Marlene y Daniel se quedaron un tanto perplejos al ver aparecer a Gabriel tan de repente. Cuando Daniel reaccionó, se levantó y se dirigió hacia Gabriel, visiblemente enfadado por cómo había salido corriendo su hermano dejándolos preocupados tanto a él como a su madre. Lo agarró por la camisa, y lo puso contra la pared. En eso momento Marlene reaccionó, y levantándose gritó:
- “Basta chicos. Ya está bien. No peléis, lo importante es que Gabriel ha vuelto.”
domingo, 1 de agosto de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte IV
Le dolía la cabeza. Abrió los ojos. Todo estaba algo borroso, y las cosas le daban vueltas. Trató de recordar que era lo que había ocurrido. Se puso de pie como pudo. Recordó entonces la huida, el resbalón, la caída. Se tenía que haber golpeado la cabeza, lo que explicaría el dolor que sentía.
El cielo estaba despejado, y poco a poco, su visión se fue adaptando de nuevo a la oscuridad que había en el bosque, iluminado por la tenue luz de la luna.
Se preguntaba qué era lo que le había estado siguiendo, pero lo que fuera aquello, le había dejado allí, creyendo probablemente, que estaba muerto después de la caída.
Comenzó a caminar en busca de un lugar un poco más accesible para volver a subir, pero de repente, volvió a escuchar algo. Esta vez era casi como un llanto lastimero. Como gemidos de dolor que alguien producía. Miró a su alrededor y no vio nada. Anduvo un poco más hacia donde escuchaba el sonido. Entonces vio como algo se retorcía de dolor en la oscuridad de la noche. Se acercó lentamente para ver que era aquel ser, y cuando la luna, que había sido cubierta por algunas nubes, se descubrió de nuevo para iluminar el bosque, vio a aquel hombre. Era un anciano, de barba blanca, harapiento, y que parecía estar enfermo. Se acercó rápidamente a él para ofrecerle ayuda.
- “Señor, ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ha pasado?” – Preguntó Gabriel, mientras lo recogía entre sus brazos, tratando de incorporarlo un poco para que aquel anciano pudiera hablar.
- “Muchacho, déjame aquí, ha llegado mi hora” – Respondió aquel hombre
- “No diga tonterías. Vamos, le ayudare. Mi madre sabrá cómo hacer que se reponga” – Dijo mientras lo cogía para llevarlo hacia la cabaña de su madre Marlene, que sabía remedios para muchas enfermedades.
- “Tu madre murió hace muchos años, Gabriel.”
A Gabriel se le descompuso la cara. Sus ojos ahora se habían abierto tanto que parecía que se saldrían de un momento a otro de sus cavidades. Un sudor frío le recorrió la frente, y ante tal noticia, solo pudo mantener un profundo silencio.
Miraba a aquel anciano como tratando de buscarlo en sus recuerdos para saber de que lo podrá conocer. Pero jamás lo había visto antes.
- “¿Cómo, cómo sabe mi nombre?” – Pudo decir al fin.
- “Se muchas cosas de ti, Gabriel. ¿Acaso no sabes de quién es ese colgante que llevas?”
Gabriel soltó entonces al anciano en el suelo de nuevo. Parecía que tenía mucho que decirle. Acto seguido le contestó:
- “Era, de una persona muy especial que me quiso mucho cuando era niño, pero eso me lo contó mi madre, que aun vive. Se ha tenido que confundir de persona…”
- “Solo una persona puede llevar ese colgante. Dice la profecía, que solo una persona de corazón puro y noble, como el de los dragones, puede salvar esta tierra de las desgracias que padecemos y padeceremos. Y esa persona eres tú, Gabriel.”
- “¿Qué? No puede decirlo enserio, está delirando. Debe de ser la fiebre. Vamos, le llevare donde mi madre.” – Dijo Gabriel, sin atender las palabras del anciano, mientras hizo el ademán de querer cogerlo de nuevo para llevarle a la cabaña del bosque. Pero el anciano le detuvo agarrándolo por uno de los brazos fuertemente.
- “Solo tú puedes salvarnos, y traer la luz de nuevo. Dentro de poco comenzará la batalla entre el bien y el mal. Y tú, deberás escoger en que bando luchar. Gabriel, tu eres el nuevo rey del trono de los Suiones, y tú eres el que tenía que estar gobernando nuestros destinos en el palacio de Ostend.”
- “Deje de decir tonterías. Comienza a asustarme. Yo no soy ningún rey”
- “Ve al oráculo, chico, ve a Frissia. Allí hallarás muchas respuestas, pero también muchas preguntas.”
Esa fueron las últimas palabras de aquel anciano antes de morir. Tras enterrar el cadáver, y rezar una oración por la salvación del alma de aquel hombre, Gabriel, volvió en busca, de la que al menos el creía hasta entonces, su madre.
El cielo estaba despejado, y poco a poco, su visión se fue adaptando de nuevo a la oscuridad que había en el bosque, iluminado por la tenue luz de la luna.
Se preguntaba qué era lo que le había estado siguiendo, pero lo que fuera aquello, le había dejado allí, creyendo probablemente, que estaba muerto después de la caída.
Comenzó a caminar en busca de un lugar un poco más accesible para volver a subir, pero de repente, volvió a escuchar algo. Esta vez era casi como un llanto lastimero. Como gemidos de dolor que alguien producía. Miró a su alrededor y no vio nada. Anduvo un poco más hacia donde escuchaba el sonido. Entonces vio como algo se retorcía de dolor en la oscuridad de la noche. Se acercó lentamente para ver que era aquel ser, y cuando la luna, que había sido cubierta por algunas nubes, se descubrió de nuevo para iluminar el bosque, vio a aquel hombre. Era un anciano, de barba blanca, harapiento, y que parecía estar enfermo. Se acercó rápidamente a él para ofrecerle ayuda.
- “Señor, ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ha pasado?” – Preguntó Gabriel, mientras lo recogía entre sus brazos, tratando de incorporarlo un poco para que aquel anciano pudiera hablar.
- “Muchacho, déjame aquí, ha llegado mi hora” – Respondió aquel hombre
- “No diga tonterías. Vamos, le ayudare. Mi madre sabrá cómo hacer que se reponga” – Dijo mientras lo cogía para llevarlo hacia la cabaña de su madre Marlene, que sabía remedios para muchas enfermedades.
- “Tu madre murió hace muchos años, Gabriel.”
A Gabriel se le descompuso la cara. Sus ojos ahora se habían abierto tanto que parecía que se saldrían de un momento a otro de sus cavidades. Un sudor frío le recorrió la frente, y ante tal noticia, solo pudo mantener un profundo silencio.
Miraba a aquel anciano como tratando de buscarlo en sus recuerdos para saber de que lo podrá conocer. Pero jamás lo había visto antes.
- “¿Cómo, cómo sabe mi nombre?” – Pudo decir al fin.
- “Se muchas cosas de ti, Gabriel. ¿Acaso no sabes de quién es ese colgante que llevas?”
Gabriel soltó entonces al anciano en el suelo de nuevo. Parecía que tenía mucho que decirle. Acto seguido le contestó:
- “Era, de una persona muy especial que me quiso mucho cuando era niño, pero eso me lo contó mi madre, que aun vive. Se ha tenido que confundir de persona…”
- “Solo una persona puede llevar ese colgante. Dice la profecía, que solo una persona de corazón puro y noble, como el de los dragones, puede salvar esta tierra de las desgracias que padecemos y padeceremos. Y esa persona eres tú, Gabriel.”
- “¿Qué? No puede decirlo enserio, está delirando. Debe de ser la fiebre. Vamos, le llevare donde mi madre.” – Dijo Gabriel, sin atender las palabras del anciano, mientras hizo el ademán de querer cogerlo de nuevo para llevarle a la cabaña del bosque. Pero el anciano le detuvo agarrándolo por uno de los brazos fuertemente.
- “Solo tú puedes salvarnos, y traer la luz de nuevo. Dentro de poco comenzará la batalla entre el bien y el mal. Y tú, deberás escoger en que bando luchar. Gabriel, tu eres el nuevo rey del trono de los Suiones, y tú eres el que tenía que estar gobernando nuestros destinos en el palacio de Ostend.”
- “Deje de decir tonterías. Comienza a asustarme. Yo no soy ningún rey”
- “Ve al oráculo, chico, ve a Frissia. Allí hallarás muchas respuestas, pero también muchas preguntas.”
Esa fueron las últimas palabras de aquel anciano antes de morir. Tras enterrar el cadáver, y rezar una oración por la salvación del alma de aquel hombre, Gabriel, volvió en busca, de la que al menos el creía hasta entonces, su madre.
sábado, 31 de julio de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte III
- “Mi Lord, ya sé que…”
- “¡Eres un estúpido que no entiende mis órdenes!” – Replicó aquel hombre mientras salía desnudo de la cama.
Era de complexión fuerte, alto, de piel blanca, pelo negro largo. Su mirada de ojos negros podía atravesarte el corazón y hacer que dejara de latir ante su frialdad.
El hombre se abrigó con una bata de color negro. Aprovechando que estaba de espaldas y no podía ver lo que hacía, el guardia decidió mirar a la mujer que estaba metida en la cama, algo avergonzada por la aparición tan repentina de él. Su piel era blanca como la nieve, tenía un esbelto cuello, una larga melena rubia, ojos celestes, y a pesar de que se tapaba con las finas y suaves sabanas de sedas, se adivinaba el dulce tacto de sus pechos. Pero apartó la mirada, no quería más problemas con su Señor.
- “¿Y qué dices que es tan importante como para venir hasta mi aposentos a interrumpirme?” – Preguntó Lord van Rocvorik.
- “Mi Lord, el prisionero, ha muerto”
- “¡¿Qué?!” – Preguntó sin dar crédito a lo que el guardia le acababa de decir. Se puso el cinturón para ceñirse aquella bata oscura, y se giró, acercándose con paso ligero al guardia. Cuando lo tuvo frente a frente, le preguntó:
- “¿Cuándo?”
- “Hace unos momentos, mi Lord. He venido con toda la urgencia posible” – Respondió el guardia.
- “Esta bien, bajemos a las mazmorras a verlo” – Dijo tras una pausa, sin poder evitar dejar entre ver cierta alegría.
Lord van Rocvorik, tras despedirse de aquella dama que se encontraba en su cama, salió de la estancia. El guardia le siguió, pero se detuvo a cerrar la puerta, dejando que su señor se adelantara un poco en dirección a las mazmorras. Cuando hubo cerrado la puerta, se giró, y cuando quiso darse cuenta, estaba de espaldas contra la puerta, sujetado por el cuello, elevado unos pocos centímetros sobre el suelo, y con aquella cicatriz delante de él.
- “Mi Lord, me… me está…ahogando” – Pudo decir no sin esfuerzos, mientras cada vez le resultaba más difícil respirar.
- “Si vuelves a mirarla, o desearla, te juro que no sobrevivirás” – Respondió van Rocvorik.
El guardia asintió con la cabeza asustado y desesperado, mientras su rostro desencajado se ponía cada vez más rojo ante la falta de oxigeno.
Van Rocvorik lo soltó, dejándolo caer al suelo. El guardia quedó de rodillas, mientras se llevaba las manos al cuello dolorido por la presión de las manos de su señor, tosiendo por la falta de aire. Se incorporó como pudo, y se apresuró a alcanzar a van Rocvorik que se dirigía ya hacia los calabozos. Lo alcanzó cuando estaba en la entrada, ante una escalera de caracol iluminada por algunas antorchas, una escalera angosta, donde un pequeño resbalón podía resultar bastante grave. Los dos bajaron varios pisos por aquellas escaleras, que les condujo, a la zona más fría, sombría y lúgubre.
Penetraron entonces por un pasillo estrecho también, no muy alto, mientras se incorporaba a la comitiva de van Rocvorik y el guardia otro compañero del segundo, con una nueva antorcha para iluminar el camino, un camino donde las ratas corrían en busca de refugio ante los nuevos visitantes, algo inesperados, pues no era habitual que nadie pasara por aquel lugar tan profundo de las mazmorras.
El frío calaba en los huesos, la humedad era casi palpable. Y el olor pestilente de un cadáver, se hacía cada vez más fuerte.
- “¡Eres un estúpido que no entiende mis órdenes!” – Replicó aquel hombre mientras salía desnudo de la cama.
Era de complexión fuerte, alto, de piel blanca, pelo negro largo. Su mirada de ojos negros podía atravesarte el corazón y hacer que dejara de latir ante su frialdad.
El hombre se abrigó con una bata de color negro. Aprovechando que estaba de espaldas y no podía ver lo que hacía, el guardia decidió mirar a la mujer que estaba metida en la cama, algo avergonzada por la aparición tan repentina de él. Su piel era blanca como la nieve, tenía un esbelto cuello, una larga melena rubia, ojos celestes, y a pesar de que se tapaba con las finas y suaves sabanas de sedas, se adivinaba el dulce tacto de sus pechos. Pero apartó la mirada, no quería más problemas con su Señor.
- “¿Y qué dices que es tan importante como para venir hasta mi aposentos a interrumpirme?” – Preguntó Lord van Rocvorik.
- “Mi Lord, el prisionero, ha muerto”
- “¡¿Qué?!” – Preguntó sin dar crédito a lo que el guardia le acababa de decir. Se puso el cinturón para ceñirse aquella bata oscura, y se giró, acercándose con paso ligero al guardia. Cuando lo tuvo frente a frente, le preguntó:
- “¿Cuándo?”
- “Hace unos momentos, mi Lord. He venido con toda la urgencia posible” – Respondió el guardia.
- “Esta bien, bajemos a las mazmorras a verlo” – Dijo tras una pausa, sin poder evitar dejar entre ver cierta alegría.
Lord van Rocvorik, tras despedirse de aquella dama que se encontraba en su cama, salió de la estancia. El guardia le siguió, pero se detuvo a cerrar la puerta, dejando que su señor se adelantara un poco en dirección a las mazmorras. Cuando hubo cerrado la puerta, se giró, y cuando quiso darse cuenta, estaba de espaldas contra la puerta, sujetado por el cuello, elevado unos pocos centímetros sobre el suelo, y con aquella cicatriz delante de él.
- “Mi Lord, me… me está…ahogando” – Pudo decir no sin esfuerzos, mientras cada vez le resultaba más difícil respirar.
- “Si vuelves a mirarla, o desearla, te juro que no sobrevivirás” – Respondió van Rocvorik.
El guardia asintió con la cabeza asustado y desesperado, mientras su rostro desencajado se ponía cada vez más rojo ante la falta de oxigeno.
Van Rocvorik lo soltó, dejándolo caer al suelo. El guardia quedó de rodillas, mientras se llevaba las manos al cuello dolorido por la presión de las manos de su señor, tosiendo por la falta de aire. Se incorporó como pudo, y se apresuró a alcanzar a van Rocvorik que se dirigía ya hacia los calabozos. Lo alcanzó cuando estaba en la entrada, ante una escalera de caracol iluminada por algunas antorchas, una escalera angosta, donde un pequeño resbalón podía resultar bastante grave. Los dos bajaron varios pisos por aquellas escaleras, que les condujo, a la zona más fría, sombría y lúgubre.
Penetraron entonces por un pasillo estrecho también, no muy alto, mientras se incorporaba a la comitiva de van Rocvorik y el guardia otro compañero del segundo, con una nueva antorcha para iluminar el camino, un camino donde las ratas corrían en busca de refugio ante los nuevos visitantes, algo inesperados, pues no era habitual que nadie pasara por aquel lugar tan profundo de las mazmorras.
El frío calaba en los huesos, la humedad era casi palpable. Y el olor pestilente de un cadáver, se hacía cada vez más fuerte.
viernes, 30 de julio de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte II
El guardia corría presuroso hacia la puerta de la habitación por aquel largo pasillo, oscuro, iluminado por antorchas, que hacían más siniestro el lugar, donde los altos ventanales reflejaban el color de los cortinajes rojos que los cubrían. Escuchaba a lo lejos las risas y los gemidos de placer. Sabía que había órdenes de no molestarle pero la ocasión lo requería, debían recibir órdenes nuevas ahora que el prisionero había muerto. Llevaban mucho tiempo esperando este momento, y el señor se alegraría.
Cuando estuvo delante de la puerta, se quedó allí un rato meditando si finalmente debía interrumpirles o debía esperar al día siguiente. Detrás se escuchaban los ruidos del juego del arte del amar. Suspiró profundamente, y acto seguido, entró.
***
Había estado corriendo toda la tarde, y no sabía bien donde se encontraba. La noche además había caído ya, y tan solo la luna llena iluminaba sus pasos. Gabriel, sabía que estaba corriendo un grave riesgo al andar por el bosque a esas horas de la noche, pues había animales de todo tipo que si lo encontraban, no dudarían en atacarle para saborear su carne. Pero no tenía miedo, y ya estaba cansado de tener que estar encerrado en aquella cabaña sin acercarse ni a nada ni a nadie.
Dejó de correr, ahora simplemente caminaba con cuidado para no tropezar con alguna roca, pues la noche se había vuelto algo más oscura debido a las nubes que comenzaron a ocultar la luna. De repente, escuchó un ruido. No sabía bien de donde podía venir, ni quién o qué era. Se quedo quieto, sin hacer nada para tratar de que lo que fuera aquello no le encontrara.
Pero volvió a escuchar otra vez el ruido, como de ramas secas que se rompían al ser pisadas por alguien, o algún animal. Cada vez lo escuchaba más cerca. Atemorizado, Gabriel comenzó a correr sin saber muy bien por donde.
Estaba huyendo y no sabía bien de qué, pero lo que fuera aquello le seguía de cerca, le perseguía, iba detrás de él. Cada vez trataba de ir más rápido
- “Debe ser un lobo.” – Pensó mientras corría jadeante por el cansancio, pues eran ya varias horas las que llevaba corriendo, y ahora debía volver a hacerlo, y además, hacía tiempo que no probaba bocado.
Lo que fuera, estaba cada vez más cerca. La cara de Gabriel dejaba entre ver el miedo que se apoderaba por momentos de su razón, debía huir de allí, pero no sabía ni siquiera donde estaba. Por un momento, pensó en plantar cara al peligro que le acechaba, pero el ruido cada vez era más cercano, casi podía escuchar la respiración agitada de aquel ser que le acosaba. Pero de repente, piso algo que le hizo resbalar y cayó por un barranco. En la caída recibió un golpe en la cabeza, y Gabriel, quedó inconsciente a merced de lo que le perseguía y del resto de animales que habitaban el bosque por la noche.
Cuando estuvo delante de la puerta, se quedó allí un rato meditando si finalmente debía interrumpirles o debía esperar al día siguiente. Detrás se escuchaban los ruidos del juego del arte del amar. Suspiró profundamente, y acto seguido, entró.
***
Había estado corriendo toda la tarde, y no sabía bien donde se encontraba. La noche además había caído ya, y tan solo la luna llena iluminaba sus pasos. Gabriel, sabía que estaba corriendo un grave riesgo al andar por el bosque a esas horas de la noche, pues había animales de todo tipo que si lo encontraban, no dudarían en atacarle para saborear su carne. Pero no tenía miedo, y ya estaba cansado de tener que estar encerrado en aquella cabaña sin acercarse ni a nada ni a nadie.
Dejó de correr, ahora simplemente caminaba con cuidado para no tropezar con alguna roca, pues la noche se había vuelto algo más oscura debido a las nubes que comenzaron a ocultar la luna. De repente, escuchó un ruido. No sabía bien de donde podía venir, ni quién o qué era. Se quedo quieto, sin hacer nada para tratar de que lo que fuera aquello no le encontrara.
Pero volvió a escuchar otra vez el ruido, como de ramas secas que se rompían al ser pisadas por alguien, o algún animal. Cada vez lo escuchaba más cerca. Atemorizado, Gabriel comenzó a correr sin saber muy bien por donde.
Estaba huyendo y no sabía bien de qué, pero lo que fuera aquello le seguía de cerca, le perseguía, iba detrás de él. Cada vez trataba de ir más rápido
- “Debe ser un lobo.” – Pensó mientras corría jadeante por el cansancio, pues eran ya varias horas las que llevaba corriendo, y ahora debía volver a hacerlo, y además, hacía tiempo que no probaba bocado.
Lo que fuera, estaba cada vez más cerca. La cara de Gabriel dejaba entre ver el miedo que se apoderaba por momentos de su razón, debía huir de allí, pero no sabía ni siquiera donde estaba. Por un momento, pensó en plantar cara al peligro que le acechaba, pero el ruido cada vez era más cercano, casi podía escuchar la respiración agitada de aquel ser que le acosaba. Pero de repente, piso algo que le hizo resbalar y cayó por un barranco. En la caída recibió un golpe en la cabeza, y Gabriel, quedó inconsciente a merced de lo que le perseguía y del resto de animales que habitaban el bosque por la noche.
jueves, 29 de julio de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte I

- “¡Eh, tú! No huyas, devuélveme eso.”
Se escuchaba decir a uno de los comerciantes que había en el mercado, mientras corría detrás de un joven, vestido con ropas viejas con bastantes remiendos, alto y moreno, delgado, y con cierta cara de pícaro, que probablemente no pasaba de los 17 años; y que sorteaba la muchedumbre que se agolpaba en torno a los puestos. La gente gritaba al ser empujada por aquel joven que corría con el saco de manzanas sobre su espalda. Se volvía para mirar tras de sí para comprobar a qué distancia estaba el viejo gordo que le perseguía. Finalmente, pudo escaparse al perderlo en una esquina. Siguió corriendo un poco más para asegurarse de que ya no le encontraría. Se dirigió al callejón de siempre. Allí estaba Daniel esperándole como habían convenido. Se sentó junto a él para retomar algo de aliento.
- “¿Lo has conseguido?” – Preguntó Daniel.
- “No lo dudes, hermanito.” – Respondió Gabriel
- “Te recuerdo que yo soy el mayor de los dos, así que no te burles de mi.” – Replicó Daniel.
- “Está bien, está bien, volvamos a casa.”
- “¿Y tu colgante? No lo llevas Gabriel.”
- “Tranquilo, se me había soltado mientras huía del mercader y decidí guardarlo.” – Contestó Gabriel mientras sacaba del bolsillo un colgante de oro, con el símbolo de un dragón en el centro. Había sido un regalo de alguien muy especial cuando el aún era un bebé.
Entonces se marcharon por los callejones de la ciudad de Ostend, sorteando a los guardias que pasaban en alguna ocasión. Salieron por uno de los postigos de la muralla donde no solía haber mucha vigilancia. Una vez fuera de las altas murallas, se introdujeron en el bosque.
Caminaron un largo rato, mientras hablaban de sus cosas. Daniel, tenía alrededor de los veintiún años, era el mayor de los dos, alto, rubio, y con las cosas claras. Calculador e inteligente. Todo lo contrario a su hermano Gabriel, que era más pasional, se dejaba guiar por el corazón y hacia lo que sus sentimientos le dictaban.
Llegaron entonces a la cabaña del bosque donde vivían. Un paraje un tanto idílico, un claro del bosque, donde la luz del sol penetraba sin dificultades, con una zona dedicada al cultivo y otra, para las flores, pues como decía su madre Marlene, la primavera es más bonita si tiene el color de las flores.
Sin embargo, ese invierno estaba siendo bastante duro, y apenas tenían para comer. Por ello, ambos hermanos habían decidido robar aquel saco de manzanas. Marlene, al escucharlos llegar salió a su encuentro, y al verlos con aquel saco, no pudo reprimir su enfado:
- “¡Os tengo dicho que no vayáis a la ciudad, y menos con la idea de robar! ¿Qué pasaría si un día os detuviera la guardia?”
- “Pero madre…” – Intentó responder Gabriel
- “¡No Gabriel! Sabes bien cuál es el castigo por robar, y seguro que has sido tú, el que se recorrió el mercado cargado con ese saco huyendo del vendedor al que le robaste.” – Le interrumpió Marlene.
- “Madre, la culpa fue mía, yo le dije que…”
- “¡Claro! La idea siempre es tuya, ¿verdad, Daniel?”
Gabriel, replicó entonces a la madre dejando ver su enfado:
- “Ya está bien madre. Solo lo hacemos para que tengamos algo para comer, y tu solo nos lo reprochas. No es justo que tengamos que pasar hambre, porque tú no quieras que vayamos a comprar a la ciudad. Estoy cansado de vivir apartado de todo.”
Marlene, casi sin darse cuenta, abofeteó a Gabriel ante las duras palabras que le profirió, arrepintiéndose enseguida, aunque ya era demasiado tarde. Gabriel, había salido corriendo enfadado y humillado ante la reacción de su madre, adentrándose en el bosque, desatendiendo los gritos de su hermano Daniel, que le llamaba.
martes, 27 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte IV
Se levantó como cada mañana, temprano, al despuntar el alba. Se vistió, se peinó un poco la larga cabellera que le cubría los hombros, se puso el vestido, y comenzó a prepararse para un día duro de invierno, que si bien era soleado por la mañana, iría dejando paso a las nubes y la lluvia según avanzara la tarde. Si el invierno era duro en la ciudad, tras las altas murallas custodiadas desde hacía varios días por más soldados de lo que era habitual, en el bosque, la vida era aún peor.
No tenía que perder el tiempo, debía aprovechar que no llovía para ir a recoger agua al río que pasaba por allí cerca. Cogió el cubo más grande que tenia, y después miró para comprobar si seguía durmiendo; solía acompañarla, pero esta vez, prefirió ir sola, y así pues se marchó presurosa.
* * *
La espada sonó al sacarla de la herida, brotando abundante sangre de ella. No sabía dónde estaba el niño, pero poco importaba ya. El niño no sobreviviría mucho tiempo solo en aquel bosque repleto de lobos y otros animales, que no harían ningún asco a
la tierna y blanda carne rosada de aquel bebe.
- “No podrás evitar que cumpla mis planes” – Pensó. “La profecía nunca se cumplirá.”
Limpió de nuevo su espada, como en las anteriores ocasiones que la había usado esa noche.
- “Ha sido una noche ajetreada.” – Musito soltando una carcajada, que asustaría hasta al mismo Belcebú.
Después, montó su cabalgadura negra como el propio corazón de su jinete, y volvió por el camino que había seguido la noche anterior.
* * *
Ya quedaba menos, el sonido se hacía cada vez más fuerte. Como de costumbre, había dirigido sus pasos a una zona no demasiado rocosa, para evitar resbalarse y caer haciéndose daño. Llegó entonces a la orilla, se arrodilló y comenzó a recoger el agua del río con el cubo. Sin darse cuenta, empezó a cantar una canción. Fue entonces cuando notó que el río comenzaba a teñirse de un color extraño. El río se estaba tiñendo de rojo. Asustada por los pensamientos que se le vinieron a la cabeza pegó un grito, mientras se incorporaba dejando caer el cubo en el agua. Se llevo las manos a la cara, asustada.
- “¿Qué es lo que habrá ocurrido?” – Pensó atemorizada. Por aquella zona había muchos lobos, lobos que no dudaban en atacar incluso a plena luz del día. Escuchó entonces el ruido de una rama que se rompía detrás de ella. Gritó asustada mientras se giró hacia la zona de donde provenía el ruido. Fue cuando lo vio.
- “Daniel eres tú. ¡No sabes el susto que me has dado! ¿Qué haces aquí?” – Reprimió al niño de cinco años.
- “Estaba solo en la cabaña y me daba miedo, mamá” – Respondió el niño.
- “Ven aquí” – Dijo mientras le ofrecía sus brazos para cogerlo.
Daniel se acercó a su madre y se agarró a ella. Entonces fue cuando le hizo aquella pregunta:
- “Mamá, ¿Qué es aquello de allí?”
- “¿A qué te refieres hijo mío?”
- “A ese cesto de allí, ¿es tuyo mama? ¿Ibas a recoger fruta?”
Marlene miró hacia donde señalaba Daniel. No se había percatado de que un poco más adelante, en la orilla del río, había una cesta que se había quedado atrapada entre varias rocas. Soltó a su hijo en el suelo, y se acercó sin hacer mucho ruido a aquella cesta surgida casi de la nada. Cuando estuvo cerca, miró cual era su contenido. Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de lo que allí había. No entendía que hacia aquello allí. Ni sabía de dónde podría haber salido, ni de quién podía ser.
La criatura comenzó a llorar, sin sacar a Marlene de su asombro. Se había quedado paralizada.
- “¿Qué ser tan cruel podía haberlo abandonado a su suerte?” – Pensó Marlene.
Cuando pudo reaccionar, lo cogió en sus brazos. El bebe dejó de llorar y le miró sonriéndole. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Daniel se acercó a ver qué es lo que había encontrado su madre. El niño ante su sorpresa le preguntó:
- “¿Quién es mamá?”
- “Es tu nuevo hermano, Daniel.” – Contestó Marlene sonriendo, mientras se encaminaba de vuelta a la cabaña. “Se llama Gabriel.”
No tenía que perder el tiempo, debía aprovechar que no llovía para ir a recoger agua al río que pasaba por allí cerca. Cogió el cubo más grande que tenia, y después miró para comprobar si seguía durmiendo; solía acompañarla, pero esta vez, prefirió ir sola, y así pues se marchó presurosa.
* * *
La espada sonó al sacarla de la herida, brotando abundante sangre de ella. No sabía dónde estaba el niño, pero poco importaba ya. El niño no sobreviviría mucho tiempo solo en aquel bosque repleto de lobos y otros animales, que no harían ningún asco a
la tierna y blanda carne rosada de aquel bebe.
- “No podrás evitar que cumpla mis planes” – Pensó. “La profecía nunca se cumplirá.”
Limpió de nuevo su espada, como en las anteriores ocasiones que la había usado esa noche.
- “Ha sido una noche ajetreada.” – Musito soltando una carcajada, que asustaría hasta al mismo Belcebú.
Después, montó su cabalgadura negra como el propio corazón de su jinete, y volvió por el camino que había seguido la noche anterior.
* * *
Ya quedaba menos, el sonido se hacía cada vez más fuerte. Como de costumbre, había dirigido sus pasos a una zona no demasiado rocosa, para evitar resbalarse y caer haciéndose daño. Llegó entonces a la orilla, se arrodilló y comenzó a recoger el agua del río con el cubo. Sin darse cuenta, empezó a cantar una canción. Fue entonces cuando notó que el río comenzaba a teñirse de un color extraño. El río se estaba tiñendo de rojo. Asustada por los pensamientos que se le vinieron a la cabeza pegó un grito, mientras se incorporaba dejando caer el cubo en el agua. Se llevo las manos a la cara, asustada.
- “¿Qué es lo que habrá ocurrido?” – Pensó atemorizada. Por aquella zona había muchos lobos, lobos que no dudaban en atacar incluso a plena luz del día. Escuchó entonces el ruido de una rama que se rompía detrás de ella. Gritó asustada mientras se giró hacia la zona de donde provenía el ruido. Fue cuando lo vio.
- “Daniel eres tú. ¡No sabes el susto que me has dado! ¿Qué haces aquí?” – Reprimió al niño de cinco años.
- “Estaba solo en la cabaña y me daba miedo, mamá” – Respondió el niño.
- “Ven aquí” – Dijo mientras le ofrecía sus brazos para cogerlo.
Daniel se acercó a su madre y se agarró a ella. Entonces fue cuando le hizo aquella pregunta:
- “Mamá, ¿Qué es aquello de allí?”
- “¿A qué te refieres hijo mío?”
- “A ese cesto de allí, ¿es tuyo mama? ¿Ibas a recoger fruta?”
Marlene miró hacia donde señalaba Daniel. No se había percatado de que un poco más adelante, en la orilla del río, había una cesta que se había quedado atrapada entre varias rocas. Soltó a su hijo en el suelo, y se acercó sin hacer mucho ruido a aquella cesta surgida casi de la nada. Cuando estuvo cerca, miró cual era su contenido. Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de lo que allí había. No entendía que hacia aquello allí. Ni sabía de dónde podría haber salido, ni de quién podía ser.
La criatura comenzó a llorar, sin sacar a Marlene de su asombro. Se había quedado paralizada.
- “¿Qué ser tan cruel podía haberlo abandonado a su suerte?” – Pensó Marlene.
Cuando pudo reaccionar, lo cogió en sus brazos. El bebe dejó de llorar y le miró sonriéndole. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Daniel se acercó a ver qué es lo que había encontrado su madre. El niño ante su sorpresa le preguntó:
- “¿Quién es mamá?”
- “Es tu nuevo hermano, Daniel.” – Contestó Marlene sonriendo, mientras se encaminaba de vuelta a la cabaña. “Se llama Gabriel.”
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte III
El río siguió su curso inexorablemente, llevándose consigo lo más preciado de su vida. Se quedó arrodillada en la orilla llorando, observando como el río se perdía en la distancia. Ya había amanecido. El sol alumbraba con sus rayos las hojas de los árboles que brillaban mojadas por las gotas de rocío mezcladas con las últimas gotas de lluvia que aún caían. Se escuchaba el canto de los pájaros que habitaban en aquellos bosques. La noche fría dejaba paso a un esplendido día sin nubes.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pensando en que pasaría a partir de ahora, ni siquiera podría saber si su hijo se salvaría. De repente, algo la sacó de sus pensamientos. Miró a su alrededor, pero no vio nada. Se sentó de nuevo junto a las piedras de la orilla del río. Sabía que venía a por ella, y decidió esperarle allí sin más, estaba cansada de luchar, huir, y ya nada le importaba; había tenido que abandonar a lo que más quería, y sin él, nada tenía sentido.
Escuchó entonces el cabalgar de un veloz caballo. Se acercaba de prisa. Se levantó y miró hacia los árboles del fondo. Solo veía la luz del sol penetrando entre las ramas, y de fondo, el cabalgar de un caballo. Miró entonces al cielo y elevó una súplica. Sabía que su final había llegado. Entonces apareció, un caballo negro, con las crines despeinadas por el viento que las azotaba al cabalgar con tanta velocidad. Avanzaba majestuoso entre la maleza. Cuando se halló en frente de ella, el jinete, descabalgó de su montadura. Mojado por la lluvia que había caído esa noche, sus ropajes negros parecían aún más pesados, el pelo despeinado, largo, cubriéndole la cara, pero aún así, podría dibujar la cicatriz de su cara. Conocía perfectamente la historia de esa cicatriz.
El caballero oscuro se acercó a ella, pausadamente, y cuando la tuvo delante, la miró a los ojos, y acto seguido, la golpeó con todas sus fuerzas, tirándola al suelo. Ella soltó un pequeño gemido de dolor, pero aún así se puso de pie de nuevo.
- “Ya no me das miedo” – musitó.
Entonces él se abalanzó sobre ella, y la agarró por el cuello, apretándolo bajo sus manos.
- “Pues debería, podría matarte si quisiera” – le respondió él.
- “Mi vida no es la que te interesa, no es a mí a quien buscas”
- “¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?”
Ella guardó silencio.
- “¡Te estoy preguntando!” – Gritó mientras la zarandeaba apretando aún más su cuello – “¿Dónde está? ¿Quién lo tiene?”
Ella sacó fuerzas de donde pudo y le miró fijamente a los ojos, recorriendo con la mirada después su cicatriz, y acto seguido, le escupió en la cara.
- “¡Maldita! Pagaras caro tu ofensa” – Dijo mientras le volvía a golpear fuertemente.
Ella calló de nuevo al suelo, golpeándose la cara con una de las rocas del río. Trató de incorporarse, pero no pudo, estaba mojada y se resbalaba. Notaba como un líquido recorría su cara. Era sangre. De repente, escuchó como el caballero oscuro entraba en el cauce del río, acercándose a ella por la espalda, mientras desenvainaba su espada. Ella comenzó a llorar, sabía lo que iba a ocurrir de un momento a otro.
Los pájaros levantaron el vuelo asustados por el tremendo grito que se escuchó en todo el bosque rompiendo el silencio de la mañana. El agua del río, ya no era pura y cristalina. Ahora la luz del sol, reflejaba la tonalidad rojiza del agua en su luz.
Lejos de allí, el llanto de un bebe se escuchaba también.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pensando en que pasaría a partir de ahora, ni siquiera podría saber si su hijo se salvaría. De repente, algo la sacó de sus pensamientos. Miró a su alrededor, pero no vio nada. Se sentó de nuevo junto a las piedras de la orilla del río. Sabía que venía a por ella, y decidió esperarle allí sin más, estaba cansada de luchar, huir, y ya nada le importaba; había tenido que abandonar a lo que más quería, y sin él, nada tenía sentido.
Escuchó entonces el cabalgar de un veloz caballo. Se acercaba de prisa. Se levantó y miró hacia los árboles del fondo. Solo veía la luz del sol penetrando entre las ramas, y de fondo, el cabalgar de un caballo. Miró entonces al cielo y elevó una súplica. Sabía que su final había llegado. Entonces apareció, un caballo negro, con las crines despeinadas por el viento que las azotaba al cabalgar con tanta velocidad. Avanzaba majestuoso entre la maleza. Cuando se halló en frente de ella, el jinete, descabalgó de su montadura. Mojado por la lluvia que había caído esa noche, sus ropajes negros parecían aún más pesados, el pelo despeinado, largo, cubriéndole la cara, pero aún así, podría dibujar la cicatriz de su cara. Conocía perfectamente la historia de esa cicatriz.
El caballero oscuro se acercó a ella, pausadamente, y cuando la tuvo delante, la miró a los ojos, y acto seguido, la golpeó con todas sus fuerzas, tirándola al suelo. Ella soltó un pequeño gemido de dolor, pero aún así se puso de pie de nuevo.
- “Ya no me das miedo” – musitó.
Entonces él se abalanzó sobre ella, y la agarró por el cuello, apretándolo bajo sus manos.
- “Pues debería, podría matarte si quisiera” – le respondió él.
- “Mi vida no es la que te interesa, no es a mí a quien buscas”
- “¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?”
Ella guardó silencio.
- “¡Te estoy preguntando!” – Gritó mientras la zarandeaba apretando aún más su cuello – “¿Dónde está? ¿Quién lo tiene?”
Ella sacó fuerzas de donde pudo y le miró fijamente a los ojos, recorriendo con la mirada después su cicatriz, y acto seguido, le escupió en la cara.
- “¡Maldita! Pagaras caro tu ofensa” – Dijo mientras le volvía a golpear fuertemente.
Ella calló de nuevo al suelo, golpeándose la cara con una de las rocas del río. Trató de incorporarse, pero no pudo, estaba mojada y se resbalaba. Notaba como un líquido recorría su cara. Era sangre. De repente, escuchó como el caballero oscuro entraba en el cauce del río, acercándose a ella por la espalda, mientras desenvainaba su espada. Ella comenzó a llorar, sabía lo que iba a ocurrir de un momento a otro.
Los pájaros levantaron el vuelo asustados por el tremendo grito que se escuchó en todo el bosque rompiendo el silencio de la mañana. El agua del río, ya no era pura y cristalina. Ahora la luz del sol, reflejaba la tonalidad rojiza del agua en su luz.
Lejos de allí, el llanto de un bebe se escuchaba también.
lunes, 26 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte II
Corría deprisa sorteando los arboles del denso bosque, no podía detenerse, sabía bien quién era el que la perseguía, y si llegaba a alcanzarla, el final para ambos podía ser fatal. Escuchó que cerca de allí sonaba la corriente de un río, y se dirigió hacia allí. Corría todo lo rápido que sus piernas le permitían, llevaba toda la noche tratando de huir de aquel ser maligno, pero el cansancio, la lluvia, y el peso de lo que llevaba entre los brazos había ido consumando sus fuerzas. El río sonaba cada vez más cerca. Tenía que llegar hasta él. El destino dependía de lo que pasara esa noche.
* * *
Limpio la espada, y la volvió a enfundar. Avanzó sorteando los cuerpos sin vida que había por el suelo de la estancia. Todo se había teñido de color rojizo. Ya había registrado toda la posada pero no tuvo suerte en su búsqueda, no estaban allí. Debía proseguir su búsqueda, así pues salió y monto en su caballo negro. Trató de pensar donde podía haber huido esa mujer.
- “¿Dónde estás, bruja?” – Pensó.
Fue entonces cuando recordó las palabras de aquel campesino que se cruzó en el camino y que corrió la misma suerte que los de aquel lugar: “Hacia la posada, en dirección contraria al río”.
Era evidente que le había mentido. Gritó enfurecido y después espoleó a su cabalgadura para encaminarse hacia la otra punta del bosque. No debían escapar con vida, ninguno de los dos.
* * *
- “¡Por fin!” – Exclamó con cierto tono de alegría al llegar a la orilla del río. “Ahora podré salvarte, hijo mío.”
Puso al bebe envuelto en telas junto a la orilla, y buscó algo donde poder colocarlo. Busco por los alrededores, entre la maleza y las piedras. Un poco más allá encontró una pequeña cesta, como había acordado con uno de los sirvientes del castillo. La cogió y fue a donde estaba el bebe. Lo introdujo en la cesta con cuidado. El amanecer estaba cerca, y presentía que su final también, pero debía despedirse de aquella criatura. Su hijo debía permanecer vivo para asegurar el que en un futuro, todo volviera a su cauce. Si su hijo sobrevivía a aquella noche, el bien prevalecería.
- “Se que nunca más te veré, hijo mío.” – Dijo entre sollozando – “Pero tú eres quien debe traer la luz a este infierno en el que nos ha sumido la soberbia y las ansias de riqueza de quienes tenían el poder en sus manos”
El niño se había despertado, y miraba tiernamente a los ojos de su madre, que no pudo evitar sonreír al mirar por última vez a su hijo. Se quitó el colgante que llevaba y se lo colocó al bebe, con la esperanza de que ocurriera un milagro y pudiera sobrevivir a esa noche, para combatir en un futuro a su pasado.
Llegó la hora, el amanecer llegaba ya, introdujo la cesta en el río, dejando que se la llevara la corriente, mientras las lágrimas caían por el rostro de aquella mujer, al ver que su tesoro más preciado, se alejaba de ella, para siempre.
* * *
Limpio la espada, y la volvió a enfundar. Avanzó sorteando los cuerpos sin vida que había por el suelo de la estancia. Todo se había teñido de color rojizo. Ya había registrado toda la posada pero no tuvo suerte en su búsqueda, no estaban allí. Debía proseguir su búsqueda, así pues salió y monto en su caballo negro. Trató de pensar donde podía haber huido esa mujer.
- “¿Dónde estás, bruja?” – Pensó.
Fue entonces cuando recordó las palabras de aquel campesino que se cruzó en el camino y que corrió la misma suerte que los de aquel lugar: “Hacia la posada, en dirección contraria al río”.
Era evidente que le había mentido. Gritó enfurecido y después espoleó a su cabalgadura para encaminarse hacia la otra punta del bosque. No debían escapar con vida, ninguno de los dos.
* * *
- “¡Por fin!” – Exclamó con cierto tono de alegría al llegar a la orilla del río. “Ahora podré salvarte, hijo mío.”
Puso al bebe envuelto en telas junto a la orilla, y buscó algo donde poder colocarlo. Busco por los alrededores, entre la maleza y las piedras. Un poco más allá encontró una pequeña cesta, como había acordado con uno de los sirvientes del castillo. La cogió y fue a donde estaba el bebe. Lo introdujo en la cesta con cuidado. El amanecer estaba cerca, y presentía que su final también, pero debía despedirse de aquella criatura. Su hijo debía permanecer vivo para asegurar el que en un futuro, todo volviera a su cauce. Si su hijo sobrevivía a aquella noche, el bien prevalecería.
- “Se que nunca más te veré, hijo mío.” – Dijo entre sollozando – “Pero tú eres quien debe traer la luz a este infierno en el que nos ha sumido la soberbia y las ansias de riqueza de quienes tenían el poder en sus manos”
El niño se había despertado, y miraba tiernamente a los ojos de su madre, que no pudo evitar sonreír al mirar por última vez a su hijo. Se quitó el colgante que llevaba y se lo colocó al bebe, con la esperanza de que ocurriera un milagro y pudiera sobrevivir a esa noche, para combatir en un futuro a su pasado.
Llegó la hora, el amanecer llegaba ya, introdujo la cesta en el río, dejando que se la llevara la corriente, mientras las lágrimas caían por el rostro de aquella mujer, al ver que su tesoro más preciado, se alejaba de ella, para siempre.
domingo, 25 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte I
- “¿Quién va?” – Dijo una voz desde el interior. No era la típica noche en la que solían llegar forasteros al paraje, las nubes amenazaban lluvia, y no era recomendable andar a esas altas horas de la madrugada por el bosque en solitario.
Alguien volvió a golpear la puerta, sin dar respuesta a la pregunta. El posadero dejó lo que estaba haciendo tras la barra del comedor de la posada, para encaminarse a la puerta, mientras profería palabras dirigidas a aquel que se atrevía a andar por las noches por tales parajes. Cuando justo llegaba a la puerta para abrirla, esta, de un gran golpe, se abrió sola. Todos los que allí estaban, los pocos que habían decidido pasar allí la noche, quedaron estupefactos. Tras abrirse la puerta apareció un personaje de elevada estatura, vestido con ropajes negros, con una espada colgando de su cintura, el pelo negro azabache y largo, revuelto de haber cabalgado durante la noche. A penas se le veía la cara, mas cuando entró en la estancia, el fuego de la lumbre iluminó tenuemente su rostro. El silencio se hizo más profundo ante aquella fantasmagórica aparición. Esa mirada vacía, que miraba a su alrededor, como buscando algo o alguien, esos labios finos y fríos que entre dejaban ver unos dientes afilados, y esa cicatriz, que le cruzaba la cara, de arriba a abajo, marcándole el ojo y la mejilla izquierda.
- “¿Qué… qué desea?” – acertó a preguntar el posadero.
- “¿Dónde están?” – Preguntó sin más aquel extraño visitante.
- “¿Dónde están quienes, señor?”
- “¡Ella y el niño! ¿Dónde los ocultáis?”
- “Señor, aquí no hay nadie, solo estamos los que ve aquí en el comedor”
Tras la respuesta del posadero, el caballero oscuro se abalanzó sobre él, ante el griterío de las personas que allí se encontraban. Tomándolo por la camisa, lo agarró con las dos manos y lo levantó del suelo, colocándolo a su altura. El posadero se encontró ante aquella cicatriz profunda, que le guiaba hasta la mirada fría de aquel personaje.
- “Si valoráis vuestra vida, decidme: ¿Dónde están?”
El posadero, casi llorando ante el temor que le inspiraba aquel caballero tan tenebroso, repetía incesantemente que no sabía a quien buscaba en aquel lugar. Ante tal respuesta, el caballero lo tiró contra una de las mesas de la estancia. Miró a su alrededor, y vio como todos los que allí estaban presentes, se habían agolpado ante la pared del fondo. Varios hombres, dos mujeres, y un niño de no más de 4 años que no cesaba de mirarle a la cara. Con paso firme y pausado, se acercó al niño, mientras posaba una de sus manos en la empuñadura de la larga espada.
Fuera comenzaba a llover, las nubes descargaban sin piedad el agua que traían. Y la noche estallaba en relámpagos. Más ninguno fue capaz, de acallar los gritos de terror y dolor que cruzaron la noche en aquella posada, llena de sangre y muerte.
Alguien volvió a golpear la puerta, sin dar respuesta a la pregunta. El posadero dejó lo que estaba haciendo tras la barra del comedor de la posada, para encaminarse a la puerta, mientras profería palabras dirigidas a aquel que se atrevía a andar por las noches por tales parajes. Cuando justo llegaba a la puerta para abrirla, esta, de un gran golpe, se abrió sola. Todos los que allí estaban, los pocos que habían decidido pasar allí la noche, quedaron estupefactos. Tras abrirse la puerta apareció un personaje de elevada estatura, vestido con ropajes negros, con una espada colgando de su cintura, el pelo negro azabache y largo, revuelto de haber cabalgado durante la noche. A penas se le veía la cara, mas cuando entró en la estancia, el fuego de la lumbre iluminó tenuemente su rostro. El silencio se hizo más profundo ante aquella fantasmagórica aparición. Esa mirada vacía, que miraba a su alrededor, como buscando algo o alguien, esos labios finos y fríos que entre dejaban ver unos dientes afilados, y esa cicatriz, que le cruzaba la cara, de arriba a abajo, marcándole el ojo y la mejilla izquierda.
- “¿Qué… qué desea?” – acertó a preguntar el posadero.
- “¿Dónde están?” – Preguntó sin más aquel extraño visitante.
- “¿Dónde están quienes, señor?”
- “¡Ella y el niño! ¿Dónde los ocultáis?”
- “Señor, aquí no hay nadie, solo estamos los que ve aquí en el comedor”
Tras la respuesta del posadero, el caballero oscuro se abalanzó sobre él, ante el griterío de las personas que allí se encontraban. Tomándolo por la camisa, lo agarró con las dos manos y lo levantó del suelo, colocándolo a su altura. El posadero se encontró ante aquella cicatriz profunda, que le guiaba hasta la mirada fría de aquel personaje.
- “Si valoráis vuestra vida, decidme: ¿Dónde están?”
El posadero, casi llorando ante el temor que le inspiraba aquel caballero tan tenebroso, repetía incesantemente que no sabía a quien buscaba en aquel lugar. Ante tal respuesta, el caballero lo tiró contra una de las mesas de la estancia. Miró a su alrededor, y vio como todos los que allí estaban presentes, se habían agolpado ante la pared del fondo. Varios hombres, dos mujeres, y un niño de no más de 4 años que no cesaba de mirarle a la cara. Con paso firme y pausado, se acercó al niño, mientras posaba una de sus manos en la empuñadura de la larga espada.
Fuera comenzaba a llover, las nubes descargaban sin piedad el agua que traían. Y la noche estallaba en relámpagos. Más ninguno fue capaz, de acallar los gritos de terror y dolor que cruzaron la noche en aquella posada, llena de sangre y muerte.
sábado, 24 de julio de 2010
Prólogo

Corría el invierno del año 1267. El bosque era oscuro, la noche lo cubría todo. La luna era nueva, y privaba a todo ser de su luz. La noche era fría, y una densa niebla cubría el bosque. En un claro, una posada, pequeña y lúgubre, con una única ventana iluminada en el interior. De la chimenea salía humo, señal de que había vida en aquel lugar recóndito del paraje. Seguramente el que fuera que habitaba allí, no esperaba visita esa noche de Enero, pero sin embargo, el destino había fijado, que esa noche, fuera distinta a las demás.
Se escuchaba el sonido del cabalgar de un jinete. Llego presuroso al mismo claro del bosque donde se encontraba la posada, un claro del bosque, en el que a pesar de la luz de la ventana de la posada, permanecía en penumbra. El jinete, con sus ropajes oscuros, parecía salido del mismo averno infernal, y sin pensarlo, se apeó de su cabalgadura, y aporreó la puerta de la posada.
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