- “Llévenselo. Desháganse del cuerpo. Está muerto.” – Dijo llevándose la mano a la nariz para no tragar el nauseabundo olor que despedía aquél cadáver.
Los guardias en seguida comenzaron a trabajar para llevarse a aquel cuerpo de allí. Trajeron un gran saco donde lo introdujeron para transportarlo entro dos de ellos hasta un carruaje que esperaba ya en la portalón del castillo para llevárselo dejos de allí y enterrarlo posteriormente, donde nadie pudiera encontrarlo nunca. La gente pensaba que había muerto hacía muchos años, pero la realidad era bien distinta. Rocvorik lo mantuvo encarcelado en aquella mazmorra, húmeda y oscura, donde seguramente murió por el paso de los años y las enfermedades. Y ahora por fin estaba muerto. Ya no había nadie de su linaje que pudiera reclamar el trono. Ahora él era el rey absoluto de todo aquello que le había arrebatado hacia ya años.
Además, el crio no había dado señales de vida, ni nadie conocía su paradero desde que aquella noche oscura y lluviosa, en el que desgraciadamente le perdió el rastro, y no pudo acabar lo que había comenzado. Pero ya daba igual. Seguramente los lobos dieron buena cuenta de su carne rosada y tierna, y ya no quedaría nada de él.
- “Señor, el cadáver ya está en el carruaje, ¿Quiere que lo enterremos en algún sitio en especial?” – Preguntó el guardia.
- “No. Solo quiero que lo enterréis lejos, y que no quede rastro de que existió nunca. Deprisa inútiles, todo debe ser acabado esta noche.” – Contestó Rocvorik.
El guardia se puso firme en señal de saludo y acto seguido se fue cruzando aquel largo pasillo estrecho y bajo que daba a la escalera de caracol que poco antes habían bajado.
- “Se acabo. Ya no se cumplirá la profecía” – Murmuro Rocvorik sin poder evitar dejar ver una sonrisa de alegría. Rara vez sonreía aquel endiablado, pero sabía, o al menos eso creía, que ya nada podía impedir que cumpliera sus planes. Sabía que el niño murió el mismo día que su madre. Y ahora el padre, el tan querido por todos, el rey de Ostend, también había muerto.
* * *
Corría por el bosque tan rápido como le permitían sus piernas. Quería llegar cuanto antes a la cabaña, porque no entendía nada de lo que había pasado esa noche.
- “¿Y si son alucinaciones debido al golpe que me di?” – Pensaba Gabriel.
Al fin, después de bastante tiempo corriendo entre los árboles, vio como aparecía a lo lejos una luz tenue. Debía ser la cabaña del bosque. Aceleró su andadura, y por fin llegó. Entró entonces en la cabaña, y vio que su madre y su hermano estaban sentados a la mesa, aunque prácticamente ninguno de los dos habían probado bocado.
Marlene y Daniel se quedaron un tanto perplejos al ver aparecer a Gabriel tan de repente. Cuando Daniel reaccionó, se levantó y se dirigió hacia Gabriel, visiblemente enfadado por cómo había salido corriendo su hermano dejándolos preocupados tanto a él como a su madre. Lo agarró por la camisa, y lo puso contra la pared. En eso momento Marlene reaccionó, y levantándose gritó:
- “Basta chicos. Ya está bien. No peléis, lo importante es que Gabriel ha vuelto.”
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