miércoles, 11 de agosto de 2010

Capitulo 4: Cruzando fronteras. Parte II

Llegaron al castillo empapados por la lluvia que caía ese día sobre Ostend. Los ropajes que llevaban estaban tan mojados, que incluso las camisas de sedas que llevaban estaban caladas por el agua. Sus sombreros traían las plumas languidecidas por el agua. Por las maldiciones e injurias que aquellos personajes desparramaban desde sus pensamientos, a todo aquel que no podía reprimir la risa al contemplar tal escena protagonizada por tan nobles hidalgos, no era difícil averiguar que su enfado era grande, y que poca compasión tendrían con los que les causara el mal que les infringieron.

Subieron al salón del trono, en busca de su señor. Quería venganza. Jamás habían sido ridiculizados de aquella manera. Al fin llegaron al salón del trono. Abrieron las puertas dejando que dieran un tremendo golpe contra los muros.

* * *

Al fin llegaron a la frontera. Habían cabalgado varios días. Decidieron pasar la noche en un claro del bosque que vieron por allí cerca. Así pues, Gabriel y Daniel, ataron sus cabalgadura a un árbol, soltaron los sacos, y mientras Gabriel encendía el fuego, Daniel se dedicó de dar de comer algo a los caballos.

El día transcurrió tranquilo. No pasó nadie cerca de allí. La gente no suele viajar en invierno, prefieren la primavera y el verano. Comenzaba a caer la noche. Dispusieron las mantas que llevaban en el suelo, para dormir lo más cómodo posible. El sueño les comenzó a vencer poco a poco, el día había sido largo. Pronto quedaron rápidamente dormidos, al calor y refugio del fuego.

* * *

Rocvorik no pudo contener la risa tampoco. La escena era más graciosa de lo que había oído hablar a los sirvientes del castillo.

Ricardo e Ignacio tuvieron que callarse esta vez, no sin sonrojarse ante la risa de su señor.

- “¿Qué es lo que os ha pasado?” – Dijo van Rocvorik entre risas.
- “Nos robaron los caballos, señor.” – Respondió uno de ellos. Era Ignacio, un joven alto, moreno, con el pelo largo, moreno, ojos marrones, y algo inocentón e impulsivo.
- “Veníamos de camino hacia aquí, cuando en una posada en las que pasamos una noche, dos ladronzuelos nos robaron los caballos. Por ello hemos tardado más en venir, tuvimos que venir andando.” – Contestó Ricardo, algo más maduro que Ignacio, aunque aún quedaba juventud en él. De pelo castaño, algo más corto que el de su compañero, piel morena, alto, y con sus pensamientos bastantes claros, siempre sabía lo que quería.

Rocvorik volvió a soltar una carcajada.

- “Señor, queremos venganza. No podemos dejar que se burlen así de nosotros.” – Soltó de malas maneras Ignacio.
- “Tranquilízate Ignacio. Dime, ¿Sabéis quienes fueron?” – Preguntó van Rocvorik.
- “No lo sabemos señor.” – Continuó Ricardo – “Pues la noche aun reinaba cuando sucedieron los hechos. Sin embargo, escuchamos durante la cena, que se dirigían hacia la frontera, en busca del oráculo de Frissia.”

Van Rocvorik no dio crédito a lo que acababa de escuchar. Parecía que el destino volvía a sonreírle.

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