
- “¡Eh, tú! No huyas, devuélveme eso.”
Se escuchaba decir a uno de los comerciantes que había en el mercado, mientras corría detrás de un joven, vestido con ropas viejas con bastantes remiendos, alto y moreno, delgado, y con cierta cara de pícaro, que probablemente no pasaba de los 17 años; y que sorteaba la muchedumbre que se agolpaba en torno a los puestos. La gente gritaba al ser empujada por aquel joven que corría con el saco de manzanas sobre su espalda. Se volvía para mirar tras de sí para comprobar a qué distancia estaba el viejo gordo que le perseguía. Finalmente, pudo escaparse al perderlo en una esquina. Siguió corriendo un poco más para asegurarse de que ya no le encontraría. Se dirigió al callejón de siempre. Allí estaba Daniel esperándole como habían convenido. Se sentó junto a él para retomar algo de aliento.
- “¿Lo has conseguido?” – Preguntó Daniel.
- “No lo dudes, hermanito.” – Respondió Gabriel
- “Te recuerdo que yo soy el mayor de los dos, así que no te burles de mi.” – Replicó Daniel.
- “Está bien, está bien, volvamos a casa.”
- “¿Y tu colgante? No lo llevas Gabriel.”
- “Tranquilo, se me había soltado mientras huía del mercader y decidí guardarlo.” – Contestó Gabriel mientras sacaba del bolsillo un colgante de oro, con el símbolo de un dragón en el centro. Había sido un regalo de alguien muy especial cuando el aún era un bebé.
Entonces se marcharon por los callejones de la ciudad de Ostend, sorteando a los guardias que pasaban en alguna ocasión. Salieron por uno de los postigos de la muralla donde no solía haber mucha vigilancia. Una vez fuera de las altas murallas, se introdujeron en el bosque.
Caminaron un largo rato, mientras hablaban de sus cosas. Daniel, tenía alrededor de los veintiún años, era el mayor de los dos, alto, rubio, y con las cosas claras. Calculador e inteligente. Todo lo contrario a su hermano Gabriel, que era más pasional, se dejaba guiar por el corazón y hacia lo que sus sentimientos le dictaban.
Llegaron entonces a la cabaña del bosque donde vivían. Un paraje un tanto idílico, un claro del bosque, donde la luz del sol penetraba sin dificultades, con una zona dedicada al cultivo y otra, para las flores, pues como decía su madre Marlene, la primavera es más bonita si tiene el color de las flores.
Sin embargo, ese invierno estaba siendo bastante duro, y apenas tenían para comer. Por ello, ambos hermanos habían decidido robar aquel saco de manzanas. Marlene, al escucharlos llegar salió a su encuentro, y al verlos con aquel saco, no pudo reprimir su enfado:
- “¡Os tengo dicho que no vayáis a la ciudad, y menos con la idea de robar! ¿Qué pasaría si un día os detuviera la guardia?”
- “Pero madre…” – Intentó responder Gabriel
- “¡No Gabriel! Sabes bien cuál es el castigo por robar, y seguro que has sido tú, el que se recorrió el mercado cargado con ese saco huyendo del vendedor al que le robaste.” – Le interrumpió Marlene.
- “Madre, la culpa fue mía, yo le dije que…”
- “¡Claro! La idea siempre es tuya, ¿verdad, Daniel?”
Gabriel, replicó entonces a la madre dejando ver su enfado:
- “Ya está bien madre. Solo lo hacemos para que tengamos algo para comer, y tu solo nos lo reprochas. No es justo que tengamos que pasar hambre, porque tú no quieras que vayamos a comprar a la ciudad. Estoy cansado de vivir apartado de todo.”
Marlene, casi sin darse cuenta, abofeteó a Gabriel ante las duras palabras que le profirió, arrepintiéndose enseguida, aunque ya era demasiado tarde. Gabriel, había salido corriendo enfadado y humillado ante la reacción de su madre, adentrándose en el bosque, desatendiendo los gritos de su hermano Daniel, que le llamaba.
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