domingo, 1 de agosto de 2010

Capitulo 2: La profecía. Parte IV

Le dolía la cabeza. Abrió los ojos. Todo estaba algo borroso, y las cosas le daban vueltas. Trató de recordar que era lo que había ocurrido. Se puso de pie como pudo. Recordó entonces la huida, el resbalón, la caída. Se tenía que haber golpeado la cabeza, lo que explicaría el dolor que sentía.

El cielo estaba despejado, y poco a poco, su visión se fue adaptando de nuevo a la oscuridad que había en el bosque, iluminado por la tenue luz de la luna.

Se preguntaba qué era lo que le había estado siguiendo, pero lo que fuera aquello, le había dejado allí, creyendo probablemente, que estaba muerto después de la caída.

Comenzó a caminar en busca de un lugar un poco más accesible para volver a subir, pero de repente, volvió a escuchar algo. Esta vez era casi como un llanto lastimero. Como gemidos de dolor que alguien producía. Miró a su alrededor y no vio nada. Anduvo un poco más hacia donde escuchaba el sonido. Entonces vio como algo se retorcía de dolor en la oscuridad de la noche. Se acercó lentamente para ver que era aquel ser, y cuando la luna, que había sido cubierta por algunas nubes, se descubrió de nuevo para iluminar el bosque, vio a aquel hombre. Era un anciano, de barba blanca, harapiento, y que parecía estar enfermo. Se acercó rápidamente a él para ofrecerle ayuda.

- “Señor, ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ha pasado?” – Preguntó Gabriel, mientras lo recogía entre sus brazos, tratando de incorporarlo un poco para que aquel anciano pudiera hablar.
- “Muchacho, déjame aquí, ha llegado mi hora” – Respondió aquel hombre
- “No diga tonterías. Vamos, le ayudare. Mi madre sabrá cómo hacer que se reponga” – Dijo mientras lo cogía para llevarlo hacia la cabaña de su madre Marlene, que sabía remedios para muchas enfermedades.
- “Tu madre murió hace muchos años, Gabriel.”

A Gabriel se le descompuso la cara. Sus ojos ahora se habían abierto tanto que parecía que se saldrían de un momento a otro de sus cavidades. Un sudor frío le recorrió la frente, y ante tal noticia, solo pudo mantener un profundo silencio.

Miraba a aquel anciano como tratando de buscarlo en sus recuerdos para saber de que lo podrá conocer. Pero jamás lo había visto antes.

- “¿Cómo, cómo sabe mi nombre?” – Pudo decir al fin.
- “Se muchas cosas de ti, Gabriel. ¿Acaso no sabes de quién es ese colgante que llevas?”

Gabriel soltó entonces al anciano en el suelo de nuevo. Parecía que tenía mucho que decirle. Acto seguido le contestó:

- “Era, de una persona muy especial que me quiso mucho cuando era niño, pero eso me lo contó mi madre, que aun vive. Se ha tenido que confundir de persona…”
- “Solo una persona puede llevar ese colgante. Dice la profecía, que solo una persona de corazón puro y noble, como el de los dragones, puede salvar esta tierra de las desgracias que padecemos y padeceremos. Y esa persona eres tú, Gabriel.”
- “¿Qué? No puede decirlo enserio, está delirando. Debe de ser la fiebre. Vamos, le llevare donde mi madre.” – Dijo Gabriel, sin atender las palabras del anciano, mientras hizo el ademán de querer cogerlo de nuevo para llevarle a la cabaña del bosque. Pero el anciano le detuvo agarrándolo por uno de los brazos fuertemente.
- “Solo tú puedes salvarnos, y traer la luz de nuevo. Dentro de poco comenzará la batalla entre el bien y el mal. Y tú, deberás escoger en que bando luchar. Gabriel, tu eres el nuevo rey del trono de los Suiones, y tú eres el que tenía que estar gobernando nuestros destinos en el palacio de Ostend.”
- “Deje de decir tonterías. Comienza a asustarme. Yo no soy ningún rey”
- “Ve al oráculo, chico, ve a Frissia. Allí hallarás muchas respuestas, pero también muchas preguntas.”

Esa fueron las últimas palabras de aquel anciano antes de morir. Tras enterrar el cadáver, y rezar una oración por la salvación del alma de aquel hombre, Gabriel, volvió en busca, de la que al menos el creía hasta entonces, su madre.

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