
Corría el invierno del año 1267. El bosque era oscuro, la noche lo cubría todo. La luna era nueva, y privaba a todo ser de su luz. La noche era fría, y una densa niebla cubría el bosque. En un claro, una posada, pequeña y lúgubre, con una única ventana iluminada en el interior. De la chimenea salía humo, señal de que había vida en aquel lugar recóndito del paraje. Seguramente el que fuera que habitaba allí, no esperaba visita esa noche de Enero, pero sin embargo, el destino había fijado, que esa noche, fuera distinta a las demás.
Se escuchaba el sonido del cabalgar de un jinete. Llego presuroso al mismo claro del bosque donde se encontraba la posada, un claro del bosque, en el que a pesar de la luz de la ventana de la posada, permanecía en penumbra. El jinete, con sus ropajes oscuros, parecía salido del mismo averno infernal, y sin pensarlo, se apeó de su cabalgadura, y aporreó la puerta de la posada.
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