Corría deprisa sorteando los arboles del denso bosque, no podía detenerse, sabía bien quién era el que la perseguía, y si llegaba a alcanzarla, el final para ambos podía ser fatal. Escuchó que cerca de allí sonaba la corriente de un río, y se dirigió hacia allí. Corría todo lo rápido que sus piernas le permitían, llevaba toda la noche tratando de huir de aquel ser maligno, pero el cansancio, la lluvia, y el peso de lo que llevaba entre los brazos había ido consumando sus fuerzas. El río sonaba cada vez más cerca. Tenía que llegar hasta él. El destino dependía de lo que pasara esa noche.
* * *
Limpio la espada, y la volvió a enfundar. Avanzó sorteando los cuerpos sin vida que había por el suelo de la estancia. Todo se había teñido de color rojizo. Ya había registrado toda la posada pero no tuvo suerte en su búsqueda, no estaban allí. Debía proseguir su búsqueda, así pues salió y monto en su caballo negro. Trató de pensar donde podía haber huido esa mujer.
- “¿Dónde estás, bruja?” – Pensó.
Fue entonces cuando recordó las palabras de aquel campesino que se cruzó en el camino y que corrió la misma suerte que los de aquel lugar: “Hacia la posada, en dirección contraria al río”.
Era evidente que le había mentido. Gritó enfurecido y después espoleó a su cabalgadura para encaminarse hacia la otra punta del bosque. No debían escapar con vida, ninguno de los dos.
* * *
- “¡Por fin!” – Exclamó con cierto tono de alegría al llegar a la orilla del río. “Ahora podré salvarte, hijo mío.”
Puso al bebe envuelto en telas junto a la orilla, y buscó algo donde poder colocarlo. Busco por los alrededores, entre la maleza y las piedras. Un poco más allá encontró una pequeña cesta, como había acordado con uno de los sirvientes del castillo. La cogió y fue a donde estaba el bebe. Lo introdujo en la cesta con cuidado. El amanecer estaba cerca, y presentía que su final también, pero debía despedirse de aquella criatura. Su hijo debía permanecer vivo para asegurar el que en un futuro, todo volviera a su cauce. Si su hijo sobrevivía a aquella noche, el bien prevalecería.
- “Se que nunca más te veré, hijo mío.” – Dijo entre sollozando – “Pero tú eres quien debe traer la luz a este infierno en el que nos ha sumido la soberbia y las ansias de riqueza de quienes tenían el poder en sus manos”
El niño se había despertado, y miraba tiernamente a los ojos de su madre, que no pudo evitar sonreír al mirar por última vez a su hijo. Se quitó el colgante que llevaba y se lo colocó al bebe, con la esperanza de que ocurriera un milagro y pudiera sobrevivir a esa noche, para combatir en un futuro a su pasado.
Llegó la hora, el amanecer llegaba ya, introdujo la cesta en el río, dejando que se la llevara la corriente, mientras las lágrimas caían por el rostro de aquella mujer, al ver que su tesoro más preciado, se alejaba de ella, para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario