- “Mi Lord, ya sé que…”
- “¡Eres un estúpido que no entiende mis órdenes!” – Replicó aquel hombre mientras salía desnudo de la cama.
Era de complexión fuerte, alto, de piel blanca, pelo negro largo. Su mirada de ojos negros podía atravesarte el corazón y hacer que dejara de latir ante su frialdad.
El hombre se abrigó con una bata de color negro. Aprovechando que estaba de espaldas y no podía ver lo que hacía, el guardia decidió mirar a la mujer que estaba metida en la cama, algo avergonzada por la aparición tan repentina de él. Su piel era blanca como la nieve, tenía un esbelto cuello, una larga melena rubia, ojos celestes, y a pesar de que se tapaba con las finas y suaves sabanas de sedas, se adivinaba el dulce tacto de sus pechos. Pero apartó la mirada, no quería más problemas con su Señor.
- “¿Y qué dices que es tan importante como para venir hasta mi aposentos a interrumpirme?” – Preguntó Lord van Rocvorik.
- “Mi Lord, el prisionero, ha muerto”
- “¡¿Qué?!” – Preguntó sin dar crédito a lo que el guardia le acababa de decir. Se puso el cinturón para ceñirse aquella bata oscura, y se giró, acercándose con paso ligero al guardia. Cuando lo tuvo frente a frente, le preguntó:
- “¿Cuándo?”
- “Hace unos momentos, mi Lord. He venido con toda la urgencia posible” – Respondió el guardia.
- “Esta bien, bajemos a las mazmorras a verlo” – Dijo tras una pausa, sin poder evitar dejar entre ver cierta alegría.
Lord van Rocvorik, tras despedirse de aquella dama que se encontraba en su cama, salió de la estancia. El guardia le siguió, pero se detuvo a cerrar la puerta, dejando que su señor se adelantara un poco en dirección a las mazmorras. Cuando hubo cerrado la puerta, se giró, y cuando quiso darse cuenta, estaba de espaldas contra la puerta, sujetado por el cuello, elevado unos pocos centímetros sobre el suelo, y con aquella cicatriz delante de él.
- “Mi Lord, me… me está…ahogando” – Pudo decir no sin esfuerzos, mientras cada vez le resultaba más difícil respirar.
- “Si vuelves a mirarla, o desearla, te juro que no sobrevivirás” – Respondió van Rocvorik.
El guardia asintió con la cabeza asustado y desesperado, mientras su rostro desencajado se ponía cada vez más rojo ante la falta de oxigeno.
Van Rocvorik lo soltó, dejándolo caer al suelo. El guardia quedó de rodillas, mientras se llevaba las manos al cuello dolorido por la presión de las manos de su señor, tosiendo por la falta de aire. Se incorporó como pudo, y se apresuró a alcanzar a van Rocvorik que se dirigía ya hacia los calabozos. Lo alcanzó cuando estaba en la entrada, ante una escalera de caracol iluminada por algunas antorchas, una escalera angosta, donde un pequeño resbalón podía resultar bastante grave. Los dos bajaron varios pisos por aquellas escaleras, que les condujo, a la zona más fría, sombría y lúgubre.
Penetraron entonces por un pasillo estrecho también, no muy alto, mientras se incorporaba a la comitiva de van Rocvorik y el guardia otro compañero del segundo, con una nueva antorcha para iluminar el camino, un camino donde las ratas corrían en busca de refugio ante los nuevos visitantes, algo inesperados, pues no era habitual que nadie pasara por aquel lugar tan profundo de las mazmorras.
El frío calaba en los huesos, la humedad era casi palpable. Y el olor pestilente de un cadáver, se hacía cada vez más fuerte.
sábado, 31 de julio de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte II
El guardia corría presuroso hacia la puerta de la habitación por aquel largo pasillo, oscuro, iluminado por antorchas, que hacían más siniestro el lugar, donde los altos ventanales reflejaban el color de los cortinajes rojos que los cubrían. Escuchaba a lo lejos las risas y los gemidos de placer. Sabía que había órdenes de no molestarle pero la ocasión lo requería, debían recibir órdenes nuevas ahora que el prisionero había muerto. Llevaban mucho tiempo esperando este momento, y el señor se alegraría.
Cuando estuvo delante de la puerta, se quedó allí un rato meditando si finalmente debía interrumpirles o debía esperar al día siguiente. Detrás se escuchaban los ruidos del juego del arte del amar. Suspiró profundamente, y acto seguido, entró.
***
Había estado corriendo toda la tarde, y no sabía bien donde se encontraba. La noche además había caído ya, y tan solo la luna llena iluminaba sus pasos. Gabriel, sabía que estaba corriendo un grave riesgo al andar por el bosque a esas horas de la noche, pues había animales de todo tipo que si lo encontraban, no dudarían en atacarle para saborear su carne. Pero no tenía miedo, y ya estaba cansado de tener que estar encerrado en aquella cabaña sin acercarse ni a nada ni a nadie.
Dejó de correr, ahora simplemente caminaba con cuidado para no tropezar con alguna roca, pues la noche se había vuelto algo más oscura debido a las nubes que comenzaron a ocultar la luna. De repente, escuchó un ruido. No sabía bien de donde podía venir, ni quién o qué era. Se quedo quieto, sin hacer nada para tratar de que lo que fuera aquello no le encontrara.
Pero volvió a escuchar otra vez el ruido, como de ramas secas que se rompían al ser pisadas por alguien, o algún animal. Cada vez lo escuchaba más cerca. Atemorizado, Gabriel comenzó a correr sin saber muy bien por donde.
Estaba huyendo y no sabía bien de qué, pero lo que fuera aquello le seguía de cerca, le perseguía, iba detrás de él. Cada vez trataba de ir más rápido
- “Debe ser un lobo.” – Pensó mientras corría jadeante por el cansancio, pues eran ya varias horas las que llevaba corriendo, y ahora debía volver a hacerlo, y además, hacía tiempo que no probaba bocado.
Lo que fuera, estaba cada vez más cerca. La cara de Gabriel dejaba entre ver el miedo que se apoderaba por momentos de su razón, debía huir de allí, pero no sabía ni siquiera donde estaba. Por un momento, pensó en plantar cara al peligro que le acechaba, pero el ruido cada vez era más cercano, casi podía escuchar la respiración agitada de aquel ser que le acosaba. Pero de repente, piso algo que le hizo resbalar y cayó por un barranco. En la caída recibió un golpe en la cabeza, y Gabriel, quedó inconsciente a merced de lo que le perseguía y del resto de animales que habitaban el bosque por la noche.
Cuando estuvo delante de la puerta, se quedó allí un rato meditando si finalmente debía interrumpirles o debía esperar al día siguiente. Detrás se escuchaban los ruidos del juego del arte del amar. Suspiró profundamente, y acto seguido, entró.
***
Había estado corriendo toda la tarde, y no sabía bien donde se encontraba. La noche además había caído ya, y tan solo la luna llena iluminaba sus pasos. Gabriel, sabía que estaba corriendo un grave riesgo al andar por el bosque a esas horas de la noche, pues había animales de todo tipo que si lo encontraban, no dudarían en atacarle para saborear su carne. Pero no tenía miedo, y ya estaba cansado de tener que estar encerrado en aquella cabaña sin acercarse ni a nada ni a nadie.
Dejó de correr, ahora simplemente caminaba con cuidado para no tropezar con alguna roca, pues la noche se había vuelto algo más oscura debido a las nubes que comenzaron a ocultar la luna. De repente, escuchó un ruido. No sabía bien de donde podía venir, ni quién o qué era. Se quedo quieto, sin hacer nada para tratar de que lo que fuera aquello no le encontrara.
Pero volvió a escuchar otra vez el ruido, como de ramas secas que se rompían al ser pisadas por alguien, o algún animal. Cada vez lo escuchaba más cerca. Atemorizado, Gabriel comenzó a correr sin saber muy bien por donde.
Estaba huyendo y no sabía bien de qué, pero lo que fuera aquello le seguía de cerca, le perseguía, iba detrás de él. Cada vez trataba de ir más rápido
- “Debe ser un lobo.” – Pensó mientras corría jadeante por el cansancio, pues eran ya varias horas las que llevaba corriendo, y ahora debía volver a hacerlo, y además, hacía tiempo que no probaba bocado.
Lo que fuera, estaba cada vez más cerca. La cara de Gabriel dejaba entre ver el miedo que se apoderaba por momentos de su razón, debía huir de allí, pero no sabía ni siquiera donde estaba. Por un momento, pensó en plantar cara al peligro que le acechaba, pero el ruido cada vez era más cercano, casi podía escuchar la respiración agitada de aquel ser que le acosaba. Pero de repente, piso algo que le hizo resbalar y cayó por un barranco. En la caída recibió un golpe en la cabeza, y Gabriel, quedó inconsciente a merced de lo que le perseguía y del resto de animales que habitaban el bosque por la noche.
jueves, 29 de julio de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte I

- “¡Eh, tú! No huyas, devuélveme eso.”
Se escuchaba decir a uno de los comerciantes que había en el mercado, mientras corría detrás de un joven, vestido con ropas viejas con bastantes remiendos, alto y moreno, delgado, y con cierta cara de pícaro, que probablemente no pasaba de los 17 años; y que sorteaba la muchedumbre que se agolpaba en torno a los puestos. La gente gritaba al ser empujada por aquel joven que corría con el saco de manzanas sobre su espalda. Se volvía para mirar tras de sí para comprobar a qué distancia estaba el viejo gordo que le perseguía. Finalmente, pudo escaparse al perderlo en una esquina. Siguió corriendo un poco más para asegurarse de que ya no le encontraría. Se dirigió al callejón de siempre. Allí estaba Daniel esperándole como habían convenido. Se sentó junto a él para retomar algo de aliento.
- “¿Lo has conseguido?” – Preguntó Daniel.
- “No lo dudes, hermanito.” – Respondió Gabriel
- “Te recuerdo que yo soy el mayor de los dos, así que no te burles de mi.” – Replicó Daniel.
- “Está bien, está bien, volvamos a casa.”
- “¿Y tu colgante? No lo llevas Gabriel.”
- “Tranquilo, se me había soltado mientras huía del mercader y decidí guardarlo.” – Contestó Gabriel mientras sacaba del bolsillo un colgante de oro, con el símbolo de un dragón en el centro. Había sido un regalo de alguien muy especial cuando el aún era un bebé.
Entonces se marcharon por los callejones de la ciudad de Ostend, sorteando a los guardias que pasaban en alguna ocasión. Salieron por uno de los postigos de la muralla donde no solía haber mucha vigilancia. Una vez fuera de las altas murallas, se introdujeron en el bosque.
Caminaron un largo rato, mientras hablaban de sus cosas. Daniel, tenía alrededor de los veintiún años, era el mayor de los dos, alto, rubio, y con las cosas claras. Calculador e inteligente. Todo lo contrario a su hermano Gabriel, que era más pasional, se dejaba guiar por el corazón y hacia lo que sus sentimientos le dictaban.
Llegaron entonces a la cabaña del bosque donde vivían. Un paraje un tanto idílico, un claro del bosque, donde la luz del sol penetraba sin dificultades, con una zona dedicada al cultivo y otra, para las flores, pues como decía su madre Marlene, la primavera es más bonita si tiene el color de las flores.
Sin embargo, ese invierno estaba siendo bastante duro, y apenas tenían para comer. Por ello, ambos hermanos habían decidido robar aquel saco de manzanas. Marlene, al escucharlos llegar salió a su encuentro, y al verlos con aquel saco, no pudo reprimir su enfado:
- “¡Os tengo dicho que no vayáis a la ciudad, y menos con la idea de robar! ¿Qué pasaría si un día os detuviera la guardia?”
- “Pero madre…” – Intentó responder Gabriel
- “¡No Gabriel! Sabes bien cuál es el castigo por robar, y seguro que has sido tú, el que se recorrió el mercado cargado con ese saco huyendo del vendedor al que le robaste.” – Le interrumpió Marlene.
- “Madre, la culpa fue mía, yo le dije que…”
- “¡Claro! La idea siempre es tuya, ¿verdad, Daniel?”
Gabriel, replicó entonces a la madre dejando ver su enfado:
- “Ya está bien madre. Solo lo hacemos para que tengamos algo para comer, y tu solo nos lo reprochas. No es justo que tengamos que pasar hambre, porque tú no quieras que vayamos a comprar a la ciudad. Estoy cansado de vivir apartado de todo.”
Marlene, casi sin darse cuenta, abofeteó a Gabriel ante las duras palabras que le profirió, arrepintiéndose enseguida, aunque ya era demasiado tarde. Gabriel, había salido corriendo enfadado y humillado ante la reacción de su madre, adentrándose en el bosque, desatendiendo los gritos de su hermano Daniel, que le llamaba.
martes, 27 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte IV
Se levantó como cada mañana, temprano, al despuntar el alba. Se vistió, se peinó un poco la larga cabellera que le cubría los hombros, se puso el vestido, y comenzó a prepararse para un día duro de invierno, que si bien era soleado por la mañana, iría dejando paso a las nubes y la lluvia según avanzara la tarde. Si el invierno era duro en la ciudad, tras las altas murallas custodiadas desde hacía varios días por más soldados de lo que era habitual, en el bosque, la vida era aún peor.
No tenía que perder el tiempo, debía aprovechar que no llovía para ir a recoger agua al río que pasaba por allí cerca. Cogió el cubo más grande que tenia, y después miró para comprobar si seguía durmiendo; solía acompañarla, pero esta vez, prefirió ir sola, y así pues se marchó presurosa.
* * *
La espada sonó al sacarla de la herida, brotando abundante sangre de ella. No sabía dónde estaba el niño, pero poco importaba ya. El niño no sobreviviría mucho tiempo solo en aquel bosque repleto de lobos y otros animales, que no harían ningún asco a
la tierna y blanda carne rosada de aquel bebe.
- “No podrás evitar que cumpla mis planes” – Pensó. “La profecía nunca se cumplirá.”
Limpió de nuevo su espada, como en las anteriores ocasiones que la había usado esa noche.
- “Ha sido una noche ajetreada.” – Musito soltando una carcajada, que asustaría hasta al mismo Belcebú.
Después, montó su cabalgadura negra como el propio corazón de su jinete, y volvió por el camino que había seguido la noche anterior.
* * *
Ya quedaba menos, el sonido se hacía cada vez más fuerte. Como de costumbre, había dirigido sus pasos a una zona no demasiado rocosa, para evitar resbalarse y caer haciéndose daño. Llegó entonces a la orilla, se arrodilló y comenzó a recoger el agua del río con el cubo. Sin darse cuenta, empezó a cantar una canción. Fue entonces cuando notó que el río comenzaba a teñirse de un color extraño. El río se estaba tiñendo de rojo. Asustada por los pensamientos que se le vinieron a la cabeza pegó un grito, mientras se incorporaba dejando caer el cubo en el agua. Se llevo las manos a la cara, asustada.
- “¿Qué es lo que habrá ocurrido?” – Pensó atemorizada. Por aquella zona había muchos lobos, lobos que no dudaban en atacar incluso a plena luz del día. Escuchó entonces el ruido de una rama que se rompía detrás de ella. Gritó asustada mientras se giró hacia la zona de donde provenía el ruido. Fue cuando lo vio.
- “Daniel eres tú. ¡No sabes el susto que me has dado! ¿Qué haces aquí?” – Reprimió al niño de cinco años.
- “Estaba solo en la cabaña y me daba miedo, mamá” – Respondió el niño.
- “Ven aquí” – Dijo mientras le ofrecía sus brazos para cogerlo.
Daniel se acercó a su madre y se agarró a ella. Entonces fue cuando le hizo aquella pregunta:
- “Mamá, ¿Qué es aquello de allí?”
- “¿A qué te refieres hijo mío?”
- “A ese cesto de allí, ¿es tuyo mama? ¿Ibas a recoger fruta?”
Marlene miró hacia donde señalaba Daniel. No se había percatado de que un poco más adelante, en la orilla del río, había una cesta que se había quedado atrapada entre varias rocas. Soltó a su hijo en el suelo, y se acercó sin hacer mucho ruido a aquella cesta surgida casi de la nada. Cuando estuvo cerca, miró cual era su contenido. Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de lo que allí había. No entendía que hacia aquello allí. Ni sabía de dónde podría haber salido, ni de quién podía ser.
La criatura comenzó a llorar, sin sacar a Marlene de su asombro. Se había quedado paralizada.
- “¿Qué ser tan cruel podía haberlo abandonado a su suerte?” – Pensó Marlene.
Cuando pudo reaccionar, lo cogió en sus brazos. El bebe dejó de llorar y le miró sonriéndole. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Daniel se acercó a ver qué es lo que había encontrado su madre. El niño ante su sorpresa le preguntó:
- “¿Quién es mamá?”
- “Es tu nuevo hermano, Daniel.” – Contestó Marlene sonriendo, mientras se encaminaba de vuelta a la cabaña. “Se llama Gabriel.”
No tenía que perder el tiempo, debía aprovechar que no llovía para ir a recoger agua al río que pasaba por allí cerca. Cogió el cubo más grande que tenia, y después miró para comprobar si seguía durmiendo; solía acompañarla, pero esta vez, prefirió ir sola, y así pues se marchó presurosa.
* * *
La espada sonó al sacarla de la herida, brotando abundante sangre de ella. No sabía dónde estaba el niño, pero poco importaba ya. El niño no sobreviviría mucho tiempo solo en aquel bosque repleto de lobos y otros animales, que no harían ningún asco a
la tierna y blanda carne rosada de aquel bebe.
- “No podrás evitar que cumpla mis planes” – Pensó. “La profecía nunca se cumplirá.”
Limpió de nuevo su espada, como en las anteriores ocasiones que la había usado esa noche.
- “Ha sido una noche ajetreada.” – Musito soltando una carcajada, que asustaría hasta al mismo Belcebú.
Después, montó su cabalgadura negra como el propio corazón de su jinete, y volvió por el camino que había seguido la noche anterior.
* * *
Ya quedaba menos, el sonido se hacía cada vez más fuerte. Como de costumbre, había dirigido sus pasos a una zona no demasiado rocosa, para evitar resbalarse y caer haciéndose daño. Llegó entonces a la orilla, se arrodilló y comenzó a recoger el agua del río con el cubo. Sin darse cuenta, empezó a cantar una canción. Fue entonces cuando notó que el río comenzaba a teñirse de un color extraño. El río se estaba tiñendo de rojo. Asustada por los pensamientos que se le vinieron a la cabeza pegó un grito, mientras se incorporaba dejando caer el cubo en el agua. Se llevo las manos a la cara, asustada.
- “¿Qué es lo que habrá ocurrido?” – Pensó atemorizada. Por aquella zona había muchos lobos, lobos que no dudaban en atacar incluso a plena luz del día. Escuchó entonces el ruido de una rama que se rompía detrás de ella. Gritó asustada mientras se giró hacia la zona de donde provenía el ruido. Fue cuando lo vio.
- “Daniel eres tú. ¡No sabes el susto que me has dado! ¿Qué haces aquí?” – Reprimió al niño de cinco años.
- “Estaba solo en la cabaña y me daba miedo, mamá” – Respondió el niño.
- “Ven aquí” – Dijo mientras le ofrecía sus brazos para cogerlo.
Daniel se acercó a su madre y se agarró a ella. Entonces fue cuando le hizo aquella pregunta:
- “Mamá, ¿Qué es aquello de allí?”
- “¿A qué te refieres hijo mío?”
- “A ese cesto de allí, ¿es tuyo mama? ¿Ibas a recoger fruta?”
Marlene miró hacia donde señalaba Daniel. No se había percatado de que un poco más adelante, en la orilla del río, había una cesta que se había quedado atrapada entre varias rocas. Soltó a su hijo en el suelo, y se acercó sin hacer mucho ruido a aquella cesta surgida casi de la nada. Cuando estuvo cerca, miró cual era su contenido. Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de lo que allí había. No entendía que hacia aquello allí. Ni sabía de dónde podría haber salido, ni de quién podía ser.
La criatura comenzó a llorar, sin sacar a Marlene de su asombro. Se había quedado paralizada.
- “¿Qué ser tan cruel podía haberlo abandonado a su suerte?” – Pensó Marlene.
Cuando pudo reaccionar, lo cogió en sus brazos. El bebe dejó de llorar y le miró sonriéndole. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Daniel se acercó a ver qué es lo que había encontrado su madre. El niño ante su sorpresa le preguntó:
- “¿Quién es mamá?”
- “Es tu nuevo hermano, Daniel.” – Contestó Marlene sonriendo, mientras se encaminaba de vuelta a la cabaña. “Se llama Gabriel.”
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte III
El río siguió su curso inexorablemente, llevándose consigo lo más preciado de su vida. Se quedó arrodillada en la orilla llorando, observando como el río se perdía en la distancia. Ya había amanecido. El sol alumbraba con sus rayos las hojas de los árboles que brillaban mojadas por las gotas de rocío mezcladas con las últimas gotas de lluvia que aún caían. Se escuchaba el canto de los pájaros que habitaban en aquellos bosques. La noche fría dejaba paso a un esplendido día sin nubes.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pensando en que pasaría a partir de ahora, ni siquiera podría saber si su hijo se salvaría. De repente, algo la sacó de sus pensamientos. Miró a su alrededor, pero no vio nada. Se sentó de nuevo junto a las piedras de la orilla del río. Sabía que venía a por ella, y decidió esperarle allí sin más, estaba cansada de luchar, huir, y ya nada le importaba; había tenido que abandonar a lo que más quería, y sin él, nada tenía sentido.
Escuchó entonces el cabalgar de un veloz caballo. Se acercaba de prisa. Se levantó y miró hacia los árboles del fondo. Solo veía la luz del sol penetrando entre las ramas, y de fondo, el cabalgar de un caballo. Miró entonces al cielo y elevó una súplica. Sabía que su final había llegado. Entonces apareció, un caballo negro, con las crines despeinadas por el viento que las azotaba al cabalgar con tanta velocidad. Avanzaba majestuoso entre la maleza. Cuando se halló en frente de ella, el jinete, descabalgó de su montadura. Mojado por la lluvia que había caído esa noche, sus ropajes negros parecían aún más pesados, el pelo despeinado, largo, cubriéndole la cara, pero aún así, podría dibujar la cicatriz de su cara. Conocía perfectamente la historia de esa cicatriz.
El caballero oscuro se acercó a ella, pausadamente, y cuando la tuvo delante, la miró a los ojos, y acto seguido, la golpeó con todas sus fuerzas, tirándola al suelo. Ella soltó un pequeño gemido de dolor, pero aún así se puso de pie de nuevo.
- “Ya no me das miedo” – musitó.
Entonces él se abalanzó sobre ella, y la agarró por el cuello, apretándolo bajo sus manos.
- “Pues debería, podría matarte si quisiera” – le respondió él.
- “Mi vida no es la que te interesa, no es a mí a quien buscas”
- “¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?”
Ella guardó silencio.
- “¡Te estoy preguntando!” – Gritó mientras la zarandeaba apretando aún más su cuello – “¿Dónde está? ¿Quién lo tiene?”
Ella sacó fuerzas de donde pudo y le miró fijamente a los ojos, recorriendo con la mirada después su cicatriz, y acto seguido, le escupió en la cara.
- “¡Maldita! Pagaras caro tu ofensa” – Dijo mientras le volvía a golpear fuertemente.
Ella calló de nuevo al suelo, golpeándose la cara con una de las rocas del río. Trató de incorporarse, pero no pudo, estaba mojada y se resbalaba. Notaba como un líquido recorría su cara. Era sangre. De repente, escuchó como el caballero oscuro entraba en el cauce del río, acercándose a ella por la espalda, mientras desenvainaba su espada. Ella comenzó a llorar, sabía lo que iba a ocurrir de un momento a otro.
Los pájaros levantaron el vuelo asustados por el tremendo grito que se escuchó en todo el bosque rompiendo el silencio de la mañana. El agua del río, ya no era pura y cristalina. Ahora la luz del sol, reflejaba la tonalidad rojiza del agua en su luz.
Lejos de allí, el llanto de un bebe se escuchaba también.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pensando en que pasaría a partir de ahora, ni siquiera podría saber si su hijo se salvaría. De repente, algo la sacó de sus pensamientos. Miró a su alrededor, pero no vio nada. Se sentó de nuevo junto a las piedras de la orilla del río. Sabía que venía a por ella, y decidió esperarle allí sin más, estaba cansada de luchar, huir, y ya nada le importaba; había tenido que abandonar a lo que más quería, y sin él, nada tenía sentido.
Escuchó entonces el cabalgar de un veloz caballo. Se acercaba de prisa. Se levantó y miró hacia los árboles del fondo. Solo veía la luz del sol penetrando entre las ramas, y de fondo, el cabalgar de un caballo. Miró entonces al cielo y elevó una súplica. Sabía que su final había llegado. Entonces apareció, un caballo negro, con las crines despeinadas por el viento que las azotaba al cabalgar con tanta velocidad. Avanzaba majestuoso entre la maleza. Cuando se halló en frente de ella, el jinete, descabalgó de su montadura. Mojado por la lluvia que había caído esa noche, sus ropajes negros parecían aún más pesados, el pelo despeinado, largo, cubriéndole la cara, pero aún así, podría dibujar la cicatriz de su cara. Conocía perfectamente la historia de esa cicatriz.
El caballero oscuro se acercó a ella, pausadamente, y cuando la tuvo delante, la miró a los ojos, y acto seguido, la golpeó con todas sus fuerzas, tirándola al suelo. Ella soltó un pequeño gemido de dolor, pero aún así se puso de pie de nuevo.
- “Ya no me das miedo” – musitó.
Entonces él se abalanzó sobre ella, y la agarró por el cuello, apretándolo bajo sus manos.
- “Pues debería, podría matarte si quisiera” – le respondió él.
- “Mi vida no es la que te interesa, no es a mí a quien buscas”
- “¿Dónde está? ¿Dónde lo has escondido?”
Ella guardó silencio.
- “¡Te estoy preguntando!” – Gritó mientras la zarandeaba apretando aún más su cuello – “¿Dónde está? ¿Quién lo tiene?”
Ella sacó fuerzas de donde pudo y le miró fijamente a los ojos, recorriendo con la mirada después su cicatriz, y acto seguido, le escupió en la cara.
- “¡Maldita! Pagaras caro tu ofensa” – Dijo mientras le volvía a golpear fuertemente.
Ella calló de nuevo al suelo, golpeándose la cara con una de las rocas del río. Trató de incorporarse, pero no pudo, estaba mojada y se resbalaba. Notaba como un líquido recorría su cara. Era sangre. De repente, escuchó como el caballero oscuro entraba en el cauce del río, acercándose a ella por la espalda, mientras desenvainaba su espada. Ella comenzó a llorar, sabía lo que iba a ocurrir de un momento a otro.
Los pájaros levantaron el vuelo asustados por el tremendo grito que se escuchó en todo el bosque rompiendo el silencio de la mañana. El agua del río, ya no era pura y cristalina. Ahora la luz del sol, reflejaba la tonalidad rojiza del agua en su luz.
Lejos de allí, el llanto de un bebe se escuchaba también.
lunes, 26 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte II
Corría deprisa sorteando los arboles del denso bosque, no podía detenerse, sabía bien quién era el que la perseguía, y si llegaba a alcanzarla, el final para ambos podía ser fatal. Escuchó que cerca de allí sonaba la corriente de un río, y se dirigió hacia allí. Corría todo lo rápido que sus piernas le permitían, llevaba toda la noche tratando de huir de aquel ser maligno, pero el cansancio, la lluvia, y el peso de lo que llevaba entre los brazos había ido consumando sus fuerzas. El río sonaba cada vez más cerca. Tenía que llegar hasta él. El destino dependía de lo que pasara esa noche.
* * *
Limpio la espada, y la volvió a enfundar. Avanzó sorteando los cuerpos sin vida que había por el suelo de la estancia. Todo se había teñido de color rojizo. Ya había registrado toda la posada pero no tuvo suerte en su búsqueda, no estaban allí. Debía proseguir su búsqueda, así pues salió y monto en su caballo negro. Trató de pensar donde podía haber huido esa mujer.
- “¿Dónde estás, bruja?” – Pensó.
Fue entonces cuando recordó las palabras de aquel campesino que se cruzó en el camino y que corrió la misma suerte que los de aquel lugar: “Hacia la posada, en dirección contraria al río”.
Era evidente que le había mentido. Gritó enfurecido y después espoleó a su cabalgadura para encaminarse hacia la otra punta del bosque. No debían escapar con vida, ninguno de los dos.
* * *
- “¡Por fin!” – Exclamó con cierto tono de alegría al llegar a la orilla del río. “Ahora podré salvarte, hijo mío.”
Puso al bebe envuelto en telas junto a la orilla, y buscó algo donde poder colocarlo. Busco por los alrededores, entre la maleza y las piedras. Un poco más allá encontró una pequeña cesta, como había acordado con uno de los sirvientes del castillo. La cogió y fue a donde estaba el bebe. Lo introdujo en la cesta con cuidado. El amanecer estaba cerca, y presentía que su final también, pero debía despedirse de aquella criatura. Su hijo debía permanecer vivo para asegurar el que en un futuro, todo volviera a su cauce. Si su hijo sobrevivía a aquella noche, el bien prevalecería.
- “Se que nunca más te veré, hijo mío.” – Dijo entre sollozando – “Pero tú eres quien debe traer la luz a este infierno en el que nos ha sumido la soberbia y las ansias de riqueza de quienes tenían el poder en sus manos”
El niño se había despertado, y miraba tiernamente a los ojos de su madre, que no pudo evitar sonreír al mirar por última vez a su hijo. Se quitó el colgante que llevaba y se lo colocó al bebe, con la esperanza de que ocurriera un milagro y pudiera sobrevivir a esa noche, para combatir en un futuro a su pasado.
Llegó la hora, el amanecer llegaba ya, introdujo la cesta en el río, dejando que se la llevara la corriente, mientras las lágrimas caían por el rostro de aquella mujer, al ver que su tesoro más preciado, se alejaba de ella, para siempre.
* * *
Limpio la espada, y la volvió a enfundar. Avanzó sorteando los cuerpos sin vida que había por el suelo de la estancia. Todo se había teñido de color rojizo. Ya había registrado toda la posada pero no tuvo suerte en su búsqueda, no estaban allí. Debía proseguir su búsqueda, así pues salió y monto en su caballo negro. Trató de pensar donde podía haber huido esa mujer.
- “¿Dónde estás, bruja?” – Pensó.
Fue entonces cuando recordó las palabras de aquel campesino que se cruzó en el camino y que corrió la misma suerte que los de aquel lugar: “Hacia la posada, en dirección contraria al río”.
Era evidente que le había mentido. Gritó enfurecido y después espoleó a su cabalgadura para encaminarse hacia la otra punta del bosque. No debían escapar con vida, ninguno de los dos.
* * *
- “¡Por fin!” – Exclamó con cierto tono de alegría al llegar a la orilla del río. “Ahora podré salvarte, hijo mío.”
Puso al bebe envuelto en telas junto a la orilla, y buscó algo donde poder colocarlo. Busco por los alrededores, entre la maleza y las piedras. Un poco más allá encontró una pequeña cesta, como había acordado con uno de los sirvientes del castillo. La cogió y fue a donde estaba el bebe. Lo introdujo en la cesta con cuidado. El amanecer estaba cerca, y presentía que su final también, pero debía despedirse de aquella criatura. Su hijo debía permanecer vivo para asegurar el que en un futuro, todo volviera a su cauce. Si su hijo sobrevivía a aquella noche, el bien prevalecería.
- “Se que nunca más te veré, hijo mío.” – Dijo entre sollozando – “Pero tú eres quien debe traer la luz a este infierno en el que nos ha sumido la soberbia y las ansias de riqueza de quienes tenían el poder en sus manos”
El niño se había despertado, y miraba tiernamente a los ojos de su madre, que no pudo evitar sonreír al mirar por última vez a su hijo. Se quitó el colgante que llevaba y se lo colocó al bebe, con la esperanza de que ocurriera un milagro y pudiera sobrevivir a esa noche, para combatir en un futuro a su pasado.
Llegó la hora, el amanecer llegaba ya, introdujo la cesta en el río, dejando que se la llevara la corriente, mientras las lágrimas caían por el rostro de aquella mujer, al ver que su tesoro más preciado, se alejaba de ella, para siempre.
domingo, 25 de julio de 2010
Capitulo 1: Una nueva vida. Parte I
- “¿Quién va?” – Dijo una voz desde el interior. No era la típica noche en la que solían llegar forasteros al paraje, las nubes amenazaban lluvia, y no era recomendable andar a esas altas horas de la madrugada por el bosque en solitario.
Alguien volvió a golpear la puerta, sin dar respuesta a la pregunta. El posadero dejó lo que estaba haciendo tras la barra del comedor de la posada, para encaminarse a la puerta, mientras profería palabras dirigidas a aquel que se atrevía a andar por las noches por tales parajes. Cuando justo llegaba a la puerta para abrirla, esta, de un gran golpe, se abrió sola. Todos los que allí estaban, los pocos que habían decidido pasar allí la noche, quedaron estupefactos. Tras abrirse la puerta apareció un personaje de elevada estatura, vestido con ropajes negros, con una espada colgando de su cintura, el pelo negro azabache y largo, revuelto de haber cabalgado durante la noche. A penas se le veía la cara, mas cuando entró en la estancia, el fuego de la lumbre iluminó tenuemente su rostro. El silencio se hizo más profundo ante aquella fantasmagórica aparición. Esa mirada vacía, que miraba a su alrededor, como buscando algo o alguien, esos labios finos y fríos que entre dejaban ver unos dientes afilados, y esa cicatriz, que le cruzaba la cara, de arriba a abajo, marcándole el ojo y la mejilla izquierda.
- “¿Qué… qué desea?” – acertó a preguntar el posadero.
- “¿Dónde están?” – Preguntó sin más aquel extraño visitante.
- “¿Dónde están quienes, señor?”
- “¡Ella y el niño! ¿Dónde los ocultáis?”
- “Señor, aquí no hay nadie, solo estamos los que ve aquí en el comedor”
Tras la respuesta del posadero, el caballero oscuro se abalanzó sobre él, ante el griterío de las personas que allí se encontraban. Tomándolo por la camisa, lo agarró con las dos manos y lo levantó del suelo, colocándolo a su altura. El posadero se encontró ante aquella cicatriz profunda, que le guiaba hasta la mirada fría de aquel personaje.
- “Si valoráis vuestra vida, decidme: ¿Dónde están?”
El posadero, casi llorando ante el temor que le inspiraba aquel caballero tan tenebroso, repetía incesantemente que no sabía a quien buscaba en aquel lugar. Ante tal respuesta, el caballero lo tiró contra una de las mesas de la estancia. Miró a su alrededor, y vio como todos los que allí estaban presentes, se habían agolpado ante la pared del fondo. Varios hombres, dos mujeres, y un niño de no más de 4 años que no cesaba de mirarle a la cara. Con paso firme y pausado, se acercó al niño, mientras posaba una de sus manos en la empuñadura de la larga espada.
Fuera comenzaba a llover, las nubes descargaban sin piedad el agua que traían. Y la noche estallaba en relámpagos. Más ninguno fue capaz, de acallar los gritos de terror y dolor que cruzaron la noche en aquella posada, llena de sangre y muerte.
Alguien volvió a golpear la puerta, sin dar respuesta a la pregunta. El posadero dejó lo que estaba haciendo tras la barra del comedor de la posada, para encaminarse a la puerta, mientras profería palabras dirigidas a aquel que se atrevía a andar por las noches por tales parajes. Cuando justo llegaba a la puerta para abrirla, esta, de un gran golpe, se abrió sola. Todos los que allí estaban, los pocos que habían decidido pasar allí la noche, quedaron estupefactos. Tras abrirse la puerta apareció un personaje de elevada estatura, vestido con ropajes negros, con una espada colgando de su cintura, el pelo negro azabache y largo, revuelto de haber cabalgado durante la noche. A penas se le veía la cara, mas cuando entró en la estancia, el fuego de la lumbre iluminó tenuemente su rostro. El silencio se hizo más profundo ante aquella fantasmagórica aparición. Esa mirada vacía, que miraba a su alrededor, como buscando algo o alguien, esos labios finos y fríos que entre dejaban ver unos dientes afilados, y esa cicatriz, que le cruzaba la cara, de arriba a abajo, marcándole el ojo y la mejilla izquierda.
- “¿Qué… qué desea?” – acertó a preguntar el posadero.
- “¿Dónde están?” – Preguntó sin más aquel extraño visitante.
- “¿Dónde están quienes, señor?”
- “¡Ella y el niño! ¿Dónde los ocultáis?”
- “Señor, aquí no hay nadie, solo estamos los que ve aquí en el comedor”
Tras la respuesta del posadero, el caballero oscuro se abalanzó sobre él, ante el griterío de las personas que allí se encontraban. Tomándolo por la camisa, lo agarró con las dos manos y lo levantó del suelo, colocándolo a su altura. El posadero se encontró ante aquella cicatriz profunda, que le guiaba hasta la mirada fría de aquel personaje.
- “Si valoráis vuestra vida, decidme: ¿Dónde están?”
El posadero, casi llorando ante el temor que le inspiraba aquel caballero tan tenebroso, repetía incesantemente que no sabía a quien buscaba en aquel lugar. Ante tal respuesta, el caballero lo tiró contra una de las mesas de la estancia. Miró a su alrededor, y vio como todos los que allí estaban presentes, se habían agolpado ante la pared del fondo. Varios hombres, dos mujeres, y un niño de no más de 4 años que no cesaba de mirarle a la cara. Con paso firme y pausado, se acercó al niño, mientras posaba una de sus manos en la empuñadura de la larga espada.
Fuera comenzaba a llover, las nubes descargaban sin piedad el agua que traían. Y la noche estallaba en relámpagos. Más ninguno fue capaz, de acallar los gritos de terror y dolor que cruzaron la noche en aquella posada, llena de sangre y muerte.
sábado, 24 de julio de 2010
Prólogo

Corría el invierno del año 1267. El bosque era oscuro, la noche lo cubría todo. La luna era nueva, y privaba a todo ser de su luz. La noche era fría, y una densa niebla cubría el bosque. En un claro, una posada, pequeña y lúgubre, con una única ventana iluminada en el interior. De la chimenea salía humo, señal de que había vida en aquel lugar recóndito del paraje. Seguramente el que fuera que habitaba allí, no esperaba visita esa noche de Enero, pero sin embargo, el destino había fijado, que esa noche, fuera distinta a las demás.
Se escuchaba el sonido del cabalgar de un jinete. Llego presuroso al mismo claro del bosque donde se encontraba la posada, un claro del bosque, en el que a pesar de la luz de la ventana de la posada, permanecía en penumbra. El jinete, con sus ropajes oscuros, parecía salido del mismo averno infernal, y sin pensarlo, se apeó de su cabalgadura, y aporreó la puerta de la posada.
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