Los hermanos de corazón, que no de sangre, cabalgaban por el bosque buscando la frontera del país de Ostend, para encaminarse por el peligroso país de los Semnones, un país de gente inhóspita, frío en sus temperaturas en cuanto que estaba más al norte, refugio de bandidos y prófugos de la ley, donde sin duda, su viaje se complicaría mucho más. De hecho, no tardarían mucho en tener los primeros problemas.
La frontera estaba marcada por un río, no de mucho caudal, pero sí lo bastante como para evitar que incluso a caballo, se pudiera cruzar penetrando en él. En el viejo mapa que les había dado Marlene, se ubicaba no lejos de allí uno de los pocos puentes que lo cruzaban. Llegaron al fin alrededor del mediodía a donde estaba el río, que si no estaba congelado, su temperatura era bastante fría. El invierno era largo ya, pero a medida que avanzaban, el frío se hacía más intenso. Cabalgaron despacio por el ribazo de aquel río, en busca de uno de sus puentes, que según había leído Gabriel en el mapa, no podía estar muy lejos. Se detuvieron un tiempo a descansar y comer algo, así como para darles algo de bebida y comida a los caballos, que a pesar del largo camino que llevaban recorrido, mantenían sus fuerzas del principio.
Después, emprendieron de nuevo la marcha. Al cabo de una hora, avistaron el puente en la lejanía. Un puente que no debía ser muy transitado, y que no se presentaba en sus mejores condiciones. Colgadizo, sus tablones de madera deberían, sino todos, la mayoría sí, estar podridos en su interior debido a la humedad y el frío. Las cuerdas que lo sustentaban igualmente no estaban muy cuidadas. Cuando se acercaron los dos, Gabriel y Daniel, observaron el puente con detenimiento.
- “¿Crees que soportara nuestro peso, Gabriel?”
- “No estoy seguro de ello, hermano.” – Contestó Gabriel.
- “Crucémoslo, seguro que no se derrumba bajo nuestros pies.” – Respondió valientemente pero no sin fanfarronería Daniel.
- “Espera hermano.” – Interrumpió Gabriel. – “Pasaré yo primero, luego tu enviaras a los caballos, uno a uno, y después pasarás tú.”
- “Está bien hermano, como lo prefieras.” – Respondió Daniel, no estando muy convencido del plan de Gabriel, pero tuvo que resignarse.
Y así lo hicieron. Primero pasó Gabriel, con cuidado, pensando bien donde ponía los pies. El puente crujía bajo sus pisadas. No era muy seguro el cruzar por allí, pero debían pasar la frontera si querían llegar al oráculo. Llegó al otro lado del puente sin muchos problemas.
Daniel le paso los caballos, uno a uno, despacio, Gabriel los llamaba desde la otra orilla. Fueron cruzando ambos animales, temerosos de que aquella estructura se derrumbara, pero finalmente aguantó.
Llegaba el turno de que pasará Daniel. Este, viendo que los caballos pasaron sin muchas dificultades, decidió pasar sin pensárselo dos veces.
- “¿Ves hermanito?, no era tan peligroso.” – Dijo burlonamente.
- “Daniel, no empieces con tus tonterías. Cruza de una vez.” – Instó Gabriel.
- “Venga Gabriel, ven aquí a disfrutar de las vistas.” – Dijo mientras se asomaba desde el centro del puente a mirar el río y su cauce.
- “¡Daniel, cruza ya!” – Reprimió el hermano menor al otro.
- “Esta bien, mira que puedes llegar a ser pesado y aburrido.”
Fue entonces cuando al seguir avanzando por el puente, rompió una de las tablas, cayendo al vacio. Suerte que se quedó enganchado a las tablas del puente, pudiéndose agarrar a una de ellas.
- “¡Daniel!, ¿estás bien?” – Preguntaba desde el otro lado Gabriel, asustado y temiendo por la vida de su hermano.
- “Si, estoy… bien.” – Respondió Daniel mientras subía con dificultad al puente de nuevo.
Fue cuando ocurrió. Apenas Daniel se había incorporado de pie sobre el puente, este empezó a derrumbarse bajo sus pies. Daniel salió corriendo como pudo, casi llegó a la otra orilla del río. Fue su hermano Gabriel, quien en un intento de salvarle, alargó el brazo, y lo pudo agarrar. Daniel se golpeó fuertemente contra la pared de tierra de la otra orilla, quedando suspendido sobre el río, mientras Gabriel, quedaba tumbado en tierra, sosteniendo a su hermano. Gabriel empleaba todas las fuerzas, pero no podía con su hermano, se le resbalaba. La mano se le escapaba entre las suyas, sudadas por los nervios y el miedo. Daniel le miró con cara de desesperación. Todo estaba perdido. Daniel estaba a punto de caer al abismo.
Justo cuando se dijeron adiós con la mirada, y prácticamente se le escapaba la mano de su hermano a Gabriel, alguien por detrás suya, agarró también a su hermano. La cara de Daniel refleja el temor del momento, junto al asombro de aquella aparición. Entre Gabriel y aquel personaje desconocido, subieron a Daniel, salvándolo de la muerte casi segura que le esperaba en aquella caída a un río frío, casi helado, y lleno de rocas afiladas.
* * *
En la otra orilla, dos personajes se miraron asombrados por la aparición de aquel sujeto, que ayudó a los hermanos. Su plan había fallado, y si no hubiera sido por la ayuda prestada, el mayor de aquellos dos estaría muerto.
- “La próxima vez, haremos las cosas a mi manera.” – Dijo enfadado Ricardo mirando de reojo a Ignacio.
Ambos se alejaron de allí, saliendo de su escondrijo, en busca de las cabalgaduras que les había dado Rocvorik.
______________________________
Nota del Autor:
La de hoy, día 15 de Agosto de 2010, será la última entrada de este mes, debido a que me ausentaré por motivos vacacionales durante esta última quincena de Agosto.
A la vuelta, el Blog volverá a la normalidad, junto a Gabriel, Daniel, Van Rocvorik y el resto de personajes de siempre, y nuevos que irán apareciendo en la historia.
Permaneced atentos, para no perderos ninguna parte a la vuelta de las vacaciones. Feliz verano a todos.
Un cordial saludo.
Marqués Albert.
domingo, 15 de agosto de 2010
miércoles, 11 de agosto de 2010
Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte II
Llegaron al castillo empapados por la lluvia que caía ese día sobre Ostend. Los ropajes que llevaban estaban tan mojados, que incluso las camisas de sedas que llevaban estaban caladas por el agua. Sus sombreros traían las plumas languidecidas por el agua. Por las maldiciones e injurias que aquellos personajes desparramaban desde sus pensamientos, a todo aquel que no podía reprimir la risa al contemplar tal escena protagonizada por tan nobles hidalgos, no era difícil averiguar que su enfado era grande, y que poca compasión tendrían con los que les causara el mal que les infringieron.
Subieron al salón del trono, en busca de su señor. Quería venganza. Jamás habían sido ridiculizados de aquella manera. Al fin llegaron al salón del trono. Abrieron las puertas dejando que dieran un tremendo golpe contra los muros.
* * *
Al fin llegaron a la frontera. Habían cabalgado varios días. Decidieron pasar la noche en un claro del bosque que vieron por allí cerca. Así pues, Gabriel y Daniel, ataron sus cabalgadura a un árbol, soltaron los sacos, y mientras Gabriel encendía el fuego, Daniel se dedicó de dar de comer algo a los caballos.
El día transcurrió tranquilo. No pasó nadie cerca de allí. La gente no suele viajar en invierno, prefieren la primavera y el verano. Comenzaba a caer la noche. Dispusieron las mantas que llevaban en el suelo, para dormir lo más cómodo posible. El sueño les comenzó a vencer poco a poco, el día había sido largo. Pronto quedaron rápidamente dormidos, al calor y refugio del fuego.
* * *
Rocvorik no pudo contener la risa tampoco. La escena era más graciosa de lo que había oído hablar a los sirvientes del castillo.
Ricardo e Ignacio tuvieron que callarse esta vez, no sin sonrojarse ante la risa de su señor.
- “¿Qué es lo que os ha pasado?” – Dijo van Rocvorik entre risas.
- “Nos robaron los caballos, señor.” – Respondió uno de ellos. Era Ignacio, un joven alto, moreno, con el pelo largo, moreno, ojos marrones, y algo inocentón e impulsivo.
- “Veníamos de camino hacia aquí, cuando en una posada en las que pasamos una noche, dos ladronzuelos nos robaron los caballos. Por ello hemos tardado más en venir, tuvimos que venir andando.” – Contestó Ricardo, algo más maduro que Ignacio, aunque aún quedaba juventud en él. De pelo castaño, algo más corto que el de su compañero, piel morena, alto, y con sus pensamientos bastantes claros, siempre sabía lo que quería.
Rocvorik volvió a soltar una carcajada.
- “Señor, queremos venganza. No podemos dejar que se burlen así de nosotros.” – Soltó de malas maneras Ignacio.
- “Tranquilízate Ignacio. Dime, ¿Sabéis quienes fueron?” – Preguntó van Rocvorik.
- “No lo sabemos señor.” – Continuó Ricardo – “Pues la noche aun reinaba cuando sucedieron los hechos. Sin embargo, escuchamos durante la cena, que se dirigían hacia la frontera, en busca del oráculo de Frissia.”
Van Rocvorik no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Parecía que el destino volvía a sonreírle.
Subieron al salón del trono, en busca de su señor. Quería venganza. Jamás habían sido ridiculizados de aquella manera. Al fin llegaron al salón del trono. Abrieron las puertas dejando que dieran un tremendo golpe contra los muros.
* * *
Al fin llegaron a la frontera. Habían cabalgado varios días. Decidieron pasar la noche en un claro del bosque que vieron por allí cerca. Así pues, Gabriel y Daniel, ataron sus cabalgadura a un árbol, soltaron los sacos, y mientras Gabriel encendía el fuego, Daniel se dedicó de dar de comer algo a los caballos.
El día transcurrió tranquilo. No pasó nadie cerca de allí. La gente no suele viajar en invierno, prefieren la primavera y el verano. Comenzaba a caer la noche. Dispusieron las mantas que llevaban en el suelo, para dormir lo más cómodo posible. El sueño les comenzó a vencer poco a poco, el día había sido largo. Pronto quedaron rápidamente dormidos, al calor y refugio del fuego.
* * *
Rocvorik no pudo contener la risa tampoco. La escena era más graciosa de lo que había oído hablar a los sirvientes del castillo.
Ricardo e Ignacio tuvieron que callarse esta vez, no sin sonrojarse ante la risa de su señor.
- “¿Qué es lo que os ha pasado?” – Dijo van Rocvorik entre risas.
- “Nos robaron los caballos, señor.” – Respondió uno de ellos. Era Ignacio, un joven alto, moreno, con el pelo largo, moreno, ojos marrones, y algo inocentón e impulsivo.
- “Veníamos de camino hacia aquí, cuando en una posada en las que pasamos una noche, dos ladronzuelos nos robaron los caballos. Por ello hemos tardado más en venir, tuvimos que venir andando.” – Contestó Ricardo, algo más maduro que Ignacio, aunque aún quedaba juventud en él. De pelo castaño, algo más corto que el de su compañero, piel morena, alto, y con sus pensamientos bastantes claros, siempre sabía lo que quería.
Rocvorik volvió a soltar una carcajada.
- “Señor, queremos venganza. No podemos dejar que se burlen así de nosotros.” – Soltó de malas maneras Ignacio.
- “Tranquilízate Ignacio. Dime, ¿Sabéis quienes fueron?” – Preguntó van Rocvorik.
- “No lo sabemos señor.” – Continuó Ricardo – “Pues la noche aun reinaba cuando sucedieron los hechos. Sin embargo, escuchamos durante la cena, que se dirigían hacia la frontera, en busca del oráculo de Frissia.”
Van Rocvorik no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Parecía que el destino volvía a sonreírle.
lunes, 9 de agosto de 2010
Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte I

Se escuchaba el cabalgar de los dos caballos, rápidos, veloces como el viento, que agitaba las crines de los dos equinos que con fuerza atravesaban el bosque. Eran jóvenes aún, y les vendría bien que fueran ellos los que recorrieran el camino.
En una noche, de esas en las que la suerte corría de su lado, consiguieron alojamiento en una posada no muy lejana de donde estaba la cabaña del bosque. Era la primera noche que pasaron fuera. Cenaron aquella comida que les puso el posadero, si es que a aquello se le podía llamar comida, con un poco de pan y vino. Después se marcharon a la habitación que les habían arrendado. Pasaron la noche durmiendo, plácidamente. Las camas no eran muy cómodas pero después de un día duro de camino, cualquier lugar era bueno para el descanso. Sin embargo, Daniel se levantó mucho antes que su hermano Gabriel. Había visto en la cuadra dos esplendidos caballos, uno negro, y otro blanco. Sin pensarlo, los cargó con sus sacos, los sacó de la cuadra donde descansaban, los puso en la puerta de la posada, y corrió a llamar a su hermano Gabriel, mientras el resto de la posada dormía.
Gabriel asombrado, corrió detrás de Daniel, que lo agarraba por una de las mangas de su camisa, para que le siguiera. Al correr por la posada, despertaron a los demás huéspedes, y todos salieron de sus habitaciones para ver qué era lo que ocurría. Dos de los huéspedes, los verdaderos dueños de los caballos, al salir se dieron cuenta de que habían cogido sus caballos, y que ahora los montaban aquellos jóvenes. Por sus ropajes, y por sus cabalgaduras, seguramente aquellos eran nobles hidalgos que iban camino de alguna corte. Por lo que escucharon los hermanos aquella noche durante la cena, ellos iban camino de la corte del reino que ellos debían abandonar, Ostend.
Pero la suerte les sonreía, y pudieron escapar con los caballos, no sin librarse de juramentos y maldiciones salidas de boca de aquellos caballeros. Lo que era cierto, es que marchaban ya cerca de la frontera del reino, al galope de aquellos enérgicos caballos.
Algunas noches la pasaron a la intemperie, otras encontraron alguna que otra posada. Pero ni las lluvias de aquel largo invierno, ni el frío, hacia cambiar de idea a Gabriel. Tenían que llegar al oráculo de Frissia. Debía saber que era lo que ocurrió en su oscuro pasado.
* * *
Lejos de allí, había alguien que si que empleaba las artes adivinatorias, con intensiones oscuras. La verdad oculta durante aquel tiempo se estaba revelando por momentos, y los pensamientos de Gabriel, se hacían tan elocuentes como las palabras que pronunciaba la hechicera. Van Rocvorik, había recurrido a las artes maléficas de Zelmira, para saber que sus planes habían salido a la perfección. Más el destino, había querido que los hechos fueran distintos.
domingo, 8 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte V
- “Madre, necesito saber quien soy en realidad.” – Dijo Gabriel a Marlene.
- “Lo sé hijo mío, lo sé. Pero ya te conté como llegaste hasta mí. Lo del río, lo de la cesta…, todo. Yo no puedo decirte nada más.” – Respondió apenada
- “¿Y si fuera al oráculo que me dijo aquel anciano? Quizás hallo respuesta a mis preguntas.”
- “No sé si es buena idea Gabriel. El oráculo está lejos de aquí. Es un viaje largo, peligroso. Quizás nunca vuelvas a casa.” – Respondió ella, casi llorando, sabiendo que Gabriel iría al oráculo, y que no era una empresa fácil de resolver, y que posiblemente no volviera a verle nunca.
Gabriel se acercó a ella, y la estrechó entre sus brazos.
- “Siempre serás mi madre.” – Dijo con ternura.
Marlene no pudo reprimir las lágrimas que brotaron de sus ojos.
- “Está bien. Mañana por la mañana prepararemos las cosas para tu viaje.” – Resolvió definitivamente Marlene.
- “¡Yo también voy!” – Gritó Daniel.
- “No. Tú te quedas aquí. No podemos dejar a nuestra madre sola.”
- “Venga hermano, no pensarás que te voy a dejar solo en este viaje en el que es mejor ir acompañado por si surge algún peligro.”
- “Tiene razón. Será mejor que vayáis los dos juntos. Así será más difícil que os ataquen los bandidos.” – Dijo Marlene.
- “Pero madre…” – Replicó Gabriel.
- “No hay nada más que hablar, Gabriel. Tu hermano irá contigo. Yo aun puedo arreglármelas sola. Así pues, mañana por la mañana prepararemos vuestro viaje. Pero vamos, ¡marchaos a la cama!, debéis descansar antes de partir.”
Al rato, la cabaña quedo a oscuras en mitad de la silenciosa noche. Todos dormían. Menos Gabriel, que apenas durmió esa noche pensando en el viaje que tenía que emprender. Las preguntas pasaban sin cesar por su cabeza. ¿Quién…? ¿Por qué…? ¿Cómo…? Y todas sin respuesta. Pero eso sería por poco tiempo.
* * *
A la mañana siguiente, los tres se levantaron al cantar el gallo. Marlene preparó un par de sacos con comida para varios días y ropa, más el viejo mapa que tenía de la región, y algo de dinero que había podido guardar en aquellos años, los cuales metió en el saco de Gabriel. A medio día todo estaba listo para partir.
- “Te echare de menos madre.” – Dijo Daniel.
- “Y yo a ti hijo.” – Respondió ella mientras le daba un abrazo.
Después, se acercó Gabriel. Miró por un momento a los ojos de la que había sido tantos años su madre. Marlene dejó escapar alguna lágrima. Se abrazaron entonces. Las palabras sobraban.
- “Siempre serás mi hijo.” – Dijo ella al fin.
- “Te voy a extrañar, mama.” – Respondió él.
- “Es hora de partir, Gabriel.” – Interrumpió Daniel.
Cogieron entonces los sacos, se despidieron definitivamente de su madre. Y partieron rumbo del oráculo de Frissia. No sabían que era lo que les deparaba el destino y aquel viaje, pero ambos estaban convencidos, de que no sería fácil.
- “Lo sé hijo mío, lo sé. Pero ya te conté como llegaste hasta mí. Lo del río, lo de la cesta…, todo. Yo no puedo decirte nada más.” – Respondió apenada
- “¿Y si fuera al oráculo que me dijo aquel anciano? Quizás hallo respuesta a mis preguntas.”
- “No sé si es buena idea Gabriel. El oráculo está lejos de aquí. Es un viaje largo, peligroso. Quizás nunca vuelvas a casa.” – Respondió ella, casi llorando, sabiendo que Gabriel iría al oráculo, y que no era una empresa fácil de resolver, y que posiblemente no volviera a verle nunca.
Gabriel se acercó a ella, y la estrechó entre sus brazos.
- “Siempre serás mi madre.” – Dijo con ternura.
Marlene no pudo reprimir las lágrimas que brotaron de sus ojos.
- “Está bien. Mañana por la mañana prepararemos las cosas para tu viaje.” – Resolvió definitivamente Marlene.
- “¡Yo también voy!” – Gritó Daniel.
- “No. Tú te quedas aquí. No podemos dejar a nuestra madre sola.”
- “Venga hermano, no pensarás que te voy a dejar solo en este viaje en el que es mejor ir acompañado por si surge algún peligro.”
- “Tiene razón. Será mejor que vayáis los dos juntos. Así será más difícil que os ataquen los bandidos.” – Dijo Marlene.
- “Pero madre…” – Replicó Gabriel.
- “No hay nada más que hablar, Gabriel. Tu hermano irá contigo. Yo aun puedo arreglármelas sola. Así pues, mañana por la mañana prepararemos vuestro viaje. Pero vamos, ¡marchaos a la cama!, debéis descansar antes de partir.”
Al rato, la cabaña quedo a oscuras en mitad de la silenciosa noche. Todos dormían. Menos Gabriel, que apenas durmió esa noche pensando en el viaje que tenía que emprender. Las preguntas pasaban sin cesar por su cabeza. ¿Quién…? ¿Por qué…? ¿Cómo…? Y todas sin respuesta. Pero eso sería por poco tiempo.
* * *
A la mañana siguiente, los tres se levantaron al cantar el gallo. Marlene preparó un par de sacos con comida para varios días y ropa, más el viejo mapa que tenía de la región, y algo de dinero que había podido guardar en aquellos años, los cuales metió en el saco de Gabriel. A medio día todo estaba listo para partir.
- “Te echare de menos madre.” – Dijo Daniel.
- “Y yo a ti hijo.” – Respondió ella mientras le daba un abrazo.
Después, se acercó Gabriel. Miró por un momento a los ojos de la que había sido tantos años su madre. Marlene dejó escapar alguna lágrima. Se abrazaron entonces. Las palabras sobraban.
- “Siempre serás mi hijo.” – Dijo ella al fin.
- “Te voy a extrañar, mama.” – Respondió él.
- “Es hora de partir, Gabriel.” – Interrumpió Daniel.
Cogieron entonces los sacos, se despidieron definitivamente de su madre. Y partieron rumbo del oráculo de Frissia. No sabían que era lo que les deparaba el destino y aquel viaje, pero ambos estaban convencidos, de que no sería fácil.
viernes, 6 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte IV
Alguien lo había agarrado por detrás haciendo que un breve escalofrío recorriera su cuerpo, haciendo que diera un pequeño salto. Se le habían pasado mil cosas por la cabeza en ese momento. Cuando vio quien era no entendía que era lo que hacía allí. Gabriel y su hermano estaban algo desconcertados con aquella aparición. Era evidente que les había seguido, pero ni siquiera se habían percatado de ello. Tuvieron suerte, de que no fuera un guardia o alguien del castillo.
- “Madre, me ha asustado.” – Dijo al fin Gabriel. “
- “¿Se puede saber que estáis haciendo? ¿Acaso os volvisteis locos los dos?” - Reprochó Marlene.
- “Madre, los guardias del castillo, han enterrado a alguien aquí, y nos pareció muy extraño que fuera aquí en medio del bosque donde lo enterraran.” – Respondió Gabriel.
- “Comenzamos a desenterrarlo pensando que podría ser un tesoro, madre.” – Continuó Daniel.
- “Tu siempre tan avaricioso Daniel. Y además, llenándole la cabeza de pájaros a tu hermano pequeño. Ya no son unos críos. Deberían saber que lo que hacen está mal, y que si os llegan a descubrir los guardias del castillo el castigo, sería ejemplar.”
- “Pero madre, creo que esto tiene algo que ver con lo que me ocurrió esta noche a mí.” – Volvió a hablar Gabriel.
- “Esta bien, en casa nos contarás que es lo que te ocurrió, pero antes vuelvan a enterrar a ese…” – Dijo Marlene, siendo interrumpida por el grito de sorpresa que dio Daniel, que estaba destapando la cara del cadáver.
Todos se quedaron perplejos ante la impresión que causó el ver de quien se trataba aquella persona que yacía ya muerta. Gabriel no lo había visto nunca, pero reconocía a la persona que aparecía en el reverso de las monedas de oro de la comarca.
- “No… no puede ser.” – Musitó Daniel.
- “Madre, él es… él era…” – Intentaba decir Gabriel hasta que le interrumpió Marlene contestando a la que imaginaba sería su pregunta.
- “El era el rey de Ostend, hijo mío.”
El silencio se adueño entonces de la noche. Marlene rezó alguna oración por el alma del que había sido uno de los mejores reyes que había tenido el reino. Los jóvenes, simplemente no eran capaces de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pasaban muchas preguntas por sus cabezas. El populacho pensaba que el rey hacia ya varios años que había muerto. Primero le sobrevino una enfermedad terrible que supuso el que delegara el poder en uno de sus ministros más influyentes, y después, le vino la macabra muerte. Pero si hacía años que ya había muerto, como era posible que su cuerpo hubiera sido enterrado aquella noche.
Finalmente, los hermanos volvieron a enterrar el cuerpo, dejándolo todo tal y como lo habían encontrado, y volvieron junto a su madre a la cabaña del bosque. Cuando llegaron, se sentaron los tres alrededor de la mesa, mientras Gabriel contaba lo que le había ocurrido esa noche, antes de que volviera a la cabaña. Marlene y Daniel no daban crédito a lo que oían. Había llegado la hora.
- “Madre, me ha asustado.” – Dijo al fin Gabriel. “
- “¿Se puede saber que estáis haciendo? ¿Acaso os volvisteis locos los dos?” - Reprochó Marlene.
- “Madre, los guardias del castillo, han enterrado a alguien aquí, y nos pareció muy extraño que fuera aquí en medio del bosque donde lo enterraran.” – Respondió Gabriel.
- “Comenzamos a desenterrarlo pensando que podría ser un tesoro, madre.” – Continuó Daniel.
- “Tu siempre tan avaricioso Daniel. Y además, llenándole la cabeza de pájaros a tu hermano pequeño. Ya no son unos críos. Deberían saber que lo que hacen está mal, y que si os llegan a descubrir los guardias del castillo el castigo, sería ejemplar.”
- “Pero madre, creo que esto tiene algo que ver con lo que me ocurrió esta noche a mí.” – Volvió a hablar Gabriel.
- “Esta bien, en casa nos contarás que es lo que te ocurrió, pero antes vuelvan a enterrar a ese…” – Dijo Marlene, siendo interrumpida por el grito de sorpresa que dio Daniel, que estaba destapando la cara del cadáver.
Todos se quedaron perplejos ante la impresión que causó el ver de quien se trataba aquella persona que yacía ya muerta. Gabriel no lo había visto nunca, pero reconocía a la persona que aparecía en el reverso de las monedas de oro de la comarca.
- “No… no puede ser.” – Musitó Daniel.
- “Madre, él es… él era…” – Intentaba decir Gabriel hasta que le interrumpió Marlene contestando a la que imaginaba sería su pregunta.
- “El era el rey de Ostend, hijo mío.”
El silencio se adueño entonces de la noche. Marlene rezó alguna oración por el alma del que había sido uno de los mejores reyes que había tenido el reino. Los jóvenes, simplemente no eran capaces de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pasaban muchas preguntas por sus cabezas. El populacho pensaba que el rey hacia ya varios años que había muerto. Primero le sobrevino una enfermedad terrible que supuso el que delegara el poder en uno de sus ministros más influyentes, y después, le vino la macabra muerte. Pero si hacía años que ya había muerto, como era posible que su cuerpo hubiera sido enterrado aquella noche.
Finalmente, los hermanos volvieron a enterrar el cuerpo, dejándolo todo tal y como lo habían encontrado, y volvieron junto a su madre a la cabaña del bosque. Cuando llegaron, se sentaron los tres alrededor de la mesa, mientras Gabriel contaba lo que le había ocurrido esa noche, antes de que volviera a la cabaña. Marlene y Daniel no daban crédito a lo que oían. Había llegado la hora.
jueves, 5 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte III
Recogieron las cosas, no debían quedar pruebas de que habían estado allí. Subieron al carro y volvieron al castillo.
Entonces fue cuando Gabriel y Daniel aprovecharon para salir de donde estaban ocultos, y rápidamente, arrodillándose donde estaba enterrado aquello que fuera, empezaron a excavar con las manos. Era fácil hacerlo, pues la tierra aun estaba fresca, recién removida por los guardias del castillo. Enseguida llegaron a donde estaba aquel inmenso saco. Ambos hermanos se miraron pensando en que podía contener aquel saco, estaban llenos de curiosidad.
- “¿Te imaginas que es un tesoro, hermanito?” – Dijo Daniel – “Nos sacaría de la miseria en la que vivimos.” – Continuó mientras se reía.
- “Ojalá Daniel, imagina lo feliz que sería nuestra madre” – Respondió Gabriel.
Siguieron excavando, ya quedaba menos para poder sacar aquel saco de allí. Cuando por fin consiguieron retirar toda la tierra de encima, se dispusieron a sacarlo.
Pero entonces, Gabriel preguntó a su hermano:
- “Espera, ¿Y si es…?” – Se detuvo en seco.
- “¿Un cadáver? – Terminó Daniel.
- “Si.”
- “Vamos hermano, no creo que sea un cadáver. A los difuntos se les entierra en la iglesia, o en el cementerio, con una lapida que diga quién es, no en medio del bosque y sin ningún tipo de señal que diga que aquí yace un cuerpo.”
- “No se Daniel, últimamente en el castillo había mucha agitación, y las guardias se habían reforzado hace tiempo. Me temo que algo extraño pasa. Y temo también que tenga que ver con lo que me sucedió esta noche.”
- “Después nos lo cuentas en la cabaña, ¡mientras madre y yo contamos las monedas de oro!” – zanjó Daniel mientras volvía a reír.
Al fin, se decidieron a sacarlo. Cuando introdujeron las manos en el hoyo, y cogieron el saco, enseguida notaron que era lo que había allí dentro. Sus caras palidecieron. Lo colocaron en el suelo, a un lado. Daniel no se atrevía a destapar aquello. Gabriel, dudoso, se dispuso a abrirlo, pero justo cuando lo iba ha hacer, algo le detuvo.
* * *
- “Mi Lord, sus ordenes han sido cumplidas al pie de la letra. No queda ya rastro del prisionero muerto.”
- “Bien hecho. Ahora ya nadie podrá arrebatarme el poder, y por fin, podré conquistar las tierras de Gotones” – Respondió van Rocvorik.
- “No te creas vencedor aun, Rocvorik.” – Dijo una voz tras de sí.
Rocvorik se giró rápidamente, y contestó:
- “¡¿Ya vienes a importunarme de nuevo, bruja?!”
- “Sabes que solo te digo lo que veo en mis profecías. Mis artes nunca se equivocan.”
- “Maldita seas. ¿Cómo te atreves a contradecirme?”
- “Porque sabes que ese niño nunca murió, Rocvorik. Y que vendrá a por ti, y luchará para recuperar el trono” – Contesto aquella anciana, de pelo largo y blanco como la nieve, manos y cara de piel arrugada, ojos aterradores de mirada fría, y encorvada por el paso de los años.
- “¡Ah! Vieja bruja, vete de aquí si no quieres que te mate con mis propias manos. Largo de aquí Zelmira. ¡Largo!” – Dijo Rocvorik mientras golpeaba una de las copas que había en la mesa de la sala, tirándola al suelo.
La bruja, riéndose maléficamente, salió de la sala, dejando a Rocvorik en ella solo.
Entonces fue cuando Gabriel y Daniel aprovecharon para salir de donde estaban ocultos, y rápidamente, arrodillándose donde estaba enterrado aquello que fuera, empezaron a excavar con las manos. Era fácil hacerlo, pues la tierra aun estaba fresca, recién removida por los guardias del castillo. Enseguida llegaron a donde estaba aquel inmenso saco. Ambos hermanos se miraron pensando en que podía contener aquel saco, estaban llenos de curiosidad.
- “¿Te imaginas que es un tesoro, hermanito?” – Dijo Daniel – “Nos sacaría de la miseria en la que vivimos.” – Continuó mientras se reía.
- “Ojalá Daniel, imagina lo feliz que sería nuestra madre” – Respondió Gabriel.
Siguieron excavando, ya quedaba menos para poder sacar aquel saco de allí. Cuando por fin consiguieron retirar toda la tierra de encima, se dispusieron a sacarlo.
Pero entonces, Gabriel preguntó a su hermano:
- “Espera, ¿Y si es…?” – Se detuvo en seco.
- “¿Un cadáver? – Terminó Daniel.
- “Si.”
- “Vamos hermano, no creo que sea un cadáver. A los difuntos se les entierra en la iglesia, o en el cementerio, con una lapida que diga quién es, no en medio del bosque y sin ningún tipo de señal que diga que aquí yace un cuerpo.”
- “No se Daniel, últimamente en el castillo había mucha agitación, y las guardias se habían reforzado hace tiempo. Me temo que algo extraño pasa. Y temo también que tenga que ver con lo que me sucedió esta noche.”
- “Después nos lo cuentas en la cabaña, ¡mientras madre y yo contamos las monedas de oro!” – zanjó Daniel mientras volvía a reír.
Al fin, se decidieron a sacarlo. Cuando introdujeron las manos en el hoyo, y cogieron el saco, enseguida notaron que era lo que había allí dentro. Sus caras palidecieron. Lo colocaron en el suelo, a un lado. Daniel no se atrevía a destapar aquello. Gabriel, dudoso, se dispuso a abrirlo, pero justo cuando lo iba ha hacer, algo le detuvo.
* * *
- “Mi Lord, sus ordenes han sido cumplidas al pie de la letra. No queda ya rastro del prisionero muerto.”
- “Bien hecho. Ahora ya nadie podrá arrebatarme el poder, y por fin, podré conquistar las tierras de Gotones” – Respondió van Rocvorik.
- “No te creas vencedor aun, Rocvorik.” – Dijo una voz tras de sí.
Rocvorik se giró rápidamente, y contestó:
- “¡¿Ya vienes a importunarme de nuevo, bruja?!”
- “Sabes que solo te digo lo que veo en mis profecías. Mis artes nunca se equivocan.”
- “Maldita seas. ¿Cómo te atreves a contradecirme?”
- “Porque sabes que ese niño nunca murió, Rocvorik. Y que vendrá a por ti, y luchará para recuperar el trono” – Contesto aquella anciana, de pelo largo y blanco como la nieve, manos y cara de piel arrugada, ojos aterradores de mirada fría, y encorvada por el paso de los años.
- “¡Ah! Vieja bruja, vete de aquí si no quieres que te mate con mis propias manos. Largo de aquí Zelmira. ¡Largo!” – Dijo Rocvorik mientras golpeaba una de las copas que había en la mesa de la sala, tirándola al suelo.
La bruja, riéndose maléficamente, salió de la sala, dejando a Rocvorik en ella solo.
martes, 3 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte II
La tensión se respiraba en el ambiente. Daniel estaba bastante enfadado con su hermano por el modo en el que le había hablado Gabriel a su madre y después había huido. Jamás se habían enfrentado así, y Marlene no sabía cómo tranquilizarlos.
- “Hermano, se que me he portado mal, pero por favor, tengo que contaros algo que me ocurrió en el bosque.” – Dijo Gabriel.
- “Yo te voy a decir lo que te va a ocurrir ahora Gabriel.” – Replicó Daniel en tono amenazador.
- “¡Basta! ¡Basta ya!” – Grito Marlene, mientras comenzaba a llorar de desesperación ante el inminente enfrentamiento entre los hermanos.
Justo entonces Daniel levanto uno de sus puños para golpear a Gabriel, cuando un ruido llamó la atención de los tres que allí estaban. Se escuchaba el galopar de varios caballos.
- “Madre, son caballos” – Dijo Daniel mientras miraba atónito a su madre.
- “Es extraño que por aquí pase alguien, y más a estas horas” – Respondió Marlene.
Daniel, casi por inercia, soltó a su hermano y salió fuera de la cabaña a ver si aquellas personas estaban cerca. Marlene y Gabriel le siguieron, saliendo también. Vieron entonces como unas luces, de un carruaje y de las antorchas que llevaban aquellos iluminaban el camino que pasaba cerca de la cabaña.
- “Rápido niños, ayúdenme a apagar las luces de dentro” – Dijo en voz baja Marlene.
Rápidamente la cabaña quedó a oscuras para evitar que fueran atacados, pues podían ser ladrones. Pero aquel extraño cortejo siguió de largo. Daniel y Gabriel se miraron, y no pudieron reprimir su curiosidad, y siguieron las luces y el cabalgar de los caballos en mitad de la noche. No atendieron a la llamada de Marlene que les decía que volvieran a la cabaña.
Corrieron poco tiempo, pues el cortejo se detuvo. Se acercaron sin hacer mucho ruido escondidos entre la maleza del bosque, protegidos por la oscuridad que reinaba en aquellos parajes tan profundos. Cuando se acercaron, pudieron comprobar asombrados que eran guardias del palacio todos los que iban. No había ningún civil. También fueron sorprendidos al comprobar que era lo que llevaban en el carruaje. Comprendieron entonces por qué algunos cavaban un hoyo allí en medio del bosque. Su cometido era enterrar a algo o alguien.
Gabriel y Daniel se miraron sorprendidos, no daban crédito a lo que estaban viendo, y al mirarse, ambos pensaron exactamente lo mismo.
- “Hermano, se que me he portado mal, pero por favor, tengo que contaros algo que me ocurrió en el bosque.” – Dijo Gabriel.
- “Yo te voy a decir lo que te va a ocurrir ahora Gabriel.” – Replicó Daniel en tono amenazador.
- “¡Basta! ¡Basta ya!” – Grito Marlene, mientras comenzaba a llorar de desesperación ante el inminente enfrentamiento entre los hermanos.
Justo entonces Daniel levanto uno de sus puños para golpear a Gabriel, cuando un ruido llamó la atención de los tres que allí estaban. Se escuchaba el galopar de varios caballos.
- “Madre, son caballos” – Dijo Daniel mientras miraba atónito a su madre.
- “Es extraño que por aquí pase alguien, y más a estas horas” – Respondió Marlene.
Daniel, casi por inercia, soltó a su hermano y salió fuera de la cabaña a ver si aquellas personas estaban cerca. Marlene y Gabriel le siguieron, saliendo también. Vieron entonces como unas luces, de un carruaje y de las antorchas que llevaban aquellos iluminaban el camino que pasaba cerca de la cabaña.
- “Rápido niños, ayúdenme a apagar las luces de dentro” – Dijo en voz baja Marlene.
Rápidamente la cabaña quedó a oscuras para evitar que fueran atacados, pues podían ser ladrones. Pero aquel extraño cortejo siguió de largo. Daniel y Gabriel se miraron, y no pudieron reprimir su curiosidad, y siguieron las luces y el cabalgar de los caballos en mitad de la noche. No atendieron a la llamada de Marlene que les decía que volvieran a la cabaña.
Corrieron poco tiempo, pues el cortejo se detuvo. Se acercaron sin hacer mucho ruido escondidos entre la maleza del bosque, protegidos por la oscuridad que reinaba en aquellos parajes tan profundos. Cuando se acercaron, pudieron comprobar asombrados que eran guardias del palacio todos los que iban. No había ningún civil. También fueron sorprendidos al comprobar que era lo que llevaban en el carruaje. Comprendieron entonces por qué algunos cavaban un hoyo allí en medio del bosque. Su cometido era enterrar a algo o alguien.
Gabriel y Daniel se miraron sorprendidos, no daban crédito a lo que estaban viendo, y al mirarse, ambos pensaron exactamente lo mismo.
lunes, 2 de agosto de 2010
Capitulo 3: Comienza el viaje. Parte I
- “Llévenselo. Desháganse del cuerpo. Está muerto.” – Dijo llevándose la mano a la nariz para no tragar el nauseabundo olor que despedía aquél cadáver.
Los guardias en seguida comenzaron a trabajar para llevarse a aquel cuerpo de allí. Trajeron un gran saco donde lo introdujeron para transportarlo entro dos de ellos hasta un carruaje que esperaba ya en la portalón del castillo para llevárselo dejos de allí y enterrarlo posteriormente, donde nadie pudiera encontrarlo nunca. La gente pensaba que había muerto hacía muchos años, pero la realidad era bien distinta. Rocvorik lo mantuvo encarcelado en aquella mazmorra, húmeda y oscura, donde seguramente murió por el paso de los años y las enfermedades. Y ahora por fin estaba muerto. Ya no había nadie de su linaje que pudiera reclamar el trono. Ahora él era el rey absoluto de todo aquello que le había arrebatado hacia ya años.
Además, el crio no había dado señales de vida, ni nadie conocía su paradero desde que aquella noche oscura y lluviosa, en el que desgraciadamente le perdió el rastro, y no pudo acabar lo que había comenzado. Pero ya daba igual. Seguramente los lobos dieron buena cuenta de su carne rosada y tierna, y ya no quedaría nada de él.
- “Señor, el cadáver ya está en el carruaje, ¿Quiere que lo enterremos en algún sitio en especial?” – Preguntó el guardia.
- “No. Solo quiero que lo enterréis lejos, y que no quede rastro de que existió nunca. Deprisa inútiles, todo debe ser acabado esta noche.” – Contestó Rocvorik.
El guardia se puso firme en señal de saludo y acto seguido se fue cruzando aquel largo pasillo estrecho y bajo que daba a la escalera de caracol que poco antes habían bajado.
- “Se acabo. Ya no se cumplirá la profecía” – Murmuro Rocvorik sin poder evitar dejar ver una sonrisa de alegría. Rara vez sonreía aquel endiablado, pero sabía, o al menos eso creía, que ya nada podía impedir que cumpliera sus planes. Sabía que el niño murió el mismo día que su madre. Y ahora el padre, el tan querido por todos, el rey de Ostend, también había muerto.
* * *
Corría por el bosque tan rápido como le permitían sus piernas. Quería llegar cuanto antes a la cabaña, porque no entendía nada de lo que había pasado esa noche.
- “¿Y si son alucinaciones debido al golpe que me di?” – Pensaba Gabriel.
Al fin, después de bastante tiempo corriendo entre los árboles, vio como aparecía a lo lejos una luz tenue. Debía ser la cabaña del bosque. Aceleró su andadura, y por fin llegó. Entró entonces en la cabaña, y vio que su madre y su hermano estaban sentados a la mesa, aunque prácticamente ninguno de los dos habían probado bocado.
Marlene y Daniel se quedaron un tanto perplejos al ver aparecer a Gabriel tan de repente. Cuando Daniel reaccionó, se levantó y se dirigió hacia Gabriel, visiblemente enfadado por cómo había salido corriendo su hermano dejándolos preocupados tanto a él como a su madre. Lo agarró por la camisa, y lo puso contra la pared. En eso momento Marlene reaccionó, y levantándose gritó:
- “Basta chicos. Ya está bien. No peléis, lo importante es que Gabriel ha vuelto.”
Los guardias en seguida comenzaron a trabajar para llevarse a aquel cuerpo de allí. Trajeron un gran saco donde lo introdujeron para transportarlo entro dos de ellos hasta un carruaje que esperaba ya en la portalón del castillo para llevárselo dejos de allí y enterrarlo posteriormente, donde nadie pudiera encontrarlo nunca. La gente pensaba que había muerto hacía muchos años, pero la realidad era bien distinta. Rocvorik lo mantuvo encarcelado en aquella mazmorra, húmeda y oscura, donde seguramente murió por el paso de los años y las enfermedades. Y ahora por fin estaba muerto. Ya no había nadie de su linaje que pudiera reclamar el trono. Ahora él era el rey absoluto de todo aquello que le había arrebatado hacia ya años.
Además, el crio no había dado señales de vida, ni nadie conocía su paradero desde que aquella noche oscura y lluviosa, en el que desgraciadamente le perdió el rastro, y no pudo acabar lo que había comenzado. Pero ya daba igual. Seguramente los lobos dieron buena cuenta de su carne rosada y tierna, y ya no quedaría nada de él.
- “Señor, el cadáver ya está en el carruaje, ¿Quiere que lo enterremos en algún sitio en especial?” – Preguntó el guardia.
- “No. Solo quiero que lo enterréis lejos, y que no quede rastro de que existió nunca. Deprisa inútiles, todo debe ser acabado esta noche.” – Contestó Rocvorik.
El guardia se puso firme en señal de saludo y acto seguido se fue cruzando aquel largo pasillo estrecho y bajo que daba a la escalera de caracol que poco antes habían bajado.
- “Se acabo. Ya no se cumplirá la profecía” – Murmuro Rocvorik sin poder evitar dejar ver una sonrisa de alegría. Rara vez sonreía aquel endiablado, pero sabía, o al menos eso creía, que ya nada podía impedir que cumpliera sus planes. Sabía que el niño murió el mismo día que su madre. Y ahora el padre, el tan querido por todos, el rey de Ostend, también había muerto.
* * *
Corría por el bosque tan rápido como le permitían sus piernas. Quería llegar cuanto antes a la cabaña, porque no entendía nada de lo que había pasado esa noche.
- “¿Y si son alucinaciones debido al golpe que me di?” – Pensaba Gabriel.
Al fin, después de bastante tiempo corriendo entre los árboles, vio como aparecía a lo lejos una luz tenue. Debía ser la cabaña del bosque. Aceleró su andadura, y por fin llegó. Entró entonces en la cabaña, y vio que su madre y su hermano estaban sentados a la mesa, aunque prácticamente ninguno de los dos habían probado bocado.
Marlene y Daniel se quedaron un tanto perplejos al ver aparecer a Gabriel tan de repente. Cuando Daniel reaccionó, se levantó y se dirigió hacia Gabriel, visiblemente enfadado por cómo había salido corriendo su hermano dejándolos preocupados tanto a él como a su madre. Lo agarró por la camisa, y lo puso contra la pared. En eso momento Marlene reaccionó, y levantándose gritó:
- “Basta chicos. Ya está bien. No peléis, lo importante es que Gabriel ha vuelto.”
domingo, 1 de agosto de 2010
Capitulo 2: La profecía. Parte IV
Le dolía la cabeza. Abrió los ojos. Todo estaba algo borroso, y las cosas le daban vueltas. Trató de recordar que era lo que había ocurrido. Se puso de pie como pudo. Recordó entonces la huida, el resbalón, la caída. Se tenía que haber golpeado la cabeza, lo que explicaría el dolor que sentía.
El cielo estaba despejado, y poco a poco, su visión se fue adaptando de nuevo a la oscuridad que había en el bosque, iluminado por la tenue luz de la luna.
Se preguntaba qué era lo que le había estado siguiendo, pero lo que fuera aquello, le había dejado allí, creyendo probablemente, que estaba muerto después de la caída.
Comenzó a caminar en busca de un lugar un poco más accesible para volver a subir, pero de repente, volvió a escuchar algo. Esta vez era casi como un llanto lastimero. Como gemidos de dolor que alguien producía. Miró a su alrededor y no vio nada. Anduvo un poco más hacia donde escuchaba el sonido. Entonces vio como algo se retorcía de dolor en la oscuridad de la noche. Se acercó lentamente para ver que era aquel ser, y cuando la luna, que había sido cubierta por algunas nubes, se descubrió de nuevo para iluminar el bosque, vio a aquel hombre. Era un anciano, de barba blanca, harapiento, y que parecía estar enfermo. Se acercó rápidamente a él para ofrecerle ayuda.
- “Señor, ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ha pasado?” – Preguntó Gabriel, mientras lo recogía entre sus brazos, tratando de incorporarlo un poco para que aquel anciano pudiera hablar.
- “Muchacho, déjame aquí, ha llegado mi hora” – Respondió aquel hombre
- “No diga tonterías. Vamos, le ayudare. Mi madre sabrá cómo hacer que se reponga” – Dijo mientras lo cogía para llevarlo hacia la cabaña de su madre Marlene, que sabía remedios para muchas enfermedades.
- “Tu madre murió hace muchos años, Gabriel.”
A Gabriel se le descompuso la cara. Sus ojos ahora se habían abierto tanto que parecía que se saldrían de un momento a otro de sus cavidades. Un sudor frío le recorrió la frente, y ante tal noticia, solo pudo mantener un profundo silencio.
Miraba a aquel anciano como tratando de buscarlo en sus recuerdos para saber de que lo podrá conocer. Pero jamás lo había visto antes.
- “¿Cómo, cómo sabe mi nombre?” – Pudo decir al fin.
- “Se muchas cosas de ti, Gabriel. ¿Acaso no sabes de quién es ese colgante que llevas?”
Gabriel soltó entonces al anciano en el suelo de nuevo. Parecía que tenía mucho que decirle. Acto seguido le contestó:
- “Era, de una persona muy especial que me quiso mucho cuando era niño, pero eso me lo contó mi madre, que aun vive. Se ha tenido que confundir de persona…”
- “Solo una persona puede llevar ese colgante. Dice la profecía, que solo una persona de corazón puro y noble, como el de los dragones, puede salvar esta tierra de las desgracias que padecemos y padeceremos. Y esa persona eres tú, Gabriel.”
- “¿Qué? No puede decirlo enserio, está delirando. Debe de ser la fiebre. Vamos, le llevare donde mi madre.” – Dijo Gabriel, sin atender las palabras del anciano, mientras hizo el ademán de querer cogerlo de nuevo para llevarle a la cabaña del bosque. Pero el anciano le detuvo agarrándolo por uno de los brazos fuertemente.
- “Solo tú puedes salvarnos, y traer la luz de nuevo. Dentro de poco comenzará la batalla entre el bien y el mal. Y tú, deberás escoger en que bando luchar. Gabriel, tu eres el nuevo rey del trono de los Suiones, y tú eres el que tenía que estar gobernando nuestros destinos en el palacio de Ostend.”
- “Deje de decir tonterías. Comienza a asustarme. Yo no soy ningún rey”
- “Ve al oráculo, chico, ve a Frissia. Allí hallarás muchas respuestas, pero también muchas preguntas.”
Esa fueron las últimas palabras de aquel anciano antes de morir. Tras enterrar el cadáver, y rezar una oración por la salvación del alma de aquel hombre, Gabriel, volvió en busca, de la que al menos el creía hasta entonces, su madre.
El cielo estaba despejado, y poco a poco, su visión se fue adaptando de nuevo a la oscuridad que había en el bosque, iluminado por la tenue luz de la luna.
Se preguntaba qué era lo que le había estado siguiendo, pero lo que fuera aquello, le había dejado allí, creyendo probablemente, que estaba muerto después de la caída.
Comenzó a caminar en busca de un lugar un poco más accesible para volver a subir, pero de repente, volvió a escuchar algo. Esta vez era casi como un llanto lastimero. Como gemidos de dolor que alguien producía. Miró a su alrededor y no vio nada. Anduvo un poco más hacia donde escuchaba el sonido. Entonces vio como algo se retorcía de dolor en la oscuridad de la noche. Se acercó lentamente para ver que era aquel ser, y cuando la luna, que había sido cubierta por algunas nubes, se descubrió de nuevo para iluminar el bosque, vio a aquel hombre. Era un anciano, de barba blanca, harapiento, y que parecía estar enfermo. Se acercó rápidamente a él para ofrecerle ayuda.
- “Señor, ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ha pasado?” – Preguntó Gabriel, mientras lo recogía entre sus brazos, tratando de incorporarlo un poco para que aquel anciano pudiera hablar.
- “Muchacho, déjame aquí, ha llegado mi hora” – Respondió aquel hombre
- “No diga tonterías. Vamos, le ayudare. Mi madre sabrá cómo hacer que se reponga” – Dijo mientras lo cogía para llevarlo hacia la cabaña de su madre Marlene, que sabía remedios para muchas enfermedades.
- “Tu madre murió hace muchos años, Gabriel.”
A Gabriel se le descompuso la cara. Sus ojos ahora se habían abierto tanto que parecía que se saldrían de un momento a otro de sus cavidades. Un sudor frío le recorrió la frente, y ante tal noticia, solo pudo mantener un profundo silencio.
Miraba a aquel anciano como tratando de buscarlo en sus recuerdos para saber de que lo podrá conocer. Pero jamás lo había visto antes.
- “¿Cómo, cómo sabe mi nombre?” – Pudo decir al fin.
- “Se muchas cosas de ti, Gabriel. ¿Acaso no sabes de quién es ese colgante que llevas?”
Gabriel soltó entonces al anciano en el suelo de nuevo. Parecía que tenía mucho que decirle. Acto seguido le contestó:
- “Era, de una persona muy especial que me quiso mucho cuando era niño, pero eso me lo contó mi madre, que aun vive. Se ha tenido que confundir de persona…”
- “Solo una persona puede llevar ese colgante. Dice la profecía, que solo una persona de corazón puro y noble, como el de los dragones, puede salvar esta tierra de las desgracias que padecemos y padeceremos. Y esa persona eres tú, Gabriel.”
- “¿Qué? No puede decirlo enserio, está delirando. Debe de ser la fiebre. Vamos, le llevare donde mi madre.” – Dijo Gabriel, sin atender las palabras del anciano, mientras hizo el ademán de querer cogerlo de nuevo para llevarle a la cabaña del bosque. Pero el anciano le detuvo agarrándolo por uno de los brazos fuertemente.
- “Solo tú puedes salvarnos, y traer la luz de nuevo. Dentro de poco comenzará la batalla entre el bien y el mal. Y tú, deberás escoger en que bando luchar. Gabriel, tu eres el nuevo rey del trono de los Suiones, y tú eres el que tenía que estar gobernando nuestros destinos en el palacio de Ostend.”
- “Deje de decir tonterías. Comienza a asustarme. Yo no soy ningún rey”
- “Ve al oráculo, chico, ve a Frissia. Allí hallarás muchas respuestas, pero también muchas preguntas.”
Esa fueron las últimas palabras de aquel anciano antes de morir. Tras enterrar el cadáver, y rezar una oración por la salvación del alma de aquel hombre, Gabriel, volvió en busca, de la que al menos el creía hasta entonces, su madre.
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