viernes, 29 de octubre de 2010

Capitulo 5: El pequeño pícaro. Parte II

Daniel no podía dejar de dar vueltas en la cama. Miraba a través de la ventana por donde la única luz que entraba era la de la luna. El cielo aparecía limpio de nubes, dejando un manto estrellado a la calma de la noche. La habitación estaba a oscuras, en el otro lado del cuarto, su hermano Gabriel, hacía rato que dormía en su lecho. Él sin embargo, no dejaba de pensar en aquella extraña joven. Siempre se ponía nervioso ante las mujeres, especialmente cuando eran jóvenes y hermosas. Era un miedo que le provenía desde la infancia, aquel recuerdo que afloraba en su mente, y que, tan solo su madre, era capaz de disipar. Era la única mujer a la que no tenía ni miedo, ni odio.

Se preguntaba, porque se había mostrado tan amable, y por qué se prestaba también a ayudarles en su dura empresa. El oráculo de Frissia estaba aún lejos, y presentía que aquella mujer, escondía algo. Veía en su mirada un miedo profundo, a pesar de que se muestra segura de sí misma.

Al fin, con el tiempo, el sueño fue rindiendo en los ojos de Daniel, hasta que cayó profundamente dormido.

* * *

Mientras, en el reino de Ostend las cosas iban cada vez peor. Van Rocvorik había subido los impuestos a los campesinos para poder pagar la guerra que estaba preparando, con las consiguientes revueltas de la plebe, revueltas que habían sido reprimidas duramente por las armas de los soldados del villano.

Rocvorik seguía manejando todo desde el castillo. Zelvira le iba indicando los pasos a seguir para que todo tuviera éxito. Estaban ambos en una de las salas de la bruja, cuando llegaron los dos secuaces del señor oscuro.

* * *

Gabriel oyó un ruido. Entre abrió los ojos. La oscuridad reina en la estancia. Intuía por los leves ronquidos que su hermano Daniel seguía durmiendo. Ya no se escuchaba nada, pero permaneció atento. Volvió entonces a oír algo en la habitación. Trató de ubicar de donde provenía el sonido, un sonido leve, como si alguien anduviera de cuclillas sobre el suelo de madera que crujía al pisarlo aun de esa manera.

-“La vieja posada se caerá en pedazos cualquier día” – Pensó Gabriel – “Pero por suerte, hoy me permitirá atrapar al ladronzuelo.”

Saltó entonces desde el lecho, poniéndose de pie abalanzándose entonces hacia donde intuía por el ruido que estaba el ladrón. El ruido de los golpes despertó a Daniel, que asustado también se había levantado sin entender nada de lo que estaba pasando en medio de la oscuridad. Fue cuando Gabriel sujetó a aquel ladrón con una mano y le golpeó con una silla que también había agarrado con la mano que le quedaba libre. Tras el grito de dolor, la habitación quedó en silencio. Gabriel encendió la luz, tras lo cual, vio que la habitación estaba toda desordenada, tras la persecución. La silla rota estaba tirada al lado de quien él había golpeado. Con sorpresa comprobó, que se había equivocado, y había golpeado a su hermano Daniel. Se apresuró a colocarlo en la cama y a tratar de despertarle, puesto que tras el golpe había quedado inconsciente. Mientras intentaba reanimarlo, escuchó que alguien reía en el pasillo. Salió como alma que lleva el diablo para ver quién era. Observó que un personajillo de pequeña estatura, corría por el pasillo dirigiéndose escaleras abajo, con su colgante, el cual había dejado en la mesa de la habitación antes de acostarse, en la mano. Su primera intención fue perseguirlo, pero al escuchar que su hermano Daniel despertaba, decidió ver como se encontraba.

-“Ya te buscare ladronzuelo” – murmuró para sí.