lunes, 9 de agosto de 2010

Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte I


Se escuchaba el cabalgar de los dos caballos, rápidos, veloces como el viento, que agitaba las crines de los dos equinos que con fuerza atravesaban el bosque. Eran jóvenes aún, y les vendría bien que fueran ellos los que recorrieran el camino.

En una noche, de esas en las que la suerte corría de su lado, consiguieron alojamiento en una posada no muy lejana de donde estaba la cabaña del bosque. Era la primera noche que pasaron fuera. Cenaron aquella comida que les puso el posadero, si es que a aquello se le podía llamar comida, con un poco de pan y vino. Después se marcharon a la habitación que les habían arrendado. Pasaron la noche durmiendo, plácidamente. Las camas no eran muy cómodas pero después de un día duro de camino, cualquier lugar era bueno para el descanso. Sin embargo, Daniel se levantó mucho antes que su hermano Gabriel. Había visto en la cuadra dos esplendidos caballos, uno negro, y otro blanco. Sin pensarlo, los cargó con sus sacos, los sacó de la cuadra donde descansaban, los puso en la puerta de la posada, y corrió a llamar a su hermano Gabriel, mientras el resto de la posada dormía.

Gabriel asombrado, corrió detrás de Daniel, que lo agarraba por una de las mangas de su camisa, para que le siguiera. Al correr por la posada, despertaron a los demás huéspedes, y todos salieron de sus habitaciones para ver qué era lo que ocurría. Dos de los huéspedes, los verdaderos dueños de los caballos, al salir se dieron cuenta de que habían cogido sus caballos, y que ahora los montaban aquellos jóvenes. Por sus ropajes, y por sus cabalgaduras, seguramente aquellos eran nobles hidalgos que iban camino de alguna corte. Por lo que escucharon los hermanos aquella noche durante la cena, ellos iban camino de la corte del reino que ellos debían abandonar, Ostend.

Pero la suerte les sonreía, y pudieron escapar con los caballos, no sin librarse de juramentos y maldiciones salidas de boca de aquellos caballeros. Lo que era cierto, es que marchaban ya cerca de la frontera del reino, al galope de aquellos enérgicos caballos.

Algunas noches la pasaron a la intemperie, otras encontraron alguna que otra posada. Pero ni las lluvias de aquel largo invierno, ni el frío, hacia cambiar de idea a Gabriel. Tenían que llegar al oráculo de Frissia. Debía saber que era lo que ocurrió en su oscuro pasado.

* * *

Lejos de allí, había alguien que si que empleaba las artes adivinatorias, con intensiones oscuras. La verdad oculta durante aquel tiempo se estaba revelando por momentos, y los pensamientos de Gabriel, se hacían tan elocuentes como las palabras que pronunciaba la hechicera. Van Rocvorik, había recurrido a las artes maléficas de Zelmira, para saber que sus planes habían salido a la perfección. Más el destino, había querido que los hechos fueran distintos.

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