domingo, 25 de julio de 2010

Capitulo 1: Una nueva vida. Parte I

- “¿Quién va?” – Dijo una voz desde el interior. No era la típica noche en la que solían llegar forasteros al paraje, las nubes amenazaban lluvia, y no era recomendable andar a esas altas horas de la madrugada por el bosque en solitario.

Alguien volvió a golpear la puerta, sin dar respuesta a la pregunta. El posadero dejó lo que estaba haciendo tras la barra del comedor de la posada, para encaminarse a la puerta, mientras profería palabras dirigidas a aquel que se atrevía a andar por las noches por tales parajes. Cuando justo llegaba a la puerta para abrirla, esta, de un gran golpe, se abrió sola. Todos los que allí estaban, los pocos que habían decidido pasar allí la noche, quedaron estupefactos. Tras abrirse la puerta apareció un personaje de elevada estatura, vestido con ropajes negros, con una espada colgando de su cintura, el pelo negro azabache y largo, revuelto de haber cabalgado durante la noche. A penas se le veía la cara, mas cuando entró en la estancia, el fuego de la lumbre iluminó tenuemente su rostro. El silencio se hizo más profundo ante aquella fantasmagórica aparición. Esa mirada vacía, que miraba a su alrededor, como buscando algo o alguien, esos labios finos y fríos que entre dejaban ver unos dientes afilados, y esa cicatriz, que le cruzaba la cara, de arriba a abajo, marcándole el ojo y la mejilla izquierda.

- “¿Qué… qué desea?” – acertó a preguntar el posadero.
- “¿Dónde están?” – Preguntó sin más aquel extraño visitante.
- “¿Dónde están quienes, señor?”
- “¡Ella y el niño! ¿Dónde los ocultáis?”
- “Señor, aquí no hay nadie, solo estamos los que ve aquí en el comedor”

Tras la respuesta del posadero, el caballero oscuro se abalanzó sobre él, ante el griterío de las personas que allí se encontraban. Tomándolo por la camisa, lo agarró con las dos manos y lo levantó del suelo, colocándolo a su altura. El posadero se encontró ante aquella cicatriz profunda, que le guiaba hasta la mirada fría de aquel personaje.

- “Si valoráis vuestra vida, decidme: ¿Dónde están?”

El posadero, casi llorando ante el temor que le inspiraba aquel caballero tan tenebroso, repetía incesantemente que no sabía a quien buscaba en aquel lugar. Ante tal respuesta, el caballero lo tiró contra una de las mesas de la estancia. Miró a su alrededor, y vio como todos los que allí estaban presentes, se habían agolpado ante la pared del fondo. Varios hombres, dos mujeres, y un niño de no más de 4 años que no cesaba de mirarle a la cara. Con paso firme y pausado, se acercó al niño, mientras posaba una de sus manos en la empuñadura de la larga espada.

Fuera comenzaba a llover, las nubes descargaban sin piedad el agua que traían. Y la noche estallaba en relámpagos. Más ninguno fue capaz, de acallar los gritos de terror y dolor que cruzaron la noche en aquella posada, llena de sangre y muerte.

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