Los hermanos de corazón, que no de sangre, cabalgaban por el bosque buscando la frontera del país de Ostend, para encaminarse por el peligroso país de los Semnones, un país de gente inhóspita, frío en sus temperaturas en cuanto que estaba más al norte, refugio de bandidos y prófugos de la ley, donde sin duda, su viaje se complicaría mucho más. De hecho, no tardarían mucho en tener los primeros problemas.
La frontera estaba marcada por un río, no de mucho caudal, pero sí lo bastante como para evitar que incluso a caballo, se pudiera cruzar penetrando en él. En el viejo mapa que les había dado Marlene, se ubicaba no lejos de allí uno de los pocos puentes que lo cruzaban. Llegaron al fin alrededor del mediodía a donde estaba el río, que si no estaba congelado, su temperatura era bastante fría. El invierno era largo ya, pero a medida que avanzaban, el frío se hacía más intenso. Cabalgaron despacio por el ribazo de aquel río, en busca de uno de sus puentes, que según había leído Gabriel en el mapa, no podía estar muy lejos. Se detuvieron un tiempo a descansar y comer algo, así como para darles algo de bebida y comida a los caballos, que a pesar del largo camino que llevaban recorrido, mantenían sus fuerzas del principio.
Después, emprendieron de nuevo la marcha. Al cabo de una hora, avistaron el puente en la lejanía. Un puente que no debía ser muy transitado, y que no se presentaba en sus mejores condiciones. Colgadizo, sus tablones de madera deberían, sino todos, la mayoría sí, estar podridos en su interior debido a la humedad y el frío. Las cuerdas que lo sustentaban igualmente no estaban muy cuidadas. Cuando se acercaron los dos, Gabriel y Daniel, observaron el puente con detenimiento.
- “¿Crees que soportara nuestro peso, Gabriel?”
- “No estoy seguro de ello, hermano.” – Contestó Gabriel.
- “Crucémoslo, seguro que no se derrumba bajo nuestros pies.” – Respondió valientemente pero no sin fanfarronería Daniel.
- “Espera hermano.” – Interrumpió Gabriel. – “Pasaré yo primero, luego tu enviaras a los caballos, uno a uno, y después pasarás tú.”
- “Está bien hermano, como lo prefieras.” – Respondió Daniel, no estando muy convencido del plan de Gabriel, pero tuvo que resignarse.
Y así lo hicieron. Primero pasó Gabriel, con cuidado, pensando bien donde ponía los pies. El puente crujía bajo sus pisadas. No era muy seguro el cruzar por allí, pero debían pasar la frontera si querían llegar al oráculo. Llegó al otro lado del puente sin muchos problemas.
Daniel le paso los caballos, uno a uno, despacio, Gabriel los llamaba desde la otra orilla. Fueron cruzando ambos animales, temerosos de que aquella estructura se derrumbara, pero finalmente aguantó.
Llegaba el turno de que pasará Daniel. Este, viendo que los caballos pasaron sin muchas dificultades, decidió pasar sin pensárselo dos veces.
- “¿Ves hermanito?, no era tan peligroso.” – Dijo burlonamente.
- “Daniel, no empieces con tus tonterías. Cruza de una vez.” – Instó Gabriel.
- “Venga Gabriel, ven aquí a disfrutar de las vistas.” – Dijo mientras se asomaba desde el centro del puente a mirar el río y su cauce.
- “¡Daniel, cruza ya!” – Reprimió el hermano menor al otro.
- “Esta bien, mira que puedes llegar a ser pesado y aburrido.”
Fue entonces cuando al seguir avanzando por el puente, rompió una de las tablas, cayendo al vacio. Suerte que se quedó enganchado a las tablas del puente, pudiéndose agarrar a una de ellas.
- “¡Daniel!, ¿estás bien?” – Preguntaba desde el otro lado Gabriel, asustado y temiendo por la vida de su hermano.
- “Si, estoy… bien.” – Respondió Daniel mientras subía con dificultad al puente de nuevo.
Fue cuando ocurrió. Apenas Daniel se había incorporado de pie sobre el puente, este empezó a derrumbarse bajo sus pies. Daniel salió corriendo como pudo, casi llegó a la otra orilla del río. Fue su hermano Gabriel, quien en un intento de salvarle, alargó el brazo, y lo pudo agarrar. Daniel se golpeó fuertemente contra la pared de tierra de la otra orilla, quedando suspendido sobre el río, mientras Gabriel, quedaba tumbado en tierra, sosteniendo a su hermano. Gabriel empleaba todas las fuerzas, pero no podía con su hermano, se le resbalaba. La mano se le escapaba entre las suyas, sudadas por los nervios y el miedo. Daniel le miró con cara de desesperación. Todo estaba perdido. Daniel estaba a punto de caer al abismo.
Justo cuando se dijeron adiós con la mirada, y prácticamente se le escapaba la mano de su hermano a Gabriel, alguien por detrás suya, agarró también a su hermano. La cara de Daniel refleja el temor del momento, junto al asombro de aquella aparición. Entre Gabriel y aquel personaje desconocido, subieron a Daniel, salvándolo de la muerte casi segura que le esperaba en aquella caída a un río frío, casi helado, y lleno de rocas afiladas.
* * *
En la otra orilla, dos personajes se miraron asombrados por la aparición de aquel sujeto, que ayudó a los hermanos. Su plan había fallado, y si no hubiera sido por la ayuda prestada, el mayor de aquellos dos estaría muerto.
- “La próxima vez, haremos las cosas a mi manera.” – Dijo enfadado Ricardo mirando de reojo a Ignacio.
Ambos se alejaron de allí, saliendo de su escondrijo, en busca de las cabalgaduras que les había dado Rocvorik.
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Nota del Autor:
La de hoy, día 15 de Agosto de 2010, será la última entrada de este mes, debido a que me ausentaré por motivos vacacionales durante esta última quincena de Agosto.
A la vuelta, el Blog volverá a la normalidad, junto a Gabriel, Daniel, Van Rocvorik y el resto de personajes de siempre, y nuevos que irán apareciendo en la historia.
Permaneced atentos, para no perderos ninguna parte a la vuelta de las vacaciones. Feliz verano a todos.
Un cordial saludo.
Marqués Albert.
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