Se levantó como cada mañana, temprano, al despuntar el alba. Se vistió, se peinó un poco la larga cabellera que le cubría los hombros, se puso el vestido, y comenzó a prepararse para un día duro de invierno, que si bien era soleado por la mañana, iría dejando paso a las nubes y la lluvia según avanzara la tarde. Si el invierno era duro en la ciudad, tras las altas murallas custodiadas desde hacía varios días por más soldados de lo que era habitual, en el bosque, la vida era aún peor.
No tenía que perder el tiempo, debía aprovechar que no llovía para ir a recoger agua al río que pasaba por allí cerca. Cogió el cubo más grande que tenia, y después miró para comprobar si seguía durmiendo; solía acompañarla, pero esta vez, prefirió ir sola, y así pues se marchó presurosa.
* * *
La espada sonó al sacarla de la herida, brotando abundante sangre de ella. No sabía dónde estaba el niño, pero poco importaba ya. El niño no sobreviviría mucho tiempo solo en aquel bosque repleto de lobos y otros animales, que no harían ningún asco a
la tierna y blanda carne rosada de aquel bebe.
- “No podrás evitar que cumpla mis planes” – Pensó. “La profecía nunca se cumplirá.”
Limpió de nuevo su espada, como en las anteriores ocasiones que la había usado esa noche.
- “Ha sido una noche ajetreada.” – Musito soltando una carcajada, que asustaría hasta al mismo Belcebú.
Después, montó su cabalgadura negra como el propio corazón de su jinete, y volvió por el camino que había seguido la noche anterior.
* * *
Ya quedaba menos, el sonido se hacía cada vez más fuerte. Como de costumbre, había dirigido sus pasos a una zona no demasiado rocosa, para evitar resbalarse y caer haciéndose daño. Llegó entonces a la orilla, se arrodilló y comenzó a recoger el agua del río con el cubo. Sin darse cuenta, empezó a cantar una canción. Fue entonces cuando notó que el río comenzaba a teñirse de un color extraño. El río se estaba tiñendo de rojo. Asustada por los pensamientos que se le vinieron a la cabeza pegó un grito, mientras se incorporaba dejando caer el cubo en el agua. Se llevo las manos a la cara, asustada.
- “¿Qué es lo que habrá ocurrido?” – Pensó atemorizada. Por aquella zona había muchos lobos, lobos que no dudaban en atacar incluso a plena luz del día. Escuchó entonces el ruido de una rama que se rompía detrás de ella. Gritó asustada mientras se giró hacia la zona de donde provenía el ruido. Fue cuando lo vio.
- “Daniel eres tú. ¡No sabes el susto que me has dado! ¿Qué haces aquí?” – Reprimió al niño de cinco años.
- “Estaba solo en la cabaña y me daba miedo, mamá” – Respondió el niño.
- “Ven aquí” – Dijo mientras le ofrecía sus brazos para cogerlo.
Daniel se acercó a su madre y se agarró a ella. Entonces fue cuando le hizo aquella pregunta:
- “Mamá, ¿Qué es aquello de allí?”
- “¿A qué te refieres hijo mío?”
- “A ese cesto de allí, ¿es tuyo mama? ¿Ibas a recoger fruta?”
Marlene miró hacia donde señalaba Daniel. No se había percatado de que un poco más adelante, en la orilla del río, había una cesta que se había quedado atrapada entre varias rocas. Soltó a su hijo en el suelo, y se acercó sin hacer mucho ruido a aquella cesta surgida casi de la nada. Cuando estuvo cerca, miró cual era su contenido. Sus ojos se abrieron ante la sorpresa de lo que allí había. No entendía que hacia aquello allí. Ni sabía de dónde podría haber salido, ni de quién podía ser.
La criatura comenzó a llorar, sin sacar a Marlene de su asombro. Se había quedado paralizada.
- “¿Qué ser tan cruel podía haberlo abandonado a su suerte?” – Pensó Marlene.
Cuando pudo reaccionar, lo cogió en sus brazos. El bebe dejó de llorar y le miró sonriéndole. Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Daniel se acercó a ver qué es lo que había encontrado su madre. El niño ante su sorpresa le preguntó:
- “¿Quién es mamá?”
- “Es tu nuevo hermano, Daniel.” – Contestó Marlene sonriendo, mientras se encaminaba de vuelta a la cabaña. “Se llama Gabriel.”
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