Alguien lo había agarrado por detrás haciendo que un breve escalofrío recorriera su cuerpo, haciendo que diera un pequeño salto. Se le habían pasado mil cosas por la cabeza en ese momento. Cuando vio quien era no entendía que era lo que hacía allí. Gabriel y su hermano estaban algo desconcertados con aquella aparición. Era evidente que les había seguido, pero ni siquiera se habían percatado de ello. Tuvieron suerte, de que no fuera un guardia o alguien del castillo.
- “Madre, me ha asustado.” – Dijo al fin Gabriel. “
- “¿Se puede saber que estáis haciendo? ¿Acaso os volvisteis locos los dos?” - Reprochó Marlene.
- “Madre, los guardias del castillo, han enterrado a alguien aquí, y nos pareció muy extraño que fuera aquí en medio del bosque donde lo enterraran.” – Respondió Gabriel.
- “Comenzamos a desenterrarlo pensando que podría ser un tesoro, madre.” – Continuó Daniel.
- “Tu siempre tan avaricioso Daniel. Y además, llenándole la cabeza de pájaros a tu hermano pequeño. Ya no son unos críos. Deberían saber que lo que hacen está mal, y que si os llegan a descubrir los guardias del castillo el castigo, sería ejemplar.”
- “Pero madre, creo que esto tiene algo que ver con lo que me ocurrió esta noche a mí.” – Volvió a hablar Gabriel.
- “Esta bien, en casa nos contarás que es lo que te ocurrió, pero antes vuelvan a enterrar a ese…” – Dijo Marlene, siendo interrumpida por el grito de sorpresa que dio Daniel, que estaba destapando la cara del cadáver.
Todos se quedaron perplejos ante la impresión que causó el ver de quien se trataba aquella persona que yacía ya muerta. Gabriel no lo había visto nunca, pero reconocía a la persona que aparecía en el reverso de las monedas de oro de la comarca.
- “No… no puede ser.” – Musitó Daniel.
- “Madre, él es… él era…” – Intentaba decir Gabriel hasta que le interrumpió Marlene contestando a la que imaginaba sería su pregunta.
- “El era el rey de Ostend, hijo mío.”
El silencio se adueño entonces de la noche. Marlene rezó alguna oración por el alma del que había sido uno de los mejores reyes que había tenido el reino. Los jóvenes, simplemente no eran capaces de asimilar lo que estaba ocurriendo. Pasaban muchas preguntas por sus cabezas. El populacho pensaba que el rey hacia ya varios años que había muerto. Primero le sobrevino una enfermedad terrible que supuso el que delegara el poder en uno de sus ministros más influyentes, y después, le vino la macabra muerte. Pero si hacía años que ya había muerto, como era posible que su cuerpo hubiera sido enterrado aquella noche.
Finalmente, los hermanos volvieron a enterrar el cuerpo, dejándolo todo tal y como lo habían encontrado, y volvieron junto a su madre a la cabaña del bosque. Cuando llegaron, se sentaron los tres alrededor de la mesa, mientras Gabriel contaba lo que le había ocurrido esa noche, antes de que volviera a la cabaña. Marlene y Daniel no daban crédito a lo que oían. Había llegado la hora.
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