sábado, 4 de diciembre de 2010

Capitulo 5: El pequeño pícaro. Parte III

El fuego hacia rato que ardía, consumiendo la leña que habían puesto en él, a la vez que calentaba la olla de hierro que colgaba sobre el hogar de la cabaña. La cama estaba hecha, siempre era lo primero que hacia. Se levantaba, se vestía, y estiraba el lecho para que a la noche siguiente estuviera listo. Al igual que hacia cuando sus dos hijos se levantaban para ayudarla. Pero ella siempre era la primera. Le gustaba prepararles el desayuno mientras dormían para que al levantarse ya lo tuvieran listo. Les echaba tanto de menos …

En la mesa había un pequeño jarrón con flores, recogidas esa misma mañana y que impregnaban la estancia con su leve olor. Eran las mismas que su padre le traía cada mañana cuando era niña, y que ella seguía haciendo en su memoria. La comida que se estaba calentando en la olla comenzó a hervir provocando que saliera humo por los bordes de la tapadera. Sin embargo, nadie vino apresuradamente para apartarla del fuego.

La cabaña estaba vacía, sin nadie. Todo estaba en su sitio. La ropa seguía tendida como el día anterior, esperando que los rayos del sol por débiles que fueran la secaran en el exterior. El huerto esa mañana no había sido trabajado, había algunas plantas que estaban esperando el ser plantadas aún desde el día anterior.

Sin embargo, el sitio estaba como impregnado de una especie de aura que envolvía el lugar de tal manera, que inquietaría a cualquiera que por allí pasará. No lejos de la cabaña, donde el camino comenzaba a disiparse por entre los árboles del espeso bosque y entre las hojas teñidas de tonalidades marrones, anaranjadas y amarillas que cubrían el camino, había rastros de sangre, y un leve surco, como si alguien hubiera sido arrastrado por aquel camino. También aparecían huellas de un caballo.

Lejos de allí, en el castillo de Ostend, se escuchaban los gritos de una mujer. En la cabaña, la olla explotó.

viernes, 29 de octubre de 2010

Capitulo 5: El pequeño pícaro. Parte II

Daniel no podía dejar de dar vueltas en la cama. Miraba a través de la ventana por donde la única luz que entraba era la de la luna. El cielo aparecía limpio de nubes, dejando un manto estrellado a la calma de la noche. La habitación estaba a oscuras, en el otro lado del cuarto, su hermano Gabriel, hacía rato que dormía en su lecho. Él sin embargo, no dejaba de pensar en aquella extraña joven. Siempre se ponía nervioso ante las mujeres, especialmente cuando eran jóvenes y hermosas. Era un miedo que le provenía desde la infancia, aquel recuerdo que afloraba en su mente, y que, tan solo su madre, era capaz de disipar. Era la única mujer a la que no tenía ni miedo, ni odio.

Se preguntaba, porque se había mostrado tan amable, y por qué se prestaba también a ayudarles en su dura empresa. El oráculo de Frissia estaba aún lejos, y presentía que aquella mujer, escondía algo. Veía en su mirada un miedo profundo, a pesar de que se muestra segura de sí misma.

Al fin, con el tiempo, el sueño fue rindiendo en los ojos de Daniel, hasta que cayó profundamente dormido.

* * *

Mientras, en el reino de Ostend las cosas iban cada vez peor. Van Rocvorik había subido los impuestos a los campesinos para poder pagar la guerra que estaba preparando, con las consiguientes revueltas de la plebe, revueltas que habían sido reprimidas duramente por las armas de los soldados del villano.

Rocvorik seguía manejando todo desde el castillo. Zelvira le iba indicando los pasos a seguir para que todo tuviera éxito. Estaban ambos en una de las salas de la bruja, cuando llegaron los dos secuaces del señor oscuro.

* * *

Gabriel oyó un ruido. Entre abrió los ojos. La oscuridad reina en la estancia. Intuía por los leves ronquidos que su hermano Daniel seguía durmiendo. Ya no se escuchaba nada, pero permaneció atento. Volvió entonces a oír algo en la habitación. Trató de ubicar de donde provenía el sonido, un sonido leve, como si alguien anduviera de cuclillas sobre el suelo de madera que crujía al pisarlo aun de esa manera.

-“La vieja posada se caerá en pedazos cualquier día” – Pensó Gabriel – “Pero por suerte, hoy me permitirá atrapar al ladronzuelo.”

Saltó entonces desde el lecho, poniéndose de pie abalanzándose entonces hacia donde intuía por el ruido que estaba el ladrón. El ruido de los golpes despertó a Daniel, que asustado también se había levantado sin entender nada de lo que estaba pasando en medio de la oscuridad. Fue cuando Gabriel sujetó a aquel ladrón con una mano y le golpeó con una silla que también había agarrado con la mano que le quedaba libre. Tras el grito de dolor, la habitación quedó en silencio. Gabriel encendió la luz, tras lo cual, vio que la habitación estaba toda desordenada, tras la persecución. La silla rota estaba tirada al lado de quien él había golpeado. Con sorpresa comprobó, que se había equivocado, y había golpeado a su hermano Daniel. Se apresuró a colocarlo en la cama y a tratar de despertarle, puesto que tras el golpe había quedado inconsciente. Mientras intentaba reanimarlo, escuchó que alguien reía en el pasillo. Salió como alma que lleva el diablo para ver quién era. Observó que un personajillo de pequeña estatura, corría por el pasillo dirigiéndose escaleras abajo, con su colgante, el cual había dejado en la mesa de la habitación antes de acostarse, en la mano. Su primera intención fue perseguirlo, pero al escuchar que su hermano Daniel despertaba, decidió ver como se encontraba.

-“Ya te buscare ladronzuelo” – murmuró para sí.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Capitulo 5. El pequeño pícaro. Parte I

Estaban en una pequeña posada, acogedora y cálida, a pesar del frío que hacia esa noche fuera. Ambos hermano estaban sentado el uno al lado del otro, observando aun a aquella persona. No habían asumido todavía todo lo ocurrido: el río, el puente, Daniel a punto de caer, y…

-“Se os enfriará la cena” – Dijo tajante, antes de absorber la ultima cucharada de su sopa.

Sus sopas estaban en el plato, no habían probado nada en todo el día, debido al susto pasado o a aquella ayuda inesperada. Los hermanos se miraron. No sabían muy bien que decir, de hecho, tampoco hablaron desde que apareció.

- “¿Cómo os llamáis? Al menos podríais decirme eso.”
- “Yo… yo soy Gabriel, y este es mi hermano, Daniel.”
- “Al fin habla alguno. Pensé que os quedasteis mudo con los gritos que estabais pegando en el bosque.”

Los hermanos notaron como sus mejillas se enrojecían al momento, provocando la risa de aquella misteriosa persona.

- “Decidme, ¿Qué os trae hasta estos parajes tan fríos?”

Daniel reaccionó entonces:

- “Te agradezco lo que hiciste por mí, pero eso no es de tu incumbencia. Vámonos Gabriel.” – Dijo mientras se levantó de la mesa.

Sin embargo, Gabriel permaneció sentado, frente al plato de sopa, mirando a aquella persona. La miró a los ojos, como queriendo hallar algo que le dijera que no era de fiar. Por el contrario, no vio nada que le diera indicios de que podía ser una espía de Rocvorik o que al menos, tuviera malas intenciones. Y también era cierto, que si no llega a ser por que apareció en el momento más oportuno, su hermano Daniel, ahora estaría muerto.

-“Siéntate, Daniel.” – Respondió Gabriel.
-“Pero Gabriel…”
-“He dicho que te sientes. Le debes la vida, nos ha guiado hasta aquí, y nos ha pagado la habitación y la cena. Tiene derecho a saber quiénes somos.”

Daniel se sentó de mala gana, no sabía muy bien de quien fiarse en aquellos momentos, y menos estando en un país desconocido, en el que todo el mundo les miraba de forma extraña.

Una vez se hubo sentado Daniel, Gabriel relató la historia, como días atrás lo había hecho su madre con él.

-“Impresionante. Parece todo tan… tan…”
-“Surrealista, lo sé. Pero es así.” – completó Gabriel. Se acercó al oído de aquella persona y le dijo – “Soy el heredero al trono de Ostend.”

Hubo un silencio largo, pesado. Finalmente, se levantó de su asiento y dijo:

-“Tenemos que acostarnos. Debemos descansar para emprender mañana el viaje hacia el oráculo.”
-“¿Vas a acompañarnos?” – Preguntó Daniel sorprendido.
-“Claro. No pensareis que os dejaré solos a los dos, en un país extraño para vosotros, en el que pocas personas hablan vuestra lengua y donde sería fácil robaros.” – Dijo mirando fijamente a Daniel. – “Además, puede que tengáis que cruzar otro puente colgante y Gabriel necesite mi ayuda para salvarte de nuevo.” – Añadió en tono burlón.

Daniel la miró con cierto enfado. La presencia de aquella persona le ponía nervioso, y lo peor, es que seguramente lo supiera.

-“Un momento.” – Interrumpió Gabriel, haciendo que se detuviera aquel misterioso personaje antes de subir las escaleras que llevaban a las habitaciones. – “Al menos, dinos tu nombre.”

Sonrió por primera vez en todo el día. Miró a los ojos de Gabriel, y antes de subir por la escalera respondió:

- “Anna.”