sábado, 11 de septiembre de 2010

Capitulo 5. El pequeño pícaro. Parte I

Estaban en una pequeña posada, acogedora y cálida, a pesar del frío que hacia esa noche fuera. Ambos hermano estaban sentado el uno al lado del otro, observando aun a aquella persona. No habían asumido todavía todo lo ocurrido: el río, el puente, Daniel a punto de caer, y…

-“Se os enfriará la cena” – Dijo tajante, antes de absorber la ultima cucharada de su sopa.

Sus sopas estaban en el plato, no habían probado nada en todo el día, debido al susto pasado o a aquella ayuda inesperada. Los hermanos se miraron. No sabían muy bien que decir, de hecho, tampoco hablaron desde que apareció.

- “¿Cómo os llamáis? Al menos podríais decirme eso.”
- “Yo… yo soy Gabriel, y este es mi hermano, Daniel.”
- “Al fin habla alguno. Pensé que os quedasteis mudo con los gritos que estabais pegando en el bosque.”

Los hermanos notaron como sus mejillas se enrojecían al momento, provocando la risa de aquella misteriosa persona.

- “Decidme, ¿Qué os trae hasta estos parajes tan fríos?”

Daniel reaccionó entonces:

- “Te agradezco lo que hiciste por mí, pero eso no es de tu incumbencia. Vámonos Gabriel.” – Dijo mientras se levantó de la mesa.

Sin embargo, Gabriel permaneció sentado, frente al plato de sopa, mirando a aquella persona. La miró a los ojos, como queriendo hallar algo que le dijera que no era de fiar. Por el contrario, no vio nada que le diera indicios de que podía ser una espía de Rocvorik o que al menos, tuviera malas intenciones. Y también era cierto, que si no llega a ser por que apareció en el momento más oportuno, su hermano Daniel, ahora estaría muerto.

-“Siéntate, Daniel.” – Respondió Gabriel.
-“Pero Gabriel…”
-“He dicho que te sientes. Le debes la vida, nos ha guiado hasta aquí, y nos ha pagado la habitación y la cena. Tiene derecho a saber quiénes somos.”

Daniel se sentó de mala gana, no sabía muy bien de quien fiarse en aquellos momentos, y menos estando en un país desconocido, en el que todo el mundo les miraba de forma extraña.

Una vez se hubo sentado Daniel, Gabriel relató la historia, como días atrás lo había hecho su madre con él.

-“Impresionante. Parece todo tan… tan…”
-“Surrealista, lo sé. Pero es así.” – completó Gabriel. Se acercó al oído de aquella persona y le dijo – “Soy el heredero al trono de Ostend.”

Hubo un silencio largo, pesado. Finalmente, se levantó de su asiento y dijo:

-“Tenemos que acostarnos. Debemos descansar para emprender mañana el viaje hacia el oráculo.”
-“¿Vas a acompañarnos?” – Preguntó Daniel sorprendido.
-“Claro. No pensareis que os dejaré solos a los dos, en un país extraño para vosotros, en el que pocas personas hablan vuestra lengua y donde sería fácil robaros.” – Dijo mirando fijamente a Daniel. – “Además, puede que tengáis que cruzar otro puente colgante y Gabriel necesite mi ayuda para salvarte de nuevo.” – Añadió en tono burlón.

Daniel la miró con cierto enfado. La presencia de aquella persona le ponía nervioso, y lo peor, es que seguramente lo supiera.

-“Un momento.” – Interrumpió Gabriel, haciendo que se detuviera aquel misterioso personaje antes de subir las escaleras que llevaban a las habitaciones. – “Al menos, dinos tu nombre.”

Sonrió por primera vez en todo el día. Miró a los ojos de Gabriel, y antes de subir por la escalera respondió:

- “Anna.”