sábado, 4 de diciembre de 2010

Capitulo 5: El pequeño pícaro. Parte III

El fuego hacia rato que ardía, consumiendo la leña que habían puesto en él, a la vez que calentaba la olla de hierro que colgaba sobre el hogar de la cabaña. La cama estaba hecha, siempre era lo primero que hacia. Se levantaba, se vestía, y estiraba el lecho para que a la noche siguiente estuviera listo. Al igual que hacia cuando sus dos hijos se levantaban para ayudarla. Pero ella siempre era la primera. Le gustaba prepararles el desayuno mientras dormían para que al levantarse ya lo tuvieran listo. Les echaba tanto de menos …

En la mesa había un pequeño jarrón con flores, recogidas esa misma mañana y que impregnaban la estancia con su leve olor. Eran las mismas que su padre le traía cada mañana cuando era niña, y que ella seguía haciendo en su memoria. La comida que se estaba calentando en la olla comenzó a hervir provocando que saliera humo por los bordes de la tapadera. Sin embargo, nadie vino apresuradamente para apartarla del fuego.

La cabaña estaba vacía, sin nadie. Todo estaba en su sitio. La ropa seguía tendida como el día anterior, esperando que los rayos del sol por débiles que fueran la secaran en el exterior. El huerto esa mañana no había sido trabajado, había algunas plantas que estaban esperando el ser plantadas aún desde el día anterior.

Sin embargo, el sitio estaba como impregnado de una especie de aura que envolvía el lugar de tal manera, que inquietaría a cualquiera que por allí pasará. No lejos de la cabaña, donde el camino comenzaba a disiparse por entre los árboles del espeso bosque y entre las hojas teñidas de tonalidades marrones, anaranjadas y amarillas que cubrían el camino, había rastros de sangre, y un leve surco, como si alguien hubiera sido arrastrado por aquel camino. También aparecían huellas de un caballo.

Lejos de allí, en el castillo de Ostend, se escuchaban los gritos de una mujer. En la cabaña, la olla explotó.

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