Recogieron las cosas, no debían quedar pruebas de que habían estado allí. Subieron al carro y volvieron al castillo.
Entonces fue cuando Gabriel y Daniel aprovecharon para salir de donde estaban ocultos, y rápidamente, arrodillándose donde estaba enterrado aquello que fuera, empezaron a excavar con las manos. Era fácil hacerlo, pues la tierra aun estaba fresca, recién removida por los guardias del castillo. Enseguida llegaron a donde estaba aquel inmenso saco. Ambos hermanos se miraron pensando en que podía contener aquel saco, estaban llenos de curiosidad.
- “¿Te imaginas que es un tesoro, hermanito?” – Dijo Daniel – “Nos sacaría de la miseria en la que vivimos.” – Continuó mientras se reía.
- “Ojalá Daniel, imagina lo feliz que sería nuestra madre” – Respondió Gabriel.
Siguieron excavando, ya quedaba menos para poder sacar aquel saco de allí. Cuando por fin consiguieron retirar toda la tierra de encima, se dispusieron a sacarlo.
Pero entonces, Gabriel preguntó a su hermano:
- “Espera, ¿Y si es…?” – Se detuvo en seco.
- “¿Un cadáver? – Terminó Daniel.
- “Si.”
- “Vamos hermano, no creo que sea un cadáver. A los difuntos se les entierra en la iglesia, o en el cementerio, con una lapida que diga quién es, no en medio del bosque y sin ningún tipo de señal que diga que aquí yace un cuerpo.”
- “No se Daniel, últimamente en el castillo había mucha agitación, y las guardias se habían reforzado hace tiempo. Me temo que algo extraño pasa. Y temo también que tenga que ver con lo que me sucedió esta noche.”
- “Después nos lo cuentas en la cabaña, ¡mientras madre y yo contamos las monedas de oro!” – zanjó Daniel mientras volvía a reír.
Al fin, se decidieron a sacarlo. Cuando introdujeron las manos en el hoyo, y cogieron el saco, enseguida notaron que era lo que había allí dentro. Sus caras palidecieron. Lo colocaron en el suelo, a un lado. Daniel no se atrevía a destapar aquello. Gabriel, dudoso, se dispuso a abrirlo, pero justo cuando lo iba ha hacer, algo le detuvo.
* * *
- “Mi Lord, sus ordenes han sido cumplidas al pie de la letra. No queda ya rastro del prisionero muerto.”
- “Bien hecho. Ahora ya nadie podrá arrebatarme el poder, y por fin, podré conquistar las tierras de Gotones” – Respondió van Rocvorik.
- “No te creas vencedor aun, Rocvorik.” – Dijo una voz tras de sí.
Rocvorik se giró rápidamente, y contestó:
- “¡¿Ya vienes a importunarme de nuevo, bruja?!”
- “Sabes que solo te digo lo que veo en mis profecías. Mis artes nunca se equivocan.”
- “Maldita seas. ¿Cómo te atreves a contradecirme?”
- “Porque sabes que ese niño nunca murió, Rocvorik. Y que vendrá a por ti, y luchará para recuperar el trono” – Contesto aquella anciana, de pelo largo y blanco como la nieve, manos y cara de piel arrugada, ojos aterradores de mirada fría, y encorvada por el paso de los años.
- “¡Ah! Vieja bruja, vete de aquí si no quieres que te mate con mis propias manos. Largo de aquí Zelmira. ¡Largo!” – Dijo Rocvorik mientras golpeaba una de las copas que había en la mesa de la sala, tirándola al suelo.
La bruja, riéndose maléficamente, salió de la sala, dejando a Rocvorik en ella solo.
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